Es tiempo de vendimia. Es tiempo de recorrer las viñas y descorchar botellas en el valle de Casablanca, por ejemplo, y probar in situ los nuevos pinot noir de la zona. Por M.S. En esta época del año, cuando se acercan las vendimias, nada mejor que recorrer viñedos y buscar un lugar para hacer un […]

  • 9 marzo, 2007

Es tiempo de vendimia. Es tiempo de recorrer las viñas y descorchar botellas en el valle de Casablanca, por ejemplo, y probar in situ los nuevos pinot noir de la zona.

Por M.S.

En esta época del año, cuando se acercan las vendimias, nada mejor que recorrer viñedos y buscar un lugar para hacer un picnic al estilo de la película Entre copas. La semana pasada fui a Casablanca y me llevé algunas sorpresas. No cuesta nada llegar al tranque Lo Ovalle, por ejemplo, donde se puede pescar y hasta poner una parrilla, en medio de plantaciones de vid, con una vista que envidiarían en California.

Lo mejor, claro, es llegar aprovisionado de un par de botellas del mismo valle. En el camino hay varias tiendas de vino, en Morandé, Casas del Bosque, Emiliana, Viña Mar, Veramonte, William Cole e Indómita y no es mala idea comprar, por ejemplo, un pinot noir de la zona, que es un vino versátil y amable, que puede acompañar varios tipos de comida.

Para ahorrarse problemas, algunas recomendaciones: compre el mejor surtido de quesos y embutidos que pueda conseguir, más alguna ensalada, vaya a una panadería artesanal y lleve una frazada, un buen quitasol y sombreros, servilletas y un cuchillo y el picnic estará casi listo. Obviamente, es indispensable tener un par de copas y un sacacorchos. El resto queda a la imaginación de cada uno.

El pinot noir, se sabe, es una de las variedades más complejas y difíciles del mundo. Nacido en la Borgoña, puede dar lugar a los mejores tintos del planeta, pero también a versiones muy pobres. En pocos ámbitos la distancia entre el éxito y el fracaso, entre lo sublime y lo vulgar, es tan corta. Los viñedos están tan fraccionados y el clima tan cambiante que siempre hay sorpresas y decepciones cuando se abre un Borgoña. Y eso es parte de su encanto.

En Chile hay quienes piensan que la variedad tiene futuro, sobre todo en zonas frescas como Casablanca o Bío-Bío. Honestamente, tengo mis dudas. Hasta ahora no he probado un pinot chileno sobresaliente, si bien cada vez son más los ejemplares razonablemente convincentes y a un precio varias veces menor que sus costosos primos de la Borgoña, donde se producen los vinos más caros del mundo.

El asunto es como sigue: tras el picnic que hice en Lo Ovalle, donde bebimos un rico y simple pinot 2006 de Morandé, me quedé con ganas de probar más ejemplares de la nueva cosecha, que ahora están apareciendo en el mercado. Fui a La Vinoteca y compré tres etiquetas de menos de 6 mil pesos: Cono Sur Reserva ($ 5.900), Villard Expresión Reserva ($ 5.400) y William Cole ($ 3.800), todos de 2006 y de Casablanca.

A ellos sumé, con un poco de dolor y arrepentimiento, un Cotes de nuits-Villages de 2003, un vino simple y barato para los estándares de Borgoña (debe estar por los 40 euros), pero un lujo a fin de cuentas por estos lados.

Fue una cata a ciegas, apoyada en la ayuda de un buen amigo que vive en Miami y tiene una intuición envidiable para hablar de vinos, y el ejemplar francés de inmediato capturó mi interés. Tenía una nariz muy compleja, con tonos que iban de lo floral a la fruta roja y una boca que evidenciaba la madurez del vino sin perder su jovialidad. La madera era sutil, nada atropelladora. Esto es lo que escribí en mi cuaderno: “Una versión sencilla, al alcance de mano, de los tintos de Borgoña”.

Los vinos chilenos estaban bastante lejos, la verdad, pero el que me sorprendió por su relación calidad precio fue el de William Cole. Un vino delicioso y a la vez delicado, donde la barrica aporta lo suyo, pero sin estropear el conjunto. Un pinot perfecto para beber por estos días, sin otra cosa que un buen Brie.

El Cono Sur me pareció un pinot extremo, que no parece pinot, un tinto para experiencias radicales, mientras que el Villard fue un verdadero enigma. Empezó cerrado y terminó muy bien. Es un vino que necesita un tiempo en botella y sobre todo decantarse. Se va abriendo y abriendo y al final te conquista. Después de una hora, le estaba dando la pelea al francés.