Historia de la pintura y memoria, ausencia y muerte, conciencia y olvido. Temas de la gran muestra de Altamirano en el Bellas Artes. POR LUISA ULIBARRI Durante muchos años, el arte fue un ruido lejano casi imperceptible entre otros ruidos, y un acto de libertad o asunto de fe para Carlos Altamirano. Entre 1978 y […]

  • 13 julio, 2007

Historia de la pintura y memoria, ausencia y muerte, conciencia y olvido. Temas de la gran muestra de Altamirano en el Bellas Artes.
POR LUISA ULIBARRI

Durante muchos años, el arte fue un ruido lejano casi imperceptible entre otros ruidos, y un acto de libertad o asunto de fe para Carlos Altamirano. Entre 1978 y 1981 su trabajo recibió la potente carga de lo conceptual junto a Leppe y Dittborn: la idea como consigna o peñón indestructible frente a la emoción, y el latido de una desnudez terrible picaneada por sus tremendas ganas de revertir el sistema del arte, aplicarse a la revisión de su historia y cuestionar un sistema de representación harto hegemónico, por lo demás. Para Altamirano, un museo era en esos años un terreno baldío, donde no sucedía nada más que la condición de rito y monumento, y cuya única tensión posible entre obra y edificio, lo hacía sentirse un ateo celebrando su funeral en una catedral.

Hoy, tres décadas después, en su muestra Obra completa (1977-2007) en el Museo Nacional de Bellas Artes, Altamirano clarifica este sentir desde una perspectiva más permisiva e integradora. Pinturas, instalaciones, grabados u objetos donde el paisaje, la cosa pública y urbana –más la privada, sentimental y cotidiana– están unidas indeleblemente a la historia de la pintura chilena y a la dureza de una dramática contingencia de vida, ausencia y muerte. Del mismo modo conversan, tensionan y cohabitan en aullante silencio en los muros y espacios de la Sala Matta y del ala sur del primer piso en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Altamirano confiesa que “este debe ser el montaje más grande que he presentado en toda mi carrera”. Y, vaya que lo es. No solo en tamaño, sino en carga autobiográfica y pictórica. Los cien metros que en cinta continua abrazan de muro a muro la sala Matta –más ese elocuente y vigilante elemento escultórico central– dan cuenta de la retomada serie Retratos de 1996. Hay un feroz contraste entre pintura, técnica mixta, rostros de 40 detenidos desaparecidos junto a hieráticos e impecables uniformados de los que alguna vez Altamirano formó parte en su adolescencia de cadete naval. Y, por supuesto, reinan sus obsesiones visuales recurrentes: naturalezas muertas, alambres de púas, fl ores, perros callejeros, paisaje, marcos dorados monárquicos junto a materiales plebeyos como lata, yeso, esponja, cola fría, óleo y espátula.
Memoria, olvido e historia de la pintura son sangre y linfa vertebral en esta serie. No hay nombres, fechas ni indicaciones de recorrido de las obras, salvo en las biografías de los anónimos homenajeadas: lo importante es la tensión circular y envolvente que contienen. La alusión a La carta de Pedro Lira, es estremecimiento total, así como las muchas mesas y sillas vacías, las muchedumbres, la estatua del general Baquedano en la Plaza Italia, y la serialización de pastos, parques y helicópteros, todas con trasfondo y herencia de Juan Francisco González bajo el título omnipresente Panorama de Santiago.

En las salas del primer piso, hay desmontaje y reedición de obras primeras, donde Altamirano echa mano a su muy personal visión de conceptos académicos como naturaleza muerta, grabado, díptico, pintura, acuarela, escorzo o grabado popular. Además, resucita el políptico con su foto tomada en distintos tiempos (1981-2002) que sostiene la obra Versión residual de la historia de la pintura chilena con alusiones –entre otras– a Rugendas, Monvoisin, Orrego Luco, Valenzuela Puelma. Como contrapunto y, en sala circular y única, la instalación del televisor marca IRT El dorado colgando con alambres de púas reflejados en el espejo de marco dorado, oropeloso y real. En las imágenes, la carrera loca por el centro de Santiago que hiciera el artista cámara en mano, filmando el pavimento y torsos, cielo y micrerío santiaguino mientras repetía como mantra la frase Altamirano, artista chileno.

Este juego también revive en sus pinturas de caballete, o en la serie de diez obras con esa manera tan propia de establecer relaciones entre materiales, signos y códigos que desatan conflictos inesperados. Si en su Exposición de cuadros (1995, sala Gabriela Mistral) quedó clara esta impronta, así como su actitud de outsider de un escena visual sin hogar, sin metafísica ni estética pero con una incuestionable carga autoral, esta vez Altamirano se las juega a fondo para convencernos de que su larga búsqueda pictórica está anotada o inscrita en alguno de los lugares intangiblemente habitables del mundo: la conciencia, la memoria, el recuerdo y por supuesto una redentora y sutil sensibilidad.