A fin salió humo blanco. El grupo Harseim y los Canteros de Colina llegaron a un acuerdo definitivo para que sus proyectos coexistan de forma pacífica en La Reserva. Clave fue la intervención del empresario Sebastián Fernández, porque además de apoyar a los canteros, logró levantar un rentable negocio con sus desechos. 

  • 13 julio, 2007

A fin salió humo blanco. El grupo Harseim y los Canteros de Colina llegaron a un acuerdo definitivo para que sus proyectos coexistan de forma pacífica en La Reserva. Clave fue la intervención del empresario Sebastián Fernández, porque además de apoyar a los canteros, logró levantar un rentable negocio con sus desechos. Por Javiera Moraga; fotos, Verónica Ortíz.

 

En mayo de este año, la Asociación Gremial de Canteros de Colina y las empresas Harseim cerraron una disputa judicial de más de una década. Si bien en agosto de 2006 la Corte Suprema le dio a los canteros el título definitivo sobre sus pertenencias mineras, ubicadas dentro del proyecto inmobiliario La Reserva –propiedad de la familia Harseim en un 49% y de Cargill en un 51% (ver recuadro)–, aún faltaba definir cómo sería la extracción de la roca. Hoy, los canteros ya tienen una servidumbre de ocupación en los cerros La Pedregosa y Pan de Azúcar, por un lapso de 12 y 20 años, evitando de esta manera impactar el desarrollo inmobiliario de la zona.

 

Para dimensionar el asunto hay que tener claros los actores:

 

 

Los canteros. Una asociación de no más de 300 familias que trabajan la piedra de una manera especial: en forma de adoquines o esculturas. Los canteros participaron en la fundación de Santiago, en la construcción de la Catedral Metropolitana, en la de La Moneda y varios de los principales monumentos de Santiago. Hicieron las bases de la Corte Suprema y dentro de sus últimos trabajos estuvo la construcción de la Costanera Norte, donde la piedra no se pudo cortar a máquina y tuvo que ser dimensionada a mano.

 

Los Harseim. Grupo de cinco hermanos encabezados por Eric, quienes –además de tener el proyecto inmobiliario La Reserva– tienen una sociedad de inversiones dueña del 83% del Hotel Ritz-Carlton, junto con hoteles y otras inversiones. En el juicio fueron representados por el abogado Manuel José Vial.

 

Sebastián Fernández Riesco. Uno de los creadores de FFV y sobrino del “Negro” Fernández, quien contrató al abogado Alvaro Baeza para defender a la Asociación de Canteros de Colina.

 

Chamisero. Proyecto inmobiliario de Juan Carlos Latorre, Sergio Reiss y Sergio de Castro, ubicado también en los terrenos en disputa, pero que reconocieron el derecho de los canteros, sin necesidad de llegar a tribunales. Los compensaron con policlínicos y otras prestaciones sociales, a cambio de las hectáreas superficiales donde se desarrollaba su proyecto.

 

Juan Carlos Cruz. Empresario que resultó entre los más perjudicados, ya que se quedó con las ganas de desarrollar un proyecto inmobiliario en La Reserva y tuvo que revender a los Harseim los sitios que había comprado: “Ellos me recompraron a un mayor valor de lo que yo les compré, pero a un precio más bajo que el de mercado”.

 

-Otros actores son el abogado penalista Jorge Bofill –quien defendió a Alvaro Baeza de una querella por calumnias interpuesta en su contra por los Harseim, de la cual salió victorioso– y Matías Cortés, especialista en acciones de clase, quien se encargó de presentar una acción colectiva a nombre de una asociación de consumidores dueños de las viviendas: “Esta acción se notificó y finalmente llegamos al acuerdo de que cumplieran lo que les prometieron a los propietarios de las casas”, porque, en efecto, las casas eran bonitas, pero nadie les explicó nunca a los compradores que había un grupo de canteros que trabajaban en los terrenos que estaban adquiriendo y que no se iban a ir porque eran dueños del subsuelo, incluso de ciertas casas que ya estaban edificadas.

 

 

 

El origen

 

 

Volvamos al comienzo del problema. A medida que Santiago ha ido creciendo, la base de operaciones de los canteros se ha ido también corriendo.

 

Hace más de 120 años se trasladaron desde el Cerro San Cristóbal a Colina, donde obtuvieron sus títulos de pertenencias mineras, los que se mantuvieron inalterados hasta la disolución de los sindicatos en 1973, año en que la pertenencia quedó bajo el nombre de Fidel Aguilera León, cantero que ejercía como presidente de la junta de vecinos.

 

-Pero en 1979, cuando las cosas se normalizaron, se le pidió a Aguilera que devolviera la pertenencia minera -explica Elías Aravena, presidente de la Asociación de Canteros de Colina-. Pero este señor sufría de Alzheimer y no quiso entregarla.

 

Recién en 1996 retomaron nuevamente las riendas del juicio. El problema es que en el intertanto, el grupo Harseim compró a la familia Lecaros un fundo de 800 hectáreas en Colina, donde se ubica el actual proyecto La Reserva. Los Lecaros habían convivido por décadas con los canteros dentro del terreno, respetando siempre la pertenencia minera de los labradores y –tal como consta en una declaración jurada en los expedientes judiciales– aseguran que los Harseim siempre tuvieron conocimiento que debían coexistir con los canteros: “En el predio se desarrollaban otras actividades extractivas de áridos desde muchos años antes (de la compraventa del predio) por parte de un número significativo de trabajadores canteros, conocidos como los Canteros de Colina” (…) “Al suscribir el contrato de compraventa del predio (los Harseim) siempre señalaron que sus actividades eran compatibles con la actividad de extracción porque necesitaban un terreno para prueba de explosivos”. (Declaración de los Lecaros).

 

Antes de enfocarse al tema inmobiliario y hotelero, los Harseim se dedicaban a las armas: “Teníamos una fábrica de explosivos en Renca y compramos en Colina para colocar la zona más peligrosa de esta industria de explosivos. En esa época nosotros operábamos solos y después nos asociamos con una compañía Noruega, a la cual le vendimos luego el cien por ciento de la empresa. Cuando hicimos esa venta dejamos fuera estos terrenos e instalamos lo mismo en Antofagasta. De ahí en adelante empezamos a ver los terrenos de Colina como ideales para el desarrollo inmobiliario”, explica Eric Harseim.

 

Fue en ese momento que los Canteros de Colina –quienes habían ganado en varias instancias judiciales su derecho a las pertenencias mineras– se volvieron una piedra en el zapato para el grupo que había decidido reconvertir su fundo en una zona inmobiliaria y floreciente, tal como otros proyectos vecinos del sector.

 

 

 

El juicio

 

 

Durante años esta pugna judicial entre los Canteros de Colina y los Harseim fue un asunto tras bambalinas. Pero todo explotó el2005, cuando entró a escena el empresario, Sebastián Fernández Riesco, quien algunos años antes había comprado una propiedad que luego llegó a “valer oro”.

 

-Como vivo en Las Brisas de Chicureo, un día pasé por un pequeño cerrito (un morro) y consideré que el terreno podía ser apto para algún proyecto inmobiliario, explica. Pero lo que en realidad había comprado era la empresa chancadora de Domingo García-Huidobro ubicada en Colina: una machacadora de piedras para hacer áridos, material básico del cemento y el más utilizado por los camiones mixer que van a los diferentes proyectos inmobiliarios. Tener áridos tan cerca de Santiago permitía abastecer rápidamente todos los proyectos inmobiliarios de la zona.

 

 

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Todo parecía ir viento en popa, excepto por un detalle: de dónde sacar la piedra. Por años, Sebastián Fernández recorrió lugares para abastecerse sin dar con una cantidad importante de materia prima. Estaba al borde de la quiebra. Y lo increíble es que la materia prima estaba a un paso: especialistas en adoquines, los canteros siempre orillan sus productos generando una gran cantidad de desechos –llamados desmontes–, que tras una serie de pruebas resultaron ser el material perfecto para su empresa. De modo que en 2005, tras un pacto con los canteros, Fernández comenzó a retirar los desmontes hasta que, repentinamente, le llegó una orden judicial por robo:

 

-Ahí me di cuenta de que había un juicio entre los canteros y Fidel Aguilera. Y que Harseim apadrinaba a este último, dice Fernández.

El empresario comenzó a investigar y a ponerse al tanto del lío judicial. Los Canteros y los Harseim estaban enfrentados en una batalla campal y, si bien por años los Harseim habían retirado los desmontes –con los cuales pavimentaron el proyecto de La Reserva– la presencia de los labradores se había vuelto complicada para el grupo. Sobre todo, porque los futuros compradores siempre preguntaban qué ocurriría con los “trabajadores” que estaban ahí labrando la piedra. Muy poca gente sabía que se trataba de los Canteros de Colina.

Enfrentado a ese panorama, Fernández propuso a sus socios pica piedras pagarles la defensa en el litigio: “Teníamos un negocio en común. A ellos les interesaba la piedra para hacer adoquines y a mí para hacer mis áridos. Ofrecí pagarles por el derecho de puerta y el material y ellos se quedaban con la tranquilidad de finiquitar el asunto legal”, explica.

 

Ahí entró en escena el abogado litigante Alvaro Baeza, socio fundador de Baeza, Larraín & Rozas, quien logró lo que parecía imposible: devolver la pertenencia minera a los Canteros de Colina. El 30 de agosto de 2006, la Corte Suprema, en una sala integrada por los ministros Ricardo Gálvez, Milton Juica y María Antonieta Morales y después de casi veinte años de problemas, consagró el derecho de la asociación a explotar las canteras.

 

 

 

El acuerdo

 

 

Aun cuando la Corte Suprema había dictado sentencia, quedaba todavía pendiente un acuerdo de coexistencia con los Harseim, lo que no era fácil de resolver. Sin embargo, en mayo este año ambas partes fumaron por fin la pipa de la paz. “Fue un acto de generosidad tremendo”, explica un cercano al acuerdo. De las 300 hectáreas en disputa, los Canteros de Colina entregaron 40 hectáreas a Chamisero, a cambio de prestaciones sociales. Y un total de 150 hectáreas al grupo Harseim, básicamente en los terrenos donde estaban las casas ya construidas. Finalmente, se quedaron con 110 hectáreas de pertenencia minera en una zona urbana. Todo a cambio de la servidumbre que les permite trabajar.

 

-El acuerdo dice que pueden seguir explotando el cerro la Pedregosa y parte del Cerro Pan de Azúcar, con una servidumbre que tiene plazo de entre 12 y 20 años respectivamente– explica Manuel José Vial, abogado de Harseim.

 

Sin duda las lecciones de este conflicto son varias, tal como explica Sebastián Fernández: “Hubo que tomar una posición en algo que en principio era solo un negocio. Ayudar a unas 400 personas que vivían de una actividad y que posiblemente habrían perdido su fuente de trabajo. Siento que es una doble recompensa”.

 

 

 

¿Qué es Cargill?


A mediados del 2006, la filial argentina de la empresa estadounidense Cargill –enfocada en la compra, procesamiento y distribución de granos y otros productos agropecuarios– decidió invertir en Chile y compró el 51% de La Reserva, transformándose en controladores del proyecto en medio de la disputa legal. El negocio era demasiado tentador: en el marco de los Zoduc (zonas de desarrollo urbano condicionado), La Reserva tiene un horizonte de inversiones por 500 millones de dólares en el largo plazo.


Fundada hace casi siglo y medio en Minnesota, Cargill tiene 149 mil empleados repartidos en 72 países. En su ranking 500, la revista Fortune ubica a esta compañía dentro de las 20 más importantes del planeta y aún es una empresa familiar (los Cargill y MacMillan son dueños del 85% de la empresa). Para nada modestos, ellos tienen una defi nición que los exalta: “La harina en su pan, el trigo en sus tallarines, la sal en sus frituras. Somos el maíz de sus tortillas, el chocolate de su postre, el edulcorante de su gaseosa. Somos el aceite de su aderezo y la carne, cerdo o pollo que usted come en la cena. Somos el algodón de su ropa, la terminación de su alfombra y el fertilizante de su campo”. Un ejemplo: todos los huevos utilizados por McDonald’s de Estados Unidos salen de las plantas de Cargill.

 

 

 

Fernández y Aridos Quintay


Dueño de ideas brillantes, caído y luego encumbrado muchas veces, el nombre de Sebastián Fernández Riesco no pasa desapercibido en el mundo empresarial. Junto a su tío Eduardo Fernández León, armó la compañía FFV (Fernández y Fernández Varios), actor del mercado inmobiliario al que se atribuye el cambio del barrio El Golf. También le dio empuje a Las Brisas de Chicureo –uno de los primeros proyectos inmobiliarios que vendió el concepto de vivir “fuera, pero cerca” de Santiago– y fue un fuerte promotor de las canchas de golf fuera de la ciudad. “Sebastián tiene fama de loco, porque cuando se le mete algo en la cabeza de obsesiona y es capaz de firmar acuerdos hasta en servilletas”, cuenta un cercano. De hecho, así fue como lo hizo en el proyecto Las Brisas, donde visitó uno a uno a los agricultores de Colina para convencerlos de vender sus terrenos.

Alejado de FFV –vendió su parte el 98– y embarcado en dos proyectos de oficinas con los De Iruarrizaga, Fernández apostó a que los áridos serían un gran negocio como consecuencia del boom inmobiliario. Y acertó. Hoy, con todos los juicios concluidos, el empresario y Aridos Quintay se aseguraron una fuente de abastecimiento por más de 50 años, otorgando a su compañía inmejorable solidez. De hecho, logró un acuerdo con Cementos Melón, que a través de su planta hormigonera Premix, trabaja en sus plantas de áridos en Colina.