• 16 abril, 2008

Qué de crímenes y estupideces se han cometido y se siguen cometiendo por el afán de “ganar la calle”.  
Qué de crímenes y estupideces se han cometido y se siguen cometiendo por el afán de “ganar la calle”. Por Héctor Soto

Ver una gran manifestación peronista puede ser más revelador que un seminario de análisis político. En Argentina el peronismo es muchas cosas: entre otras, identidad, imaginario mesiánico, épica, estética, discurso unificador, exhibición de fuerza fronteriza con el matonaje, santería antigua y abiertamente tercermundista en torno a las figuras de Perón y Evita.
El partido de los Kirchner ha convocado a una manifestación frente a la Casa Rosada en apoyo de la presidenta, para recuperar la calle luego que una semana antes un masivo cacerolazo apoyó el paro agrario e hirió la dignidad gubernamental. La ciudad está tapizada de convocatorias a la manifestación pero al amanecer del día del encuentro, lo que ya era mucho en términos de propaganda, se ha multiplicado por tres. Es más: son las 11 de la mañana y jóvenes desempleados todavía siguen pegando carteles, instalando vallas y tendiendo lienzos. Muchas oficinas y comercios han anunciado que trabajarán sólo hasta poco después del mediodía, hora a la que empiezan a llegar las primeras columnas a la Plaza de Mayo –ordenadas, vocingleras, un poco desharrapadas y agresivas de look– cada una bajo el control de señores guatones que hablan por walkie talkie, ordenan a los manifestantes, instruyen al oído a sus secuaces, levantan el ánimo, llevan el pandero, cuidan que nadie se adelante mucho y nadie tampoco se quede atrás. Vienen muchas columnas del interior. Mucha micro se estaciona en segunda, en tercera o en cuarta fila a lo largo de las amplias avenidas de Buenos Aires. Y vienen por distintos lados, felices, con bandas, con bombos, con lienzos y pancartas. El asunto sería un caos si una mano invisible no hiciera entrar esos ríos de gente en orden por la Avenida de Mayo, en medio de bombas que suenan como cañonazos y chicos que las hacen estallar en la vanguardia de cada columna como para decir aquí venimos nosotros. Y han venido todos. Cientos de miles. Del sindicato de la carne, de los choferes, de los empleados del comercio, de los portuarios, de los maestros, de los cesantes, de los empleados públicos, de las comunidades cristianas, de los comedores populares, las ollas comunes y los barrios. De una ciudad de gente reconocidamente apuesta y sin mayores problemas de autoestima, el peronismo saca caras y dentaduras, fachas y rasgos, tipologías y etnias que no tienen punto de contacto con la elegancia Buenos Aires. Como en la película, son feos, sucios y malos. Una semana antes Luis A. D’Elia, el jefe de los piqueteros, el mismo que soltó a sus patotas más facinerosas contra los opositores en la misma Plaza de Mayo para una paliza desvergonzada e histórica, dijo que esta era la guerra de los negros contra los blancos. Desde luego fue reprendido por autoridades y dirigentes, porque el discurso del peronismo siempre fue unificador de la patria y nunca exhortó a la confrontación en términos sociales. Pero la verdad es que aquí su observación por momentos se vuelve exacta.
Lo que está detrás de esta gigantesca zalagarda, y que según algunos ha llevado a la plaza unas 500 mil personas, es la idea de ganar la calle. Ganar la calle fue la bandera de la extrema izquierda europea a comienzos del siglo XX. Fue la embriaguez del movimiento fascista y del partido nazi. Fue una de las realidades más sombrías del comunismo. No hay que cederle al enemigo el control de la calle y ese fetiche estúpido, esa perversión política mayúscula, ese trauma patológico –claro que en clave mucho más alegre, también más escenográfi ca y teatral– no deja de estar presente en la Argentina de Cristina Fernández de Kirchner.
Es legítima la sorpresa, la perplejidad e incluso mirar un poco por encima del hombro todo esta fanfarronería política que podría evocar los peores momentos de la división de la sociedad chilena. Pero cuidado con tanta autocomplacencia. En esta manifestación gigantesca –gigantesca en todo: en convocatoria, en acarreo, en infraestructura, en logística, en retórica…– no ha aparecido un solo encapuchado, nadie ha lanzado una sola piedra, ningún negocio ha sido saqueado, ningún paradero de micro, o teléfono público ha sido arrancado de cuajo. Sí, a veces en Argentina estas cosas también ocurren. Pero en Chile basta que se reúnan cuatro gatos, así sea para protestar por la infancia desvalida o el pase escolar, para que quede la guerra mundial en términos de encapuchados, violencia física, bombas molotov y vandalismo urbano. Podemos sorprendernos, ironizar y todo lo que se quiera, pero reconozcamos que no estamos tan sanos.
La presidenta Fernández está terminando de hablar cuando una tormenta apocalíptica se deja caer sobre Buenos Aires. Truenos, rayos, relámpagos, lluvia torrencial. Hasta un tornado por ahí, según dicen. Es toda una metáfora. A las dos horas, la ciudad es otra. Las dos tormentas pasaron. Las cosas vuelven a la normalidad. Los dirigentes del campo analizan hasta última hora la decisión de suspender el paro por 30 días. Y mañana será otro día.