Transformar las residencias del Sename es el ambicioso proyecto del Hogar de Cristo que parte en mayo con dos casas de acogida. Una iniciativa que cuenta con el apoyo de las fundaciones de Carolina Del Río, Esperanza Cueto, Paola Luksic y Marion von Appen, y en la cual el futuro ministro de Desarrollo Social, Alfredo Moreno, también formó parte.

  • 15 febrero, 2018
Ilustración: Ignacio Schiefelbein

A comienzos de 2017, a Esperanza Cueto le llegó una invitación. El sicólogo Paulo Egenau la convocaba a una reunión para presentarle un ambicioso proyecto en que la Dirección Social del Hogar de Cristo, que él encabeza, venía trabajando desde 2015. La idea es crear casas de acogida de primer nivel, inspiradas en referentes de Europa y Estados Unidos, con profesionales expertos y atención personalizada, algo muy lejano a la realidad actual de los niños del Sename.

Egenau fue al grano. Le propuso que Fundación Colunga, organización que ella preside y que apoya iniciativas de educación y superación de la pobreza, se sumara a la iniciativa: esta se extiende a lo largo de dos años y requiere una inversión de mil millones de pesos. El hogar tiene financiamiento de 200 millones.

“Nosotros necesitábamos que privados nos apoyaran con algún porcentaje de lo que faltaba, y estábamos buscando más aportantes”, explica Juan Cristóbal Romero, director ejecutivo del Hogar de Cristo.

Esperanza Cueto escuchó y se movilizó. Convocó a Carolina del Río, presidenta de Fundación Ilumina, a Paola Luksic, de la Fundación Luksic, y Marion von Appen, de Choshuenco. Las mujeres –representantes de cuatro de las principales familias de empresarios de Chile– no lo dudaron ni un segundo.

Tras hacer cálculos, llegaron con la respuesta una semana después.

“Vamos a financiar el 100% de lo que les falta (800 millones de pesos)”, aseguraron. Además, formarán parte del equipo que colabora activamente en este trabajo: desde noviembre asisten a las reuniones mensuales en el Hogar de Cristo.

“Para nosotros como representantes de cuatro fundaciones que de distintas maneras apoyamos la infancia en Chile, es una oportunidad única el poder participar en este plan piloto de residencias de protección de niños y adolescentes. El drama del Sename es un tema país que nos duele a todos y que nos avergüenza. No nos hemos hecho cargo. Y la sociedad civil tiene un rol fundamental en esto, debe trabajar codo a codo con el Estado, ya que este no tiene recursos para todo”, asegura Carolina del Río en representación de las cuatro socias.

Mirada interna

Todo partió como una evaluación interna. Corría el año 2015, cuando la Dirección Social del Hogar de Cristo inició una investigación dentro de las ocho residencias Sename que la entidad tiene a cargo. “Partimos con un proceso de reflexión respecto de nuestras propias prácticas. Queríamos ver qué tan bien estábamos funcionando”, indica el hoy director social de la fundación, Pablo Egenau –sicólogo de la UC, experto en consumo problemático de drogas y alcohol y con 31 años en la organización–, quien ha encabezado la investigación. Sus residencias suman 144 niños y se trata de los establecimientos con menor cantidad de habitantes de la red, con un máximo de 18. “El promedio del país es enorme, hay aldeas con más de 200, las más pequeñas están en 45 ”, aclara. El total de niños Sename supera los ocho mil.

Junto a su grupo de trabajo, realizó más de 70 entrevistas a todos los que forman parte de sus ocho casas: niños, jóvenes, egresados, familiares, trabajadores, equipos de profesionales y directivos. “Nos dimos cuenta de que no lo estábamos haciendo bien y que teníamos una serie de dificultades”, reconoce. Comprobó así que el equipo de formación es deficiente, el rango etario muy amplio (de 5 a 21 años) y perjudicial para el niño, que hay falta de espacios de intimidad acorde al ciclo vital, la infraestructura es de mala calidad, el equipo de trabajo no es formado con sensibilidad al trauma, hay escasa colaboración de familiares, larga permanencia en las residencias, retraso escolar y precariedad de la atención.

[box num=”1″]

Los testimonios que recogieron hablan también de abandono, de ocio (“No hago nada. O sea, me levanto y después miro tele, hacemos los aseos y después miramos tele, almorzamos y vemos tele, y eso”, dice una adolescente de una residencia); de la mala rehabilitación (“Yo creo que el futuro de ellos vuelve a lo mismo, con sus familias, las niñas a hacer lo mismo que hacían las mamás, a drogarse, a prostituirse, tener hijos. Tengo contacto con niñas ya más grandes, de 20 años, y siguen en lo mismo”, asegura una educadora); de alta rotación de equipos (“Ya no sabemos para dónde va la micro. Tenemos jefa nueva. He tenido cinco jefes”, explica otra educadora), y de escaso contacto con sus familiares (“No poder salir, no poder tener comunicación con mis amistades, con mi pololo, eso más que nada; con mi familia no tenía comunicación, era como estar en un planeta vacío”, dice una egresada de residencia).

Para tener una radiografía más aguda de los centros, se elaboró una caracterización detallada de los menores: sus historias familiares, su victimización y trauma, educación escolar, cuántos años llevaban (recuadro 1).

90 recomendaciones

Una vez que tuvieron las conclusiones en la mano, decidieron armar una propuesta concreta para mejorar, punto por punto, el modelo técnico de las residencias. En esta etapa utilizaron la metodología de la RAND Corporation y la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) que, en simple, propone una serie de recomendaciones de acuerdo a la evidencia científica y al juicio de un panel de expertos. “Después de seis meses, llegamos a levantar más de 4.600 recomendaciones: cómo funcionan las residencias exitosas, qué modelos siguen, qué personas trabajan ahí, cuántos niños por pieza tiene que haber, qué formación de especialización deben tener”, explica Egenau. Para ello, se analizaron los estándares de políticas aplicadas en referentes de residencias del mundo (España, Escocia, Inglaterra, Estados Unidos) como el CARE, TFMC, MultifunC, Sanctuary, Resilience Model, ARC, entre otros.

Seleccionaron un total de 90 recomendaciones y las adecuaron a la realidad nacional. Por ejemplo, una de las propuestas apunta como óptimo tener a un niño solo por pieza. “Sin embargo, es inviable aquí. Así, recomendamos dos niños por pieza. Eso para los estándares nacionales, donde duermen a veces 20 menores juntos, es extraordinario”, aclara Egenau.

El informe estuvo casi completo durante los primeros meses del 2017, justo cuando el Ministerio Público revelaba los detalles que provocaron la muerte de Lissette Villa, la niña de 11 años que en abril del 2016 sufrió un paro cardiorrespiratorio en el hogar Galvarino de Santiago. Según los informes de la Fiscalía, la menor, que había llegado a ese lugar tras ser abusada por su padre, había muerto asfixiada luego de que una auxiliar de 90 kilos se sentara sobre ella como castigo. Horas antes, Lissette había sufrido una descompensación psicoemocional que ninguno de los funcionarios pudo contener.

Producto de la investigación, el Sename confirmó que en los últimos once años murieron 865 niños que estaban bajo su cuidado. “Esto claramente nos sacudió”, reconoce Paulo Egenau.

Un paso más

El sicólogo retoma la conversación. No tiene dudas de que “este es el esfuerzo más grande que se ha hecho en el país con residencias especializadas. Y dijimos: ‘Busquemos la manera de dar un paso más’”. En octubre del 2017 lanzaron el libro Del dicho al Derecho. Estándares de calidad para crear residencias de protección de niños y adolescentes, con el detalle de su investigación (recuadro 2).

Pero el equipo del Hogar de Cristo, encabezado por Egenau y el director ejecutivo, Juan Cristóbal Romero, se propuso ir más allá: decidieron crear dos residencias piloto, una para 10 mujeres en Valparaíso y otra para 10 hombres en Santiago. “El objetivo es mejorar el bienestar de los jóvenes, promover su salud mental, incrementar sus logros educacionales y favorecer su vinculación familiar”, explica Romero. Eligieron barrios residenciales, de clase media, con buena movilización, redes, cercanos a colegios. “No podía ser en una población marginal ni dura. No resulta”, dice Egenau.

Antes de buscar financiamiento, sacaron algunos cálculos. Acudieron a la Ley de Transparencia –el Sename no les reveló sus cifras– para averiguar cuánto invierte hoy mensualmente el Estado por niño en los centros de administración directa del Sename, y cuánto reciben las residencias con subvención (OCAS). El resultado fue que, a septiembre del 2015, el gasto promedio mensual bordeaba los 1.680.000 de pesos, mientras que las subvenciones no superaban los 300 mil pesos. Por su parte, el Hogar de Cristo gasta 800 mil pesos por niño actualmente (500 mil pesos propios, más los 300 mil que reciben del Estado).

Si obedecían las indicaciones del estudio al pie de la letra, el costo por niño superaba los 4 millones de pesos. “Imposible”, dice Egenau. Y aclara: “Nuestra investigación habla de estándares que no podemos cumplir. De todos modos, el nivel que estamos desarrollando es altamente superior a lo que hoy existe”, explica.

Hicieron algunos ajustes –“de propuestas óptimas a muy buenas”–, y así llegaron al valor de 1.980.000 de pesos por menor al mes. “Estamos aplicando el informe en un 65%”, grafica. Para asegurar la calidad, el proyecto también implica la evaluación de un organismo externo: un equipo de la Facultad de Ciencias Sociales y de la Escuela de Gobierno de la UC ganó la licitación a mediados de enero. “Nuestra tarea es documentar todo el proceso de implementación de estas residencias –en particular su fidelidad con el diseño original– y evaluar sus principales resultados en términos de aquellos que se quiere lograr, especialmente logros socioecomocionales, conductuales y cognitivos”, explica Eduardo Valenzuela, decano de Ciencias Sociales.

Con los números ya resueltos, en noviembre del 2017, Egenau y Romero fueron a tocar puertas.

La escala en 2020

Así llegaron a Esperanza Cueto, de Fundación Colunga; Carolina del Río, presidenta de Fundación Ilumina; Paola Luksic, de Fundación Luksic, y Marion von Appen, directora de Fundación Choshuenco, quienes de inmediato se subieron al proyecto que por estos días trabaja a full en la remodelación de las casas que serán inauguradas en mayo: están adecuando la cocina al modelo extranjero, agrandando piezas, creando salitas de estudio, áreas verdes y salas de esparcimiento separada de los “privados”, donde se deben realizar las entrevistas con psicólogos. “Esta no es una casita para niños que no tienen dónde vivir. Se trata de hogares para menores que sufren maltrato, que están con dificultades extremas, situación severa de abandono en etapas del desarrollo críticas”, aclara Egenau.

La idea es que cuando el piloto termine, en 2020, el modelo sea política pública y se aplique en todas las residencias del Sename. “Si eso no sucede, significa que fracasamos. Así de dramático”, reconoce Juan Cristóbal Romero. Y agrega: “Esto está hecho para el Sename. Es una contribución genuina, no tenemos otro objetivo que se transforme en política pública. Confío mucho en que este nuevo ministro de Desarrollo Social (Alfredo Moreno), que ha sido un gran articulador, aproveche esta oportunidad que se le está ofreciendo”.

Las cuatro socias concluyen: “Esperamos que este programa piloto sea un éxito y que como país nos hagamos cargo de los niños, que son el futuro de Chile”.

_________________________________________

Caracterización de la población

Es mayor el número de mujeres que de hombres (58,2% versus 41,8%). En cuanto a la edad, el 43% tiene entre 7 y 12 años; el 42%, entre 13 y 19 años, y 15%, entre 0 y 6 años.
En promedio, los niños ingresan a estas residencias a los 8,4 años de edad.

Sobre el tiempo de permanencia en los hogares, un 22% reside entre uno y dos años; un 19,7%, más de cuatro años, y un 18%, entre dos y cuatro años. Sobre las familias de las que provienen los jóvenes, casi 70% son pobres no indigentes, 16,8% es indigente y un 14,4% no es pobre. A ello se suma que un 60% ha sufrido algún tipo de maltrato (antes de entrar a la residencia), un 77% maltrato psicológico-emocional, un 52% abuso sexual, un 43% consume medicamento psiquiátrico, un 22% consumo problemático de alcohol y/o drogas, un 12,5% fue excluido del sistema escolar, un 19% en situación de abandono familiar, y un 57% mantiene el vínculo con la familia.

__________________________________________

Del dicho al Derecho

Algunas de las recomendaciones del texto apuntan a crear un ambiente de cuidado que debe ser cálido, seguro, limpio y pedagógico. La estética de la residencia debe ser luminosa, espaciosa y confortable. La propuesta exige disminuir la cobertura a 10 jóvenes por residencia, para garantizar un ambiente familiar y una atención personalizada a los menores y sus familias. También debe haber acompañamiento terapéutico de un tutor por cada tres jóvenes. El texto habla del keyworker, o educador clave, profesional que hoy no existe en Chile y que debe realizar un cuidado personalizado e intervención en la vida cotidiana de los menores. La realidad actual, dice Paulo Egenau, es que “tenemos educadoras(es) sin cuarto medio, con cerca de 40 menores bajo su custodia, que no conocen sus historias y que viven en permanente rotación”.

También se incluye el trabajo de un abogado que lleve las causas de los jóvenes de las residencias y pueda apoyar las gestiones con los tribunales.

Por último, acompañar a los jóvenes y sus familias por al menos un año luego del egreso, ya que la evidencia demuestra que este es el momento más crítico para hacer sostenibles los resultados en el tiempo.

___________________________________________

El rol de Alfredo Moreno

Alfredo Moreno conoció el proyecto mientras fue presidente de la CPC. En marzo, el empresario y futuro ministro de Desarrollo Social armó 3xi, una organización que buscaba alianzas entre empresarios, fundaciones y sector público. “Pensamos cómo colaborar con el Sename, y así conocimos esta iniciativa que iba en la línea de lo que queríamos hacer y nos sumamos. Tratamos de hacer los nexos con el Hogar de Cristo”, indica. Y agrega: “Voy a seguir trabajando con todas estas organizaciones, mi idea es mantenerlo”.

Actualmente, los niños Sename dependen del Ministerio de Justicia: tanto los que llegaron por ser víctimas de abuso, como los que se integraron tras cometer infracciones a la ley.

En el Congreso está el proyecto de ley que reemplaza al Sename por dos organismos: un Servicio Nacional de Protección Especializada de Niños y Niñas, que dependerá del Ministerio de Desarrollo Social, y un Servicio Nacional de Reinserción Social Juvenil, que dependerá del Ministerio de Justicia.