Desde mayo estoy en esto: llamando, entrevistando, preguntando, a fin de construir la biografía de Felipe Camiroaga, el chico lindo de la tele, el que tenía todo pero le faltaba mucho, el Don Juan, el Bond local, ese hombre-misterio que, por el sólo hecho de permanecer soltero después de los 40, siempre le cargaron el […]

  • 25 febrero, 2013
Felipe Camiroaga

Felipe Camiroaga

Desde mayo estoy en esto: llamando, entrevistando, preguntando, a fin de construir la biografía de Felipe Camiroaga, el chico lindo de la tele, el que tenía todo pero le faltaba mucho, el Don Juan, el Bond local, ese hombre-misterio que, por el sólo hecho de permanecer soltero después de los 40, siempre le cargaron el mote de que era gay. Me refiero, cómo no, a la gran estrella del limbo catódico, el inventor del gel, el rockstar que, en su casa, andaba en zunga, fumaba puros y, dicen, de tanto en tanto hasta dormía con un pájaro.

Lo reconozco: hasta antes de la tragedia del Casa 212, Felipe Camiroaga me importaba poco y nada. Por lo mismo, fue extraño partir con Demasiado Joven, esta peculiar biografía de quien, querámoslo o no, fue nuestro propio John John: el soltero más codiciado, el hombre que marcaba pauta.

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Con todo, siguiendo sus huellas, aparecen los aciertos y desaciertos de una generación a la que también pertenezco: me refiero a los que teníamos 7, 8, 9 años para el Golpe, los que crecimos con papás separados, los que éramos chicos en los 80 y, finalmente, nos hicimos adultos en los 90: esa década en que nos vendimos tan barato, la década en la que todos negociamos nuestra transición.

Aparece, además, la historia de un excéntrico bacán; una historia que, en su verdad más esencial, parece haber estado siempre muy, muy lejos de las versiones oficiales.

Así las cosas, desde entonces hasta ahora somos un equipo de cuatro y, hace ya siete meses, rastreamos, buscamos, llamamos, entrevistamos. No es fácil. Muchos mantienen el silencio que pactaron en vida. Pero, aquí y allá, surgen sabrosos detalles de una espectacular historia que, a poco andar, la verdad es que empieza a apasionar.
Y, de todo ello, el polo revela no pocos pasajes. Veamos.

En el camioncito tres cuartos viajan Abel, Felipe y Santito. Abel es el chofer de Camiroaga; el ayudante, el amigo. Santito, uno de los perros favoritos: un staffordshire que mueve la cola cada vez que aparece la 5 Norte y la inminente aventura.

Atrás, al son de los boleros de Lucho Barrios, se menean el Barquillo, Luis Enrique y La Patúa. Ya no está la Marlene, la yegua de rimbombantes caderas; tampoco la Michelle, su hija, bautizada en honor a la ex presidenta, electa el año en que la yegua parió.

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No alcanzó a estar mucho tiempo la Michelle con Felipe: un día se le regaló a Claudia, la rubia que trabaja en la tienda de Mercedes en el W.

-Dentro de un tiempo voy a tener suficientes lucas como para quedarme tranquilo en el campo -dice Felipe a alguien que lo llama por teléfono. Luego cuelga, no sin que otra vez vuelva sentir la molestia en el codo; la crónica lesión que se ha acentuado por el polo.

Santito ladra una, dos veces, justo en el momento en que se viene encima la oscura boca del túnel La Calavera. Poco antes de las tres de la tarde, el camión se estaciona en el campo de los Zegers, en Los Maitenes de Ocoa, una hora al norte de Santiago.

El rito cada semana es el mismo. Junto a Martín, el dueño de casa, Felipe acomoda una gruesa plateada en la parrilla giratoria. La cerveza Corona busca su lugar en el hielo. A las tres se inicia el partido.

El polo es un asunto al que Camiroaga se dedica con devoción. Ese día, como siempre, todo es intenso. Y, tras dos horas de juego, la arritmia busca una tregua junto al fogón, la cerveza y la carne. Finalmente es el turno del mate. Tal vez fue ese día (o un día como ese) que Felipe le confesó a Martín, su amigo polero –uno de los pocos a los que le prestaba su departamento en La Parva– que para el 2013 había decidido hacer menos televisión: idealmente tres días a la semana, quizás un programa con humor y acento revisteril. Esa tele que tanto le gustaba a él y que, curiosamente, pocas veces le habían permitido hacer.

El 18 de junio del 2011, dos meses y medio antes del accidente en Juan Fernández, Camiroaga había dado un paso decisivo para concretar este radical plan de dejar la tele. Ese día, en Chillán, Felipe había firmado la compraventa de un campo, cerca de Coihueco, en el que criaría ganado junto a su amigo Luis García, el hermano de Juan García: el duro de la Escuela de Equitación de Carabineros que, en Maipú, le había dado a Felipe sus primeras lecciones de cómo taclear en el polo.

-A Felipe lo que le gustaba era el campo. Él odiaba todo lo que rodeaba a la televisión -diría tiempo después el propio Martín Zegers, sin nunca sacar sus ojos de Secretario, el perro hermano de Santito que Felipe le había obsequiado alguna vez como regalo sorpresa.

Curioso: es justamente en el polo donde se guardan algunos de los secretos más íntimos de quien, tras su trágica muerte, se convirtió en el gran animador de la TV nacional. Una figura de devoción cuya icónica imagen hoy se imprime en platos, tazones, llaveros e incluso toallas que se venden en las ferias libres de todo el país.

Volvamos a la historia.

De Villa Alegre se ha dicho bastante. Lo que quizás no es tan conocido, es que el campo, pese a la hégira de los Camiroaga a la ciudad, los siguió inspirando. Es más; es ahí donde Felipe busca su identidad. Es, supongo, la necesidad de encontrar alivio de sus propios conflictos en la tierra que, se sabe, por dentro es negra. Tan negra como la pieza en la que vive de adolescente.

Cierto: la vida de Felipe Camiroaga no es otra que el incansable intento por volver al campo. Empezar de nuevo. Hay varios hitos.

En el Marshall, el colegio al que ha llegado tras ser expulsado del San Ignacio del Bosque, Felipe se hace amigo de Francisca Aguirre, la hija del Coteco Aguirre, siete veces campeón de rienda y una vez campeón nacional de rodeo. En aquel tiempo, Coteco daba forma al criadero Santa Isabel de Agustín Edwards en Graneros. Y hasta allá, cada fin de semana, Camiroaga llegaba vestido de huaso para aprender a topear novillos.

Hasta ahí el polo no figuraba en sus planes. Sin embargo, ya han habido coqueteos.

Lo saben aquellos que recuerdan haberlo visto llegar por primera vez al Club de Polo San Cristóbal, de la mano de Tol Goycolea; una estudiante de diseño del Incacea. Tol era una linda chica que pronto ganó fama de excéntrica, luego que su mamá partiera a Oregon siguiendo el ideario de Osho.

Tol era la hija de Guillermo Goycolea; viejo polero y uno de los fundadores de la Feria El Tattersall. Dueño, además, del fundo El Coipo. Guillermo, a su vez, era hijo de Narciso Goycolea Espoz, el propietario de los terrenos donde no sólo se edificaría el Club de Polo, sino también el corazón de la Vitacura más tradicional.

Dicen que Tol introdujo a Felipe en el sofisticado ambiente del polo, en tiempos en que el San Cristóbal era un club muy cerrado. Felipe se había enamorado de ella. Pero eran distintos. Y, tras un año de pololeo, Tol partió a Puna, India, siguiendo el camino del Bhagwan. Desapareció. Presumiblemente, sin más seña que una carta que habría dejado a Felipe. Todo un remezón.

Pero la vida sigue. Rueda. En línea, hasta el fondo de la cocina, como dicen en el polo cuando no queda más que correr si lo que quieres es ir por un gol.

Unos chukkers por la tarde

En la medida en que empieza a ser más conocido, el mundo se hace muy hostigoso para Felipe. Ahí lo molestan, lo palanquean, le gritan cosas.

Fue tras conocer a Julio Vallejos, un coronel en retiro que hacía clases de tránsito en el Matinal de TVN, que Felipe termina yendo a la Escuela de Equitación de Carabineros, en Pajaritos, Maipú, con la idea de comprar un caballo para su parcela Camino a Farellones. Cuando ya se iba, vio al capitán Juan García haciendo de las suyas en el picadero. El hombre cabalgaba con gran estilo. Camiroaga se devolvió y le preguntó si le podía enseñar.

En Pajaritos sabían que Felipe era nieto de Humberto Camiroaga Pérez, ex director de la Escuela de Carabineros, un brillante uniformado que habría llegado a general sino fuera porque se le vinculó con el “Complot de las Patitas de Chancho”; el movimiento de oficiales contra Ibáñez del Campo.

En Maipú, Felipe aprende a saltar e incluso compite a nombre de la institución. Dos, tres veces a la semana entrena montando un caballo blanco en el fétido campo regado con las aguas servidas del Zanjón de la Aguada. El compromiso es total y en los eventos de fin de año el propio Felipe organiza las fiestas a las que llega con Horacio Saavedra, Checho Hirane y Maripepa Nieto.

Pero a esas alturas a Felipe Camiroaga ya no le interesa tanto la equitación como el polo, un deporte del cual Carabineros había tenido su equipo profesional en los 40, y ahora querían recuperarlo.

A fines de los 90, junto con la consolidación económica, el polo crece, y, principalmente en Colina, surgen numerosos clubes privados. Ahí está Mahuida, de Lionel Soffia y Tono Iturrate.

Iturrate nunca fue profesor de Felipe, sí su mentor. Tono le traía tacos de sus viajes, le aconsejaba que hiciera Pilates en vez de tanta pesa para que no fuera tan tieso, le vendía caballos y jugaba con él.

Cuando Martín Zegers volvió de jugar polo profesional en Estados Unidos, fue en Mahuida donde trabó amistad con Felipe quien, tal como ellos, se tomaba muy en serio el deporte. Y, desde el tiempo con los carabineros, ya era un jugador mucho más maduro.

En sus últimos años, Camiroaga encontró en el polo un circuito cómodo e íntimo, donde podía alejarse de la escena mediática llegando, incluso, a tener una cancha en su casa. Por ello, a media tarde, llamaba a vecinos como Ernesto Mosso para jugar unos chukkers. Ahí hacía lo que se le venía en gana. Una vez le dio hambre, fue a buscar su rifle calibre 22 y le tiró cuatro balazos a uno de sus ciervos. Luego ordenó descuerarlo y lo tiró a la parrilla.

Santito ladraba.

El campo es el campo. El polo el polo; una pasión que, dicen, entre cosas genera adicción por los chorros de adrenalina que en cada partido se secretan. Los caballos de quinientos kilos corren a 60 kilómetros por hora: se topan, chocan. El propio Tono Iturrate ha despertado cuatro veces en el hospital. Menos suerte corrió Gabriel Donoso, el master chileno, quien murió el 2006 tras caer de su caballo cuando jugaba un partido en Buenos Aires.

Dicen que el cuento es que, después de cualquier partido, sobreviene el relajo por estar aún vivo. Quizás habría que creerle también a Hal Herzog, el sicólogo norteamericano, autor del best-seller Some we love, some we hate, some we eat donde, entre otras cosas, resume que tras cualquier interacción duradera con animales se produciría un aumento en la secreción de oxitocina; la hormona del “orgasmo”; la hormona que, especialmente tras la maternidad, hace que las mujeres se vuelvan más protectoras y cariñosas. Esa que, más allá del género, reduce el pánico y quita el miedo, aumenta la felicidad y las ganas de hablar desde el corazón.

En lo concreto, a Felipe Camiroaga los caballos lo calmaban, lo ecualizaban, lo centraban. Nada mal para un hombre jovial, simple y generoso que, en cualquier momento del día podía ponerse huraño y antisocial. Incluso, con invitados en casa, partir al cerro y horas después volver como si nada hubiera pasado.

Felipe, al morir, ya casi no usaba esas poleras con grandes logos de La Martina o Ralph Lauren que vistió en un principio. Se había convertido en un polero decente, dedicado. Uno que no alardeaba de lo que podía o no comprar y, consciente de su nivel, no pretendía caballos de veinte o treinta mil dólares, propios del circuito profesional. Se adaptaba a su nivel. Sí había aceptado la propuesta de Martín de tener una propiedad en Ocoa donde los Zegers se daban maña para criar caballos chilenos de polo.

Cuando lo vio jugar por primera vez, Tono Iturrate le dijo a Felipe que era duro y empaquetado. Las últimas veces celebraba su fluidez y lo corajudo que podía ser en la cancha. Según Martín, antes de morir, Felipe ya hubiera podido acceder al hándicap 1.

El camioncito tres cuartos ya no tiene sus papeles al día y permanece abandonado en la casa de Lo Arcaya.
A veces los queltehues revolotean sobre él.

En la 5 Norte, antes del túnel La Calavera, una señora que ahí vende frutas asegura que el día que Felipe murió, sintió una visita que se quedó. Por eso, cada noche, ni siquiera saca sus cosas del puesto. Ella insiste en que alguien lo cuida. Alguien que viene de vuelta del polo. •••