El fundador de Greenpeace no tiene problemas en afirmar que se equivocó cuando en los 70, junto a sus ex amigos ecologistas puso a las armas atómicas en el mismo saco que la energía nuclear. Nunca imaginó que años más tarde se convertiría en uno de sus mayores defensores, desatando la ira de sus pares. 

  • 2 abril, 2008

 

El fundador de Greenpeace no tiene problemas en afirmar que se equivocó cuando en los 70, junto a sus ex amigos ecologistas puso a las armas atómicas en el mismo saco que la energía nuclear. Nunca imaginó que años más tarde se convertiría en uno de sus mayores defensores, desatando la ira de sus pares. Por Paula Vargas; fotos, Verónica Ortíz.

A estas alturas dice que poco le importa lo que digan de él, que los ataques lo tienen sin cuidado. Y eso que cuando habla de ataques no alude a simples reproches, sino que se refiere a fulminantes andanadas de ex amigos y camaradas de antiguas batallas ambientales, quienes lo han tildado públicamente de traidor, desertor, vendido, y hasta de Eco Judas. Así de duros.

Es que su salida de Greenpeace, la organización que fundó a comienzos de los años 70, no fue fácil ¡Cómo no! si Patrick Moore (61 y PhD en Ecología de la Universidad de British Columbia, Canadá) pasó de ser el defensor por antonomasia de las ballenas y el “rostro” del primer movimiento contra las pruebas atómicas en el mundo, a transformarse en uno de los mayores promotores de la energía nuclear.

¿Qué sucedió en el camino? Simple, reivindicó un derecho humano esencial: el derecho a cambiar de opinión.

Hace pocos días este ecologista –como se define– visitó Chile y explicó desde el plano humano y lógico el proceso que lo llevó a cambiar abruptamente su filosofía de vida. Se refirió a sus dudas y también confesó el pesar que lo embarga por los afectos que ha perdido al abrazar la causa que hoy considera justa para el bienestar de quienes habitan el planeta. Moore ha tenido que endurecer la piel. Como a cualquiera, no le gusta que le digan que se dio vuelta la chaqueta, que es un desleal, un traidor. Pero está dispuesto a tolerarlo, porque, militante como es en esencia, está convencido de que hoy está en lo correcto. En su charla con Capital, no tuvo tapujos en señalar que, tras una lucha interna, finalmente pudo más la razón que el sentimiento, y que más allá de lo que hoy puedan disparar dirigentes ambientalistas en su contra, está convencido de que la protección del medio ambiente no va de la mano de levantar campañas “anti” todo, sino con la generación de soluciones realistas para hacer sustentables las actividades humanas; dentro de las cuales están, por cierto, las productivas.

Fue en esta búsqueda más científica que se persuadió de que la energía nuclear es “la” alternativa para producir electricidad en forma limpia, segura y fiable. Desde ese momento no sólo decidió pregonar sus beneficios al mundo, asistiendo a cuanta charla o discusión existiera sobre el tema;razón por la que también fue invitado a Chile por el Instituto Libertad y Desarrollo, sino que más tarde creó una consultora medioambiental denominada Greenspirit, la que se convirtió en su nueva plataforma de lucha.

En esta entrevista, con paciencia y entereza envidiables –aun después de más de 20 horas de viaje y un sinfín de reuniones– evangelizó a favor de su nueva causa.

 

El “alcachofazo”

-Tras quince años en Greenpeace ¿por qué decide separarse de la agrupación que vio nacer?

 

-Puede sonar curioso, pero la decisión la tomé el año 85, precisamente cuando los franceses bombardearon el Rainbow Warrior (la embarcación desde donde realizaban sus manifestaciones). Yo estaba en el barco y fue en ese momento cuando me di cuenta de que lo único que había hecho luego de salir de la universidad era estar en esto… reclamando. Ahí nació mi inquietud de moverme hacia otra cosa, hacia la búsqueda de soluciones y no quedarme sólo en la oposición a lo que me parecía mal.

 

En ese momento, miré a los otros directores del grupo y me di cuenta de que era el único que tenía educación científica y que los otros eran más bien políticos que estaban haciendo una carrera de activismo ambiental, pero sin ningún conocimiento científico.

 

-En resumen, se perdió la magia.

 

-Por supuesto, Greenpeace se había transformado en una organización con una gran burocracia, muy diferente a cuando partió, cuando éramos un grupo de revolucionarios buscando cambiar el mundo. Eso ya no estaba.

 

-En esa ruptura, ¿alguien más lo siguió?

 

-La gente siempre entra y sale de Greenpeace. De hecho yo fui uno de los que más duraron, pero nadie más se fue para formar una plataforma encargada de buscar soluciones a la sustentabilidad ambiental como lo hice yo. Mi idea era crear soluciones basadas en la ciencia y en la lógica, más que en el miedo y la falta de información, como lo era, por ejemplo, el temor a la energía nuclear. La pregunta que me hice y aún hago es: ¿por qué tener miedo, si hoy en países como Canadá hay 14 plantas nucleares y en Estados Unidos 104 y nunca nadie ha sido dañado con un problema nuclear?.

 

-Pero esa vuelta de carnero trajo consigo una lluvia de críticas. ¿Cómo recibió y recibe las duras acusaciones que hacen hoy sus ex compañeros de causa?

 

-Por no estar de acuerdo con algunos puntos me terminaron llamando o diciendo traidor y otros adjetivos, pero eso no son argumentos, son sólo insultos, y los tomo de esa forma. Son cosas que a mí no me interesa responder; a mí, que me vengan con argumentos. La ecología para mí es entender de dónde vienen las cosas y tenemos que aprender a entender esas cosas para que se puedan reducir los efectos negativos del medio ambiente.

 

-¿Qué tanto influyó en su cambio de giro y en la decisión de sus pares su vinculación con el negocio forestal?

 

-Efectivamente, mi padre y mi abuelo eran líderes en la industria forestal, pero me apoyaban en todo cuando estaba en Greenpeace. Cuando dejé la organización, ésta no estaba en contra de la industria forestal.Ese no era un tema. Fue mucho después, cuando fui llamado a unirme a un grupo de gerentes y empresarios para ayudarlos a combatir los problemas ambientales de la industria forestal; ahí, muchos de mis compañeros de Greenpeace pensaron que ese hecho significaba una traición.

 

-¿O sea que lo que los movió en su contra fue el hecho de que defendiera intereses
económicos?

-Claro, pero yo les digo: Perdón, pero esta es la industria donde yo crecí; además es una industria renovable, a diferencia de otras, y yo puedo ayudar porque mi background y experiencia me permiten responder a lo que ellos me están pidiendo para mejorar las condiciones ambientales de la industria.

 

-¿Fue una decisión muy difícil?

 

-Definitivamente, porque además, junto a mi esposa, perdimos muchos amigos. Muchos de los cuales hoy son abogados, escritores, doctores. Pero, por otro lado, políticamente fue muy fácil la decisión porque sabía que era lo correcto. Entonces me nombraron presidente de Forestal Sustentable y juntamos un grupo importante de personas con las cuales llegamos a generar cambios revolucionarios para evitar que la industria forestal produjera efectos nocivos al medio ambiente.

 

-¿Qué piensa de esa gente que le dio la espalda?

 

-Yo sólo digo que se trata de gente que vive en casas de madera y que usa papel, pero que pretende que no se corte ningún árbol… no los entiendo. Siento que el mayor problema de algunos grupos ambientalistas actuales es que no se preocupan para nada del ser humano. Por ejemplo, en el caso de los proyectos hidroeléctricos. ¿Para qué creen ellos que es la energía que se va a producir y a la que tanto se oponen?… ¡Es para nuestras casas, para las industrias, para las personas!

 

Entonces, lo que creo es que la razón para evitar la construcción de centrales hidroeléctricas no es salvar el medio ambiente; en realidad, la verdadera motivación que tienen es que quieren que estos lugares se mantengan igual para que unas pocas personas ricas vayan y los contemplen.

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-A su juicio, ¿eso es lo que pasa en Chile con la oposición a la construcción de hidroeléctricas en Aysén por parte de grupos ambientalistas?

 

-Por supuesto, porque de lo contrario no tiene ningún sentido. Y es que, a diferencia de lo que ellos piensan, el hecho de que se construyan estas centrales podría atraer incluso más turismo, porque existirían más infraestructura y mejores accesos que permitirían mayores desplazamientos hacia esta zona.

 

-Pero más allá de eso también hay un fuerte cuestionamiento a qué tan compatible son estas centrales con el medio ambiente, teniendo en cuenta la gran cantidad de superficie inundable y el posible efecto en la generación de microclimas.

 

-Eso es lo que han hecho creer ellos (los ambientalistas), pero eso es ridículo. Se trata de áreas muy pequeñas, que no van a generar ningún efecto. De hecho, en British Columbia, el Estado de donde vengo, el 95% de la energía proviene de hidroelectricidad y eso no ha cambiado el clima. Lo que puede cambiar el clima es si tú cortas todos los árboles, pero incluso ahí volverían a crecer. Esos proyectos tienen que hacerse.

 

-En Chile se ha iniciado el debate acerca de la necesidad de instalar plantas de energía nuclear. A estas alturas, ¿qué posibilidades tenemos de generar energía nuclear si ni siquiera tenemos una masa crítica adecuada para su manejo?

 

-Es simple, de hecho Argentina lo está haciendo, Brasil y México, también. Es cosa de llamar por teléfono y contactar a Westinghouse o a General Electric: traerán su experiencia y asegurarán que la tecnología llegue.

 

-¿O sea que para usted la principal piedra de tope son las decisiones políticas y los intereses económicos?

 

-Como en todas partes. Pero vemos que cada vez más ganan los pronucleares esta carrera.

 

En los años 70 Moore abrazó la causa de las ballenas, campaña que catapultó a Greenpeace como la organización ambiental más poderosa del planeta. A la derecha, los “guerreros del arcoiris” listos para la batalla. Arriba con leñera roja y negra, el fundador de esta organización.

 

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-En países como Chile, ¿la energía nuclear y la hidroelectricidad son las únicas alternativas para la generación de energía en forma sustentable y a gran escala?

 

-No, Chile debiera también trabajar en otras alternativas, como las plantas termosolares. Debieran unirse a la investigación internacional en estos temas, porque ustedes tienen el desierto pero aún no tienen una tecnología desarrollada para decir: sigamos adelante con esta investigación, siempre fijándose en que no sea tan cara y que cuando haya nubes no se caiga la energía. De la desolación a la salvación

 

-¿En qué momento ve en la energía nuclear “la” alternativa para evitar el calentamiento global, en consecuencia que años atrás rechazaba su uso?

 

-Cuando descubrí los beneficios y el desarrollo que había tenido en otros campos, me convencí de que podemos hacer electricidad con reactores nucleares porque éstos no producen contaminación ambiental y los desechos pueden almacenarse en forma segura.

 

-¿No hace un mea culpa, ya que el rechazo que hoy genera la producción de energía nuclear en parte se debe a la gran oposición que tuvo esta tecnología hace más de 30 años y que usted encabezó?

 

-Efectivamente, tengo claro que nos equivocamos cuando pusimos a la energía nuclear en la misma categoría con las armas nucleares… La razón de que la energía nuclear sea controversial es por Hiroshima, y reconozco que, a pesar de que tenía educación científica, no hice la distinción. Las emociones en un principio fueron más fuertes que la razón y diría que, hasta hace poco más de 10 años, todavía no era capaz de pasar por encima del temor nuclear cuando me hablaban de esta energía.

 

-¿Qué cambió?

 

-Me di cuenta de que la energía nuclear no nos estaba dañando. Nunca ha existido un accidente en los reactores nucleares de occidente que haya dañado a alguien o algo.

 

-Sin embargo, hasta el día de hoy existe ese temor…

 

-Así es, y sólo ahora me he dado cuenta de que si no hubiera sido por el movimiento ambientalista antiarmas nucleares, no habría hoy tantas plantas de energía a carbón en el mundo. Habría más plantas nucleares y menos gases de efecto invernadero, de manera que fue precisamente el movimiento ambientalista el que no ha hecho posible disminuir la contaminación producto de los combustibles fósiles.

 

Otra de las campañas que encabezó Moore fue la protección de las focas
A bordo del Rainbow Warrior, Patrick Moore y Bob Hunter lograron la atención de la prensa mundial en cada una de sus expediciones de protesta

 

Ambientalismo popular

 

-¿En qué ha cambiado la discusión ambiental desde que partió con Greenpeace hasta ahora?

 

-Primero, ha crecido muchísimo el movimiento ambiental y los medios han conectado bien con estos activistas, porque tienen mejor llegada. En tanto que a los científicos, ingenieros e industriales nos cuesta más comunicarnos con los medios. La otra cosa que ha ocurrido es que el público se ha dado cuenta y ha tomado conciencia de los problemas ambientales en forma importante. Pero hay que tener cuidado porque hoy existe lo que llamo ambientalismo popular: grandes temas se simplifican tanto para que lo entienda el público que dejan de lado lo sustancial y lo realmente importante.

 

-¿Puedo entender que Greenpeace está dentro de ese grupo?

 

-Greenpeace y sus amigos se oponen a las cosas más insólitas y yo lo resumo como que llevan adelante una política antihumana y poco tolerante. Basta ver lo que sucede con su posición frente a los organismos modificados genéticamente, los que pueden resolver problemas como la ceguera en los niños por falta de vitaminas. Pero ellos piensan que por alguna razón estos niños debieran quedarse ciegos. Así de ciegos están.

Sus años como guerrero del arcoiris

 

Cuando Patrick Moore creó junto a Bob Hunter la que actualmente es reconocida como la mayor organización ambientalista del mundo, Greenpeace, todo el ímpetu de su juventud lo canalizó en la férrea defensa a un sinnúmero de causas. La que más lo marcó, sin duda, fue la lucha contra la caza de las ballenas. Moore rebobina la cinta y dice que en esa campaña hubo mucha mística y que hoy la recuerda como la que mayores satisfacciones le ha entregado.

-¿Cómo llega a involucrarse con el mundo ambientalista?
-Vengo de los bosques de British Columbia, de un lugar parecido a la Patagonia. Viví en la naturaleza toda mi juventud y estoy acostumbrado a ello. Por esa afinidad, luego entré a la universidad, donde descubrí la ciencia de la ecología y ya cuando estaba haciendo mi PhD en ecología, palabra que ni siquiera se conocía en ese tiempo, en plena guerra de Vietnam, empezaron todos estos movimientos ambientalistas.

-¿Cómo se une al grupo?
-Descubrí que había un grupo pequeño de personas que se empezó a juntar en el subterráneo de una iglesia, su objetivo era evitar que se siguieran haciendo ensayos nucleares en Alaska por parte de Estados Unidos. Así fue como dejé momentáneamente mi doctorado y me uní a un grupo de 13 personas para hacer un viaje en bote a Alaska, a protestar.

-¿Qué lo motivó?
-Estábamos motivados por el miedo a la guerra nuclear. Sabíamos que la única manera de cambiar era por medio de la acción, principalmente por las cosas que se transmitieran en los medios, de manera que nos autodenominamos los guerreros del arco iris (rainbow warrior) y así denominamos al barco que teníamos para dar la impresión de guerreros que luchamos por salvar el mundo… Sentíamos que estábamos peleando la pelea correcta y, lo más importante, en forma pacífica.

-¿Cuáles fueron las causas que más lo llenaron?
-Primero salvar a las ballenas, porque esa campaña fue la que nos hizo famosos en todo el mundo. Además, las ballenas eran muy simbólicas dentro del reino animal y la manera en que les dan muerte es una de las cosas más terribles que puede haber. Teníamos que hacer algo.

-En esa época no sólo lograron captar la atención de los medios, sino que lograron reclutarmiles de adeptos alrededor del mundo ¿Cómo vivió esa época?
-Nos sentíamos ganadores, porque ganamos las mentes de las personas y forzamos a los gobiernos a cambiar sus políticas. Estábamos trabajando a todo nivel, porque mientras estaba yo en el barco liderando las campañas contra la caza de ballenas, había otro grupo en las reuniones y convenciones internacionales consiguiendo los votos para llegar a los resultados que queríamos. Fue una época muy buena.