La universidad es un orden de poder.

En la universidad intervienen cosmovisiones e ideologías y se goza del tiempo para dar forma a teorías y argumentos aptos para convencer a los pares y a los estudiantes a quienes ellos les son enseñados. En sus aulas han emergido críticas y justificaciones de las más diversas posiciones políticas. Aunque en nuestro país no ha habido interpretaciones universitarias completamente autóctonas y capaces de construir masivamente la realidad, sí han existido adaptaciones a la situación chilena, en algunos casos originales, de producciones intelectuales destacadas, mediante elaboraciones que han tenido influencia en nuestra historia política, social y económica.

En la universidad se educa a las futuras élites del país, los que, luego de unos años, podrán ser llamados “los que mandan en Chile”. No conocemos hasta ahora una organización más influyente en la educación de los grupos dirigentes que la universidad. En la escuela y el hogar se forma el carácter del infante y el adolescente según ciertas visiones y hábitos, pero no se alcanza el nivel reflexivo al que cabe aspirar en la universidad. Las iglesias, las organizaciones iniciáticas y filantrópicas reconocen su insuficiencia relativa precisamente por el hecho de fundar universidades y participar en la vida y actividades de algunas de ellas. En un tiempo relativamente breve (cinco, seis, ocho años; compáreselos con los doce o catorce que dura la escuela), la universidad llega a incidir decisivamente en las mentes de quienes pasan por sus aulas. El proceso de construcción de élites no se realiza solamente por medio de la educación formal. La universidad es también plaza pública, el lugar donde los discípulos encuentran maestros y viceversa, donde se tejen real e inigualablemente redes sociales, comunidades de profesionales o de correligionarios.

Si la universidad es un orden de poder, entonces las maneras en las cuales el poder se acumula y distribuye también aplican respecto de la universidad.

Si todo el poder universitario o la mayor parte de él queda en manos de un grupo, entonces cabe esperar que, como ocurre con toda acumulación de poder, ella perjudique el ejercicio efectivo de la libertad. Piénsese que todo el poder universitario o la mayor parte de él quedará bajo el control de un grupo político. Entonces, lo que cabría esperar es que quienes no perteneciesen a él viesen menoscabadas sus libertades, independientemente de los eventuales resguardos jurídicos que existieran. Pocos de izquierda querrían ejercer en un país donde el poder universitario estuviese masivamente controlado, y sin equilibrio, por gente de derecha, ni viceversa.

La ausencia de libertad o el perjuicio al ejercicio efectivo de la libertad es especialmente relevante en la universidad. Como pocas instituciones, la universidad vive de la libertad. Sin ella no puede realizarse lo que se espera de la universidad: un ejercicio del pensamiento abierto a lo insondable, a lo nuevo, a lo misterioso; un despliegue crítico de la mente, que solo le debe lealtad a lo que descubre.

Además, en tanto institución capaz de interpretar la realidad y donde se forman las élites del país, la libertad universitaria y la división del poder en ella son condiciones de una democracia republicana lo suficientemente abierta al debate público y al ejercicio de la crítica y el pensamiento independiente, como para que las condiciones de una discusión política espontánea se mantengan sobre suelo firme.

Aparece, entonces, como un deber del Estado, en tanto que organización de la sociedad, velar por el aseguramiento de las bases de la libertad del pensamiento en la universidad. Esta tarea exige de él: atender con cuidado a los diversos grupos y tradiciones que operan en el sistema; asegurar jurídicamente el estatuto de la libertad académica. Pero, además: producir y mantener una efectiva división del poder universitario. ¿Qué significa esto último, en la práctica?

El poder universitario se concentra en aquellas plazas académicas dotadas del tiempo y los recursos suficientes como para hacer investigación y docencia de calidad. Una universidad es poderosa en la medida en que cuenta con las capacidades para tener investigadores de planta. Allí se juega su prestigio y su poder de interpretar la realidad y formar élites.

Vale decir, cualquier sistema de educación superior debiese tener a la vista como un problema, la manera en la cual están distribuidos los recursos sociales, es decir: las plazas de investigadores, entre las diversas universidades. Ello con el objeto de que el poder universitario –nuevamente, las plazas de investigadores– no quede concentrado ni en un sector social determinado (las élites de Santiago, por ejemplo), ni en un sector ideológico en particular (las instituciones más ligadas a un pensamiento específico, sea de derecha, de izquierda o religioso). De esta manera, se facilita un debate sano, una formación suficientemente abierta de élites y que del sistema universitario y cada una de sus instituciones quepa esperar un ejercicio efectivamente libre del pensamiento.