• 30 mayo, 2008

 

El camino elegido por García apunta a reducir brechas y a frenar la fragmentación a partir de consensos y objetivos compartidos. Esto no sólo es bueno para Perú, es particularmente bueno para Chile.

 

Perú en alza. En las últimas semanas aparece como la segunda nación con el menor riesgo país de América latina. Su economía creció 8,7% el año pasado y las proyecciones para el presente se ubican entre 7% (FMI) y 8% (BID). El Institute of Managemet Developemet (IMD) en su respetado estudio de competitividad mundial ubica a nuestro vecino del norte en el lugar 35 y lo instala número dos del continente, después de Chile, por delante de Colombia, México y Brasil. En línea con la consolidación de esta trayectoria su presidente, Alan García, anuncio 4.500 millones de dólares en inversiones para el presente año; las más significativas, en el área de las telecomunicaciones y en los esfuerzos por transformar al puerto del Callao en el más importante de esta parte del Pacífico Sur.

En materia internacional, el gobierno de Alan García acaba de ser anfitrión de una exitosa cita de los gobiernos de América latina con los líderes de las naciones de la Unión Europea y se ha propuesto el desafío de establecer un acuerdo de asociación con Europa en los próximos 12 meses, que se sumaría a los TLC aprobados con Estados Unidos (2007) y Tailandia (2005).

Tomando firmemente el toro por las astas, el presidente ha dirigido una carta personal a cientos de empresarios chilenos invitándolos a invertir y trabajar en Perú, y ha señalado públicamente como un desafío de la nación que Perú alcance y supere a Chile en potencia económica y progreso material en los próximos años.

García no se ha quedado paralizado por los viejos pleitos fronterizos, hoy litigados en La Haya. No se ha inhibido por los dos o tres casos conflictivos asociados a empresas chilenas y ha apostado por las experiencias positivas derivadas de las inversiones nacionales en las últimas décadas en Perú.

García ha superado la lógica de la vieja renta chauvinista que alimentó (y alimenta) a parte de la clase política peruana y ha apostado al crecimiento económico, a la creación de empleos y a la política social, sustentado en los ingresos fiscales que se derivan del crecimiento. Sin complejos, ha profundizado la apertura comercial desarrollada por Toledo que, en su tiempo, provocó debates y polémicas.

García ha provocado una ruptura explícita con el chauvinismo anti-chileno y con el populismo. Hay razones y evidencias para apostar por que esta sea una decisión estratégica y, esperemos, definitiva. García obtuvo su segunda presidencia con muchas dificultades. En la primera vuelta de las últimas elecciones, fue segundo entre 24 candidatos, obteniendo sólo el 24% de la votación nacional y superando apenas por décimas a la tercera contendiente, Lourdes Flores.

García fue elegido en segunda vuelta en una reñida elección en que el otro candidato, Ollanta Humala, enarboló un confuso discurso etno-nacionalista, que combinaba reivindicaciones indígenas y plataformas regionalistas, con un duro discurso patriotero. En la noche del triunfo, Alan García señaló que el únicoderrotado en esa elección no tenía cédula de identidad peruana, en clara alusión al apoyo explícito de Hugo Chávez al candidato Humala.

Me consta que en Chile la elite política y empresarial miró con tremenda desconfianza y profundos prejuicios la nueva instalación del presidente aprista. Se desconocía la evaluación autocrítica de su primera experiencia de gobierno, caracterizada por dramáticos problemas económicos y por signos de corrupción; pero, por sobre todo, el largo tiempo dedicado por García al conocimiento de otros casos nacionales, incluyendo un exhaustivo análisis del chileno, de las raíces de nuestros progresos sociales, políticos y económicos. Esta trayectoria ha sido vital en el camino de García en su ruptura con el populismo y en su proximidad conceptual con gobernantes como Lula o Bachelet.

Perú es, al igual que el nuestro, un país con inmensas desigualdades, a las cuales agrega un sistema político muy fragmentado. El camino elegido por García apunta a reducir esas brechas y a frenar la fragmentación a partir de consensos y objetivos compartidos.Esto no sólo es bueno para Perú, es particularmente bueno para Chile, porque de esta sana competencia sólo pueden surgir oportunidades para trabajadores y emprendedores de ambos lados de la frontera y también sinergias y complementariedades. El crecimiento económico peruano camina hoy de la mano de la democracia, también mérito de Toledo, dándole credibilidad internacional y generando espacios institucionales para debatir su propia conf ictividad. Atrás quedan la larga experiencia de cuartelazos, lógicas terroristas y la amarga experiencia del autoritarismo fujimorista.

Apostar por el Perú es apostar contra aquellos prejuicios que tantas veces nos paralizan en la acción respecto de nuestros vecinos. Es apostar por una paz productiva y, definitivamente, por nuestro propio futuro.