La piromanía es un trastorno del control de los impulsos, que produce un gran interés por el fuego, cómo producirlo y observarlo. La sintomatología esencial es producir incendios de forma deliberada y consciente, conllevando una importante tensión y activación afectivas con una gran liberación e intenso placer o alivio.

Todos tenemos –por naturaleza– quizás algo de atracción por el fuego. Y claro, cómo no va a reconfortar el calor de una buena chimenea acompañada de libros, chales y chocolates, o la poderosa combinación de una fogata y una guitarra. El tema es descubrir la difusa línea que separa la moderación de lo extremo.

Así, el pirómano constitucional –en su faceta eufórica– clamará las injusticias, los abusos, las ilegitimidades, las desigualdades y no trepidará en que la solución es prenderle fuego a todo, quemando no sólo lo que pretendía incinerar, sino también arrasando con praderas y bosques completos, calcinando todo a su paso. Se goza en el fuego. Pero incluso cuando se hace con la ilusión de que podrá plantarse desde cero sobre las cenizas, nunca se tendrá consciencia del daño provocado. O peor, descubierto el daño, tardará al menos una generación completa en recuperarse.

Pareciera entonces que no es que se tenga un desprecio por la naturaleza, sino que simplemente, el frenesí incendiario es superior. Por ello es que en la calma y serenidad de la vida diaria, encontrará que la defensa de las mismas injusticias, abusos, ilegitimidades y desigualdades se encuentran ya en la Carta Fundamental. Inversamente al dicho popular, el bosque no le ha dejado ver los árboles.

En efecto, la Constitución Política contiene la primacía de la persona por sobre el poder estatal; la soberanía limitada por los derechos humanos; un reconocimiento expreso y detallado de la defensa de aquéllos, de la integridad psíquica y física, proscribiendo toda forma de apremio ilegítimo; de la igualdad y la prohibición de toda forma de discriminación arbitraria; de la libertad de culto, de expresión, de reunión y de asociación, de trabajo y de sindicalización, de educación y de salud, las que no son meras ilusiones políticas –como sucedía en todas las constituciones anteriores– sino muchas de ella tuteladas judicialmente mediante el recurso de protección, esa institución procesal creada hace casi 40 años, que ha brindado a millones de chilenos la posibilidad de que sus derechos constitucionales sean amparados, precisamente por los límites que le impone al poder, sea éste estatal o particular.

De ahí que no deje de llamar la atención que algunos planeen incendiar el bosque sin importar el valor de los árboles existentes. Por suerte, la piromancia la posee sólo un muy bajo porcentaje de la población. El problema es que la consecuencia de esa manía la sufrimos todos los que vivimos en él. Peor aún, rara vez encontramos al responsable.

Pues bien, la aproximación contraria, esto es el conservacionismo constitucional, no escapa a esta crítica. Así, cada vez que desagrada una idea, casi como un acto reflejo, se le cataloga de “inconstitucional”; o bien, se defiende el modelo sin considerar que el paso del tiempo puede generar parásitos o incluso árboles que no han crecido rectamente. Quiere conservar el bosque de manera integral, sin permitir siquiera una necesaria mantención que permita a los arboles que gozan de buena salud, crecer con solidez.

Llegó entonces el momento de la moderación constitucional. ¿Cómo no va a ser posible despejar las malezas constitucionales, o incluso considerar la tala de un par de especies que no se adaptaron al clima? Pero éste debe ser un proceso delicado, en que expertos en la materia inventaríen cada especie y cuyo corte, traslado o replantación sea decidida por quienes tienen a su cargo la administración del bosque. Ahí, al contemplar y gozar de sus beneficios, no será relevante quién plantó los arboles; cómo los plantó; o si son especies nativas o incorporadas. Por el contrario, importará la robustez de su tronco, la frondosidad de su follaje y la calidad y abundancia de sus frutos.

Todos aportan a la institucionalidad de estas tierras: aun si son majestuosas, necesitan algo de abono, poda y desmalezamiento, así como también de reforestación, debiendo en este caso tenerse muy presente el no implantar especies de probado fracaso productivo, no obstante su popularidad. •••