El más longevo y prolífero de los Beatles recorre por estos días Sudamérica, pero hirió de muerte a sus fans locales al decidir no volar a Santiago. Con publicaciones frecuentes y una vida musical activa, Paul ostenta su catálogo histórico con una comodidad apabullante. ¿Responde su leyenda a su talento individual? Por Marisol Garcia

 

  • 2 noviembre, 2010

 

El más longevo y prolífero de los Beatles recorre por estos días Sudamérica, pero hirió de muerte a sus fans locales al decidir no volar a Santiago. Con publicaciones frecuentes y una vida musical activa, Paul ostenta su catálogo histórico con una comodidad apabullante. ¿Responde su leyenda a su talento individual? Por Marisol García

 

 

De los muchos debates en la órbita Beatle (“¿Sgt. Pepper’s o Revolver?”; “¿quién fue el quinto integrante?”; “¿tiene Yoko la culpa de todo?”) acaso el fundamental sea “¿Paul o John?”. Tan clave ha sido esta disyuntiva, que hasta los propios involucrados creyeron necesario alguna vez exponer argumentos a favor de sí mismos. Lennon lo hizo en canciones rencorosas, como How do you sleep? (en la que canta “todo lo que hiciste fue Yesterday”), de las que más tarde diría que fueron fruto de “una rivalidad creativa […], un resentimiento como de hermanos que viene desde nuestra juventud”. Luego de su muerte, Yoko Ono, su imbatible representante, se ha ocupado en que documentos como el filme Imagine o libros con sus dibujos dejen en claro no sólo la superioridad artística de su marido por sobre cualquier otro Beatle, sino también su versatilidad y profundo humanismo.

Paul, tradicionalmente más tranquilo, esperó hasta tener una autobiografía —aunque Hace muchos años (1997) aparece firmada por Barry Miles, corresponde, más bien, a un texto escrito a cuatro manos— para separar aguas. Aclaró allí lo de su interés adelantado por la psicodelia, por la integración de rock y plástica y por la experimentación con cintas. Recordó a escritores, pintores y técnicos de avanzada a los que conoció mucho antes que John. Sin explicitarlo, orientó el grueso de sus recuerdos del swingin’ London a perfilarse a sí mismo como a un joven intelectual avispado en el lugar y el momento precisos.

McCartney recorre por estos días Sudamérica y ha herido de muerte a sus fans en Chile al decidir no volar de Buenos Aires a Santiago (estará el 10 y 11 de noviembre en el estadio de River Plate). Ostenta su catálogo con una comodidad apabullante. ¿Es pertinente esa autoconfianza? ¿Responde su historia a su talento individual? ¿Tendremos pronto al otro lado de los Andes efectivamente al mejor de los Beatles? Son momentos tan gratuitos como cualquiera para hacerse estas preguntas, pero los admiradores de Macca nos sentimos siempre con la misión de defender sus capacidades frente al prisma distorsionador que la leyenda póstuma le ha regalado a Lennon. En los años que a John le tomó convertirse en símbolo cultural inmaculado, Paul debió ocuparse en las labores pedestres de los vivos, incluyendo torpezas (su matrimonio con Heather Mills, por ejemplo) y discos decepcionantes. Siempre se sale perdiendo cuando se compite contra un mito.

El talento inconmesurable de Paul McCartney como artesano melódico obliga, sin embargo, a aclarar cuantas veces sea necesario la validez de su música incluso por fuera de los Beatles. No sólo firmó junto a The Wings algunos de los mejores discos de los años setenta, sino que lanzamientos solistas recientes, como Chaos and creation in the backyard (2005) están entre las ediciones pop más valiosas de la última década. Paul es ejemplo de un tipo de creatividad para la cual las facilidades no son obstáculo, sino aliciente. Su vida cómoda, su riqueza y su figuración pública nunca han entorpecido su autoexigencia. En tal sentido, no hay parangón para compararlo. La música burguesa de Sting, Phil Collins o Elton John se ha vuelto, con el tiempo, la caricatura de todo lo que es predecible y tibio en el pop. No podemos hablar del McCartney solista como de un experimentador (como sí lo fue uno de sus ídolos, Brian Wilson), pero su discografía post Beatles lo acerca mucho más a viejos y vivos rockeros insolentes, como Paul Weller o Elvis Costello, que al panteón de próceres fosilizados con que el gran público tiende a asociarlo. Ver cualquiera de sus entrevistas recientes es volver a toparse con un melómano vivaz y curioso, que ocupa a diario el piano de su casa y busca músicos y productores jóvenes con los que asociarse.

Quien busque en Google la frase “Paul es el mejor Beatle” sabrá que no está solo en su voto de minoría. Hay sitios, grupos de Facebook y sesudos ensayos para defender el punto. Pero acaso el mejor modo de reconocer a McCartney sea ponerlo en una pista paralela a la de Lennon, asumiendo el sinsentido de enfrentar a dos estilos tan magníficos como diferentes; tan productivos como identitarios. La frase con que el cronista español Juan Vitoria lo define en el libro Los 100 mejores discos del rock siempre nos ha parecido de una insuperable lucidez: quien le pone peros a McCartney no ama el pop, quien cuestiona su validez como compositor no conoce los milagros que la sencillez puede hacer en el rock, quien odia su simpleza no cree en la inocencia de la música juvenil. El problema no está en Paul, sino en sus rígidos evaluadores.

 
Lo mejor sin John
Wings – Band on the run (1973).
El mejor y más popular de los álbumes de la única banda de Paul fuera de los Beatles se escucha hasta hoy como una apuesta fresca por un pop melódico, en el que McCartney sabe ceder espacios a sus compañeros (incluso si son tan limitados musicalmente como su esposa Linda) y contribuir a la impresión de estar escuchando a un colectivo afiatado, sin protagonismos. Band on the run, Jet y Let me roll it son canciones que hasta hoy suenan grandiosas en vivo, y que confirmaron la versatilidad de Paul en una banda que se impuso la simplicidad como una virtud.
McCartney (1970). Cuando Macca se convenció de que ya no habría una reunión de los Beatles, pudo levantar al fin un disco propio sólido y con identidad autoral. Es cierto que estas primeras publicaciones se merecieron las burlas por un posible exceso de suavidad y de romanticismo, pero era la faceta que el músico hacía rato quería sacarse de encima, sin presiones de su fanaticada rockera. Como sea, incluso cuando le canta al amor Paul puede sostener un himno rockero, como Maybe I’m amazed. Flowers in the dirt (1989).
Un disco de finísimo pop, trabajado en parte junto a Elvis Costello (y con producción de George Martin). Paul vuelve aquí a sentirse cómodo en el trabajo de dupla, y suena enérgico y convencido cuando se anima sobre canciones que aplican humor a casi todo lo relativo a la pareja, incluso el abandono (como en la estupenda My brave face). La gira continuación afirmó a Paul en el gran formato de estadio que hasta hoy no ha querido abandonar por completo.
Chaos and creation in the backyard (2005).
Una preciosura de principio a fin, que dejó a público y crítica asombrados por la longevidad de su talento. Más de cuatro décadas después de su debut junto a los Beatles, McCartney articulaba algunas de las mejores melodías de su carrera. Un disco elegante, trabajado con calma (junto al productor de Radiohead, nada más) y que no podía dejar de tararearse.