La seguidilla de disculpas y arrepentimientos de la clase política no hace sino revelar que aún falta un relato –aunque suene latero.

O están en capilla o en una particular peregrinación por la absolución, pero en algún estado de gracia deben estar los políticos para que hasta los más conspicuos se estén desprendiendo de toda su preciada vanidad –quizás su característica más propia– y estén solicitando una generosa indulgencia ante el país.
Primero fue Piñera, quien el 21 de mayo pidió un sonoro perdón en el Congreso por su mal abordaje de las enormes expectativas que él y su gobierno habían creadas. A las semanas, vimos al ministro Chadwick pidiendo la exculpación por su participación en el gobierno militar. Sólo falta que la Concertación pida perdón por sus veinte años de gobierno, aunque –claro– más flagelantes ya no podrían estar.
En fin, quizás estemos viendo arrepentimiento, pero lo que no se ve es conversión. Más bien lo que hay es un acorralamiento: la ciudadanía tiene a los políticos como intervenidos, neutralizados, desconcertados. No saben qué hacer. Y eso se nota.
Para el caso, basta mirar las dos propuestas reactivas e híbridas que se han puesto en juego desde la clase política durante el último tiempo: por un lado, el populismo que nace de una mezcla entre la UDI popular y RN liberal; y el izquierdismo que surge del cóctel que combina una buena dosis de candor anti-establishment de un sector del PPD con la glamorosa pasión post-soviética, encarnada por Camila Vallejo, por el otro.
Y eso sería todo. No hay otras visiones ni propuestas que encarnen una respuesta significativa al llamado –aullido– de la ciudadanía. Escalona intentó escalar la política a un nivel país, buscando consensos y acuerdos, pero por ahora hay poca agua en la piscina.
Y como nadie nos dice hacia dónde nos encaminamos, o si nos estamos o no moviendo, no queda más que instalar la presión como forma de desactivar la inoperancia política; lo cual, en la percepción de la ciudadanía, se traduce en algo muy simple, pero contundente: la existencia de una clase política más concentrada en sus propios intereses que en los intereses públicos. Y sin duda, esto se ve más que reforzado por el liderazgo personalista de Piñera. Lo que no es menor.
De hecho, el gran mérito de la Concertación fue lograr comunicacionalmente supeditar el interés individual al colectivo; ante lo cual, cualquier intento corporativista o particular de saltarse la fila o presionar interfiriendo en ese orden era rápidamente cuestionado y deslegitimado. Pero eso era sólo posible en la medida en que existía la certeza de intereses colectivos superiores que, en dicho caso, eran los de una promesa de progreso y equidad a escala país. Lo que era irrefutable. Y así estuvimos 20 años casi sin movilizaciones relevantes (a excepción de los pingüinos, que poco tenían que ver con ese implícito acuerdo nacional).
Por lo tanto, el latero rollo de que si se necesita o no relato sigue estando vigente. De lo contrario, la impaciencia ya no tiene límites y la falta de compromiso con un propósito mayor genera una espiral fatal, en el sentido de que activa la presión, obliga a los políticos a pedir perdón y el país se expone a tener que escuchar respuestas de corte populista o de izquierdismo voluntarista.
Paradojalmente, y de acuerdo a los estudios de opinión, en la percepción de las personas estas respuestas reactivas sólo generan la sensación de que no hay plan –que la calle tiene el plan– y la falta de liderazgo gatilla un cuadro de incertidumbre que es desproporcionado a la realidad nacional.
Lo crítico es que se alcance un punto de malestar en que un propósito de interés país pierda urgencia; o bien, sea un acto naif. Que nos pongamos excesivamente cínicos; que alcanzar la cima –por ejemplo, ser un país desarrollado– ya no se conciba como relevante; que el esfuerzo –o el sacrificio– para recorrer esos últimos metros que nos faltan para llegar a la cúspide no se consideren rentables ni valorables; que sea mejor quedarnos en la medianía.
Vamos a enfrentar en un corto plazo al menos cinco grandes transformaciones que no podemos saber cómo los políticos las van a manejar y si se constituyen en oportunidades o precipicios… reforma política, reforma tributaria, política de energía y carretera eléctrica para evitar blackout el 2015, US$ 45.000 millones en inversión minera y elecciones presidenciales.