• 25 octubre, 2018

La explosión de la información y las redes sociales han introducido modificaciones severas en nuestros modos de convivencia. En Chile, este proceso se ve intensificado por la segregación social y la disparidad dramática que existe entre la capital hacinada y las preteridas provincias. No tenemos una realidad común, una cosa en conjunto, una res-pública, ni parques ni plazas ni medios de prensa suficientes, ni una sociedad civil vigorosa en grados tales que permitan un intercambio de opiniones detenido, o la simple convivencia usual con otros. Como que cada uno anda con los suyos. Y Twitter y Facebook, etc., los no-lugares donde hoy se discute, son más bien una olla de grillos, el campo de operaciones predefinido para los opinantes apresurados, los de visiones categóricas, muchachas y muchachos a veces con egos dañados, poses electrificadas, despechos agresivos, con todo, menos pausa y comprensión, conmoción por el otro y su rostro de verdad, ese cansado y sincero.

El asunto es que ni en la realidad virtual ni en la realidad real hay ámbitos de eficaz y adecuado encuentro, participación y cooperación. Los clubes radicales, el moroso club social del pueblo o simplemente los clubes de barrio; las cansinas plazas y los lentos cafés de las plazas de grandes árboles, los centros de las ciudades y pueblos –suprimidos, como en Viña del Mar, por el mall y su eco de música envasada–; la misma vitalidad serena de las antiguas ciudades de provincia; los partidos políticos como espacios de debate y hasta escuelas de formación retórica y educación cívica; todo aquello luce parte de un pasado que alguna vez existió, como en el recuerdo brumoso de nuestros abuelos idos.

El pueblo se hacina en la presurosa capital o queda abandonado en las provincias. El pueblo que no se encuentra, que no comparte, difícilmente es pueblo. Alguien dice que solo las grandes tragedias unen. Las guerras exaltan el patriotismo y la unidad nacional. Los terremotos desatan olas de solidaridad. Pero hay, también, una ciudadanía o patriotismo de lo cotidiano, que se desencadena cuando existen contextos comunes robustos, en los cuales cabe discutir con pausa y justificación, donde se puede cooperar habitualmente, en los que, más simplemente, nos hallamos junto a otros, nos encontramos, nos ubicamos.

No es extraño que nuestro Parlamento se vea afectado también por este fenómeno de la creciente dispersión social presurosa. La política tiende a volverse asunto de nichos. Priman las políticas de tribus, de defensores de intereses cerrados, indispuestos respecto del interés nacional, irritados ante lo que no sea la satisfacción inmediata de sus deseos sectoriales y las cuñas. Entonces el Parlamento se corrompe, deja de ser la institución que debe encarnar más prístinamente la deliberación nacional. Se transforma según los llamados tribales, en “bancadas” animalistas, LGBT, evangélicas, y lo que sea, siempre sectorial. No es que esas inquietudes grupales no sean relevantes o no puedan contribuir a la emancipación. Pero piénsese en esto: hay bancada para lo que se quiera (o casi), menos para lo fundamental, para aquello solo sobre cuya base pueden tener, precisamente, un espacio adecuado los reclamos sectoriales, a saber: el interés general de la nación. 

Nadie o pocos están preocupados del país como tal, de desarrollar una visión nacional en torno a la cual construir las bases del tiempo que vendrá. Nadie o pocos de las grandes tareas pendientes: de la integración de los pobres y las agobiadas clases medias, de la regionalización política del país y el despliegue decisivo del pueblo por su paisaje, del necesario incremento en la productividad de una economía actualmente extractiva, rentista y oligopólica.

Es recién cuando existe una visión mínimamente compartida sobre ese destino común al que llamamos la nación, que las exigencias sectoriales pueden tener un sentido distinto a una disputa sin fin o a una negociada de intereses inmediatos. Pero claro, todo esto requiere antes recomponer el entramado social, los espacios de encuentro, de discusión serena, de habitar en común, de paseo y gratuita conversación, sin los cuales nuestros compatriotas hacinados e irritados y vertidos, a falta de algo mejor, al resumidero de las redes sociales, seguirán haciendo como esos canarios que en el estrés de sus jaulas terminan sacándose las plumas de la cabeza a picotazos.