La novela de Cormac McCarthy, No es país para viejos, es un thriller de acción trepidante y al mismo tiempo una negra reflexión sobre la violencia de un país enfermo. POR MARCELO SOTO Una de las mayores contribuciones de la novela estadounidense moderna ha sido la capacidad para hacer del diálogo un arte narrativo mayor. […]

  • 6 abril, 2007

La novela de Cormac McCarthy, No es país para viejos, es un thriller de acción trepidante y al mismo tiempo una negra reflexión sobre la violencia de un país enfermo.
POR MARCELO SOTO

Una de las mayores contribuciones de la novela estadounidense moderna ha sido la capacidad para hacer del diálogo un arte narrativo mayor. Desde Melville a Hemingway, nos hemos acostumbrado a devorar páginas enteras de conversación pura de tal modo que nuestro “oído lector” ha llegado a pensar que el mejor intercambio oral llevado a la palabra escrita es aquel traducido del inglés. Y, por lo mismo, muchas veces los autores de la lengua castellana nos parecen paradójicamente falsos.

Probablemente el mejor heredero de esta corriente, en la cual el diálogo es parte esencial de la acción, sea Cormac McCarthy, nacido en 1933, uno de los más portentosos autores norteamericanos en ejercicio, que aparte de buenas críticas goza en su país de un buen número de lectores. En Chile, si tenemos la ingenuidad de creer en las encuestas, parece que está empezando a encontrar su público.

No es país para viejos, su última novela traducida al español, fue publicada originalmente en 2005, por lo que posee una candente actualidad. Aunque la trama sucede en los 80, está colmada de alusiones al presente, con algunas reflexiones sobre la guerra y el narcotráfico de un pesimismo tan pronunciado como políticamente incorrecto. McCarthy tiene fama de duro y sus personajes suelen ser recios, violentos y hasta fascistas, pero junto a esos tipos malos también hay hombres duros y sencillos que se niegan a ser derrotados, pese a que todas las evidencias apuntan a lo contrario.

Este libro tiene la apariencia de un thriller, un argumento que podría haber fi lmado Michael Mann o un Clint Eastwood con 15 años menos –de hecho, fueron los hermanos Coen (los mismos de la brutal Fargo) quienes ganaron la batalla por adaptarlo y su versión se estrenará, probablemente, en el próximo festival de Cannes–, pero a medida que avanza la acción, ésta se va volviendo menos una historia de policías y ladrones y más un relato crepuscular sobre la imposibilidad de hacer lo correcto.

No siempre es fácil seguir la trama, pues está planteada a partir de varios personajes y episodios que se van desencadenando en forma paralela y ascendente. Por un lado está Moss, un ex forajido que intenta vivir sin molestar a nadie, junto a su guapa mujer de 19 años. Pero tipos como él parten condenados y, cuando encuentra en el desierto de Texas, cerca de México, un maletín con 2 millones de dólares, rodeado de un montón de cadáveres, todo comienza a irse al infi erno. Lo persigue un asesino que hace de Hannibal Lecter una bobería; los sicarios de un cartel mexicano y un sheriff que esconde un secreto que, inesperadamente, lo atormenta.

Este último, al que llaman Bell, es una especie de contraparte de Moss, un policía-padre que en cierto momento parece ejemplifi car los últimos rastros, si quedan, de la conciencia moral de Estados Unidos. “Yo solía decir que eran los mismos a los que nos habíamos enfrentado siempre”, le comenta a un compañero cuando descubren los primeros cuerpos acribillados. “Los mismos a los que se enfrentó mi abuelo.

En aquel entonces robaban ganado. Ahora trafican con droga. Pero ya no lo veo tan claro. Me pasa lo que a ti. No estoy seguro de que hayamos visto nada igual. Gente de esta clase. Y ni siquiera sé cómo llevar esto. Si los mataras a todos tendrías que construir un anexo en el infierno”.

La novela está llena de armas y disparos y sangre, pero curiosamente los asesinatos más espeluznantes son aquellos que no se cuentan. Escrita en un estilo de frases cortas, intercaladas por largos diálogos, No es país para viejos quizá sea más accesible que otras novelas de McCarthy (Suttree, Meridiano de sangre) y es de esos libros que pueden leerse en un viaje largo, pero no se fíen por su aparente formalismo. Detrás del suspenso, hay una negrura desolada y sin esperanzas. “Yo creo que cuando te haces adulto eres todo lo feliz que vas a ser en la vida. Tendrás buenos y malos momentos, pero al final serás tan feliz como lo eras antes. O tan infeliz”, dice un personaje menor que al final de la novela alcanza un rol trascendente. Y sobre la guerra, otro de los temas centrales del libro, agrega: “Vietnam fue solo la guinda. No teníamos nada que ofrecer a nuestros muchachos. Si los hubiéramos enviado sin rifles dudo que la cosa hubiera sido peor. No se puede ir así a la guerra. No se puede ir a la guerra sin Dios”.

No es país para viejos finalmente puede ser descrita como la novela de una nación donde Dios ha muerto, y no hay espacio para el perdón ni el arrepentimiento.