Escritor

Si hay algo que caracteriza –a simple vista– al gobierno dirigido por Sebastián Piñera es que sus integrantes se creen ganadores. No solo porque les fue bien en las elecciones. Sino porque pertenecen a un exclusivo club social al que solo se puede entrar con credenciales de vencedor. La homogeneidad del gabinete es impactante. Alumnos destacados, ejecutivos de primer nivel, primos fieles, ligados estéticamente por el color pálido. Da lo mismo quiénes están más a la derecha de la derecha, o quiénes son liberales dentro de un esquema conservador. El problema central es que no les gustan los que no se parecen a ellos, es decir, los perdedores: no están considerados ni en sus esquemas, ni en su lenguaje. No obstante, el país está poblado por personas que no necesariamente quieren competir o que sencillamente perdieron. O que viven de acuerdo a principios culturales ajenos a lo convencional.

¿Quién va a preocuparse los próximos cuatro años por los que no tienen méritos, ni talentos? Los que no saben por qué tienen que trabajar o empujar una vida que ha sido cruel con ellos. ¿Qué hacen con la política de los méritos, de los winners, los echados, los que tienen mal aspecto y ninguna reputación? ¿Habrá compasión hacia ellos? ¿Será posible bajarse de la carrera por obtener más? ¿O dejar de hacerlo implica la ruina y el desamparo?

El ánimo ganador no es compartido por una parte importante de la población que no se beneficia en nada con este ímpetu. Algunos no tienen educación, ni deseos por mejorar sus vidas, por precarias que sean, están conformes. Les espera un futuro poco auspicioso y no pueden evitarlo. Entonces para qué esforzarse. Les han dicho que no pierdan las esperanzas, que han avanzado en pocos años una inmensidad. Viven en lugares pequeños, su paisaje ha cambiado con la llegada de los inmigrantes, están conectados y gozan de los favores de la modernidad, pero sin demasiado entusiasmo. Son hombres y mujeres cansados por años de faenas variadas y expectativas nulas. Que los echen de donde trabajan depende de factores ajenos a ellos, no está asociado a su flojera o diligencia. Lo han sufrido. El tiempo que tienen en vez de ocuparlo haciendo horas extras, prefieren estar con sus hijos, amigos o parientes. La experiencia les enseñó a desconfiar del esfuerzo.

Fracasar, quedar a la zaga, es una posibilidad que nadie puede soslayar. Los invictos son los menos. El tejido social es una trama de rezagados que se mandan solos. Esperan ganar más plata con este gobierno. Eso no dice relación con afanar más, sino con sueldos que aumentarán (se supone) gracias al crecimiento del país. En la diluida realidad que nos toca, muchos creen que mejorar está en sintonía directa con el dinero. Para otros, basta con la tranquilidad de mantenerse a flote sin aflicciones, ojalá lejos de una empresa que se devore el tiempo completo.

El ánimo de Piñera por subrayar a los indicados, a los mejores, está impregnado de exitismo. Intuyo que los aspavientos de los ganadores enturbian los ánimos de los que no prosperan o se conforman con poco. La búsqueda de la superación de las condiciones de subsistencia puede ser una broma siniestra en demasiados casos. Por ejemplo, no sirve como incentivo en una sociedad de población mayor. Después de los cincuenta años entran a jugar factores ajenos al empeño para mantenerse, como superar a los jóvenes que llegan a hacer lo mismo por menos dinero.

Este gobierno no considera en sus planes a los extraviados y a los que resienten a vivir sometidos a los anhelos económicos. Deberían también atender a esa mayoría sin auspicios, madura, que perdió y no posee fuerzas para más. Los desganados y los imperfectos son ciudadanos, al igual que los enfermos crónicos, los arruinados, los que no participan de sociedades, ni son empleados. Ellos conocen el arte de perder, ese que Elizabeth Bishop describió en un poema definitivo: “El arte de perder se domina fácilmente; / tantas cosas parecen decididas a extraviarse / que su pérdida no es ningún desastre. / Pierde algo cada día. Acepta la angustia / de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano”.