José Mujica, más conocido como Pepe por todos los uruguayos, es el presidente más pobre del mundo. Dona mensualmente el 90% de su sueldo; vive en una casa de ladrillo a medio terminar, en su pequeño rancho de esfuerzo al interior de Montevideo, rodeado de juncos y con apenas una hectárea surcada. Allí lo […]

  • 21 febrero, 2013

 

José Mujica, más conocido como Pepe por todos los uruguayos, es el presidente más pobre del mundo. Dona mensualmente el 90% de su sueldo; vive en una casa de ladrillo a medio terminar, en su pequeño rancho de esfuerzo al interior de Montevideo, rodeado de juncos y con apenas una hectárea surcada. Allí lo acompaña su esposa y su tullida perra de tres patas. No usa corbata y algunas entrevistas las da bajándose del tractor, sin su dentadura puesta y con gotas de transpiración que se pierden en su barba de días.

Antes de ser Presidente, vivía de la venta de crisantemos, y antes fue tupamaro. El 72 cayó preso y estuvo 10 años en un pozo de un metro cuadrado; habló y vivió con insectos. Cuenta que le costaba distinguir cuándo las cosas habían ocurrido, las había imaginado o las había soñado. Su único desafío fue no enloquecer.

Al recuperar la libertad, quiso dos cosas: tener un campo para su negocio de flores y volver a la política pero honrando la democracia. Se incorporó al Frente Amplio, fue un diputado que se destacó por su oratoria y fue ministro durante el gobierno de Tabaré Vásquez. Nada hacía pensar que llegaría a ser Presidente. Pero llegó. Y es así como cada mañana se traslada desde su campito a la casa de gobierno, en un auto del 89, sin guardaespaldas, como si su ascetismo llevado al paroxismo fuera un salvoconducto al éxito.

El propósito ha sido, sin duda, activar un sentido menos venerado de la presidencia. En este plano, Mujica ha pretendido alterar el sentido del poder y de la riqueza, poniendo en práctica la plausibilidad de construir una sociedad más horizontal y menos encandilada con el poder oficial. Lo paradigmático es que este síntoma está en el origen mismo del estado del bienestar que la sociedad uruguaya puso en práctica en la primera parte del siglo pasado. El creador de este modelo, José Batlle y Ordóñez, esperaba que “no hubiese distancia entre el presidente y cualquier vecino”.

Así planteado, es posible preguntarse por la eventual existencia de una vía uruguaya al desarrollo. Para el mundo –y en particular para una elite cosmopolita–, el personaje Mujica es, sin duda, un referente único y atractivo. Representa un mundo que ya pasó y un reencuentro con la memoria histórica. Más que sesentero –por mucho que lo sea–, ante la liviandad global suena a pura convicción. No hace daño. En las cumbres internacionales gana adeptos citando al filósofo estoico Séneca: “no es el hombre que tiene poco, sino el que ansía más, el que es pobre”.

Al mismo tiempo, su propuesta comienza a incomodar a la sociedad uruguaya. Para muchos ya comienza a hablar demasiado. Está ad portas de tener sus propias “Mujicosas”. Es poco prudente, escasamente diplomático y no se contiene. Recientemente en la cumbre Celac-UE, dijo que por fin no estaba presente “el patrón del Norte”, aludiendo a la ausencia de Estados Unidos. Todavía no terminan de dar explicaciones.

Lo suyo es un discurso testimonial-pragmático. Ha aceptado que no puede hacer grandes transformaciones –revoluciones–, que está sujeto a la dinámica de una economía de mercado, y que, aunque pueda sumar algunas políticas sociales, lo importante es vivir en consonancia con los principios. Pero esta propuesta de desarrollo país comienza a anularse. Por un lado, apuesta a seguir avanzando en el marco económico sin realizar cambios importantes, pero innovando menos y, por el otro, manifestando su permanente duda ante el crecimiento e invitando a vivir en el marco de las convicciones.

Esta situación inevitablemente debe generar cierta frustración, pues no produce sentido de futuro: la calidad de vida se restringe a los principios y la vida misma pareciera estar en otra parte. No en vano, Uruguay es una sociedad en la cual las tasas demográficas están estancadas y es un tópico nacional la fuga diaria de talentos. El país, en todo caso, crece a tasas que no obnubilan pero no son despreciables. Es el menos corrupto y el más seguro de Latinoamérica. Y el más feliz.
Por cierto, hay un trasfondo de la sociedad uruguaya que supera a Mujica; pero por otro lado, no es menor que el propio Mujica haya sido capaz de instalar un discurso bastante radical, y que suene positivo. Es distintivo de su gobierno el propósito de seguir avanzando sobre la búsqueda de consensos, y haber impedido la polarización de la sociedad uruguaya.

Lo cierto es que Uruguay sigue luchando por ser un país-puente, un país que le tocó vivir como una columna entre dos cristales (Brasil-Argentina). Es verdad que a la economía del país le falta dinamismo, pero también es cierto que su propia figura puede servir para la construcción de marca, lo que puede ser un gran atractivo en el mediano plazo. Si su país es más que Mujica, quizás los uruguayos nos salgan con otro maracanazo, pero esta vez en la cancha del desarrollo. Quizás. •••