Es una de las mujeres más ricas del país y pertenece a ese lote que siente que ese privilegio conlleva una responsabilidad que ejercer en la sociedad. Dice que todavía se siente incómoda porque puede tener lo que otros ni siquiera sueñan. Y que no puede dormirse en los laureles cuando en las calles la cosa está que arde. “Hay mucha gente que aún vive en la estratósfera, que no quiere ver”. Por Catalina Allendes E.; fotos, Verónica Ortíz

  • 6 septiembre, 2011

 

Es una de las mujeres más ricas del país y pertenece a ese lote que siente que ese privilegio conlleva una responsabilidad que ejercer en la sociedad. Dice que todavía se siente incómoda porque puede tener lo que otros ni siquiera sueñan. Y que no puede dormirse en los laureles cuando en las calles la cosa está que arde. “Hay mucha gente que aún vive en la estratósfera, que no quiere ver”. Por Catalina Allendes E.; fotos, Verónica Ortíz.

 

Eran las 6 de la mañana del jueves 25 de agosto –segundo día del reciente paro nacional– cuando Patricia recibió el llamado telefónico de su hija Magdalena: cerca de 60 personas habían entrado hacía algunas horas al colegio Eliodoro Matte Ossa, en San Bernardo, a destruir cuanta cosa encontraron a su paso. En su casa, en La Dehesa, lo primero que se le pasó por la mente fue que el ataque tenía que ver con eso. Con que es Matte. Con que el colegio lleva el nombre del padre de una de las familias más ricas de Chile, número 77 en el ranking mundial, según Forbes.

Pero por muchos millones que junte, Patricia Matte Larraín (67 años, casada, 4 hijos) está lejos de vivir aislada en una burbuja. Incluso, advierte que otros miembros del poder empresarial y político chileno sí están “en la estratósfera” y no son capaces de leer lo que por estos días se ha visto en las calles chilenas. Que el puntapié inicial es la educación, bien lo sabe. Pero que si se escarba un poco hay más que el fin del lucro, también lo tiene muy claro.

Cortó furiosa el teléfono y con esa idea atravesada en la cabeza se subió al auto y partió al colegio. La acompañaron su hija Magdalena, su nuera Bernardita –la mujer de Bernardo Larraín, el gerente general Colbún–, y una amiga suya que también colabora en el colegio. Ni medio guardaespaldas, ni medio chofer.

-¿No le dio susto salir ese día, oscuro, con todas las barricadas que mostraba la televisión esa madrugada?

-Nada de susto. Cuando uno se pone en el lugar de lo que pide la gente, no da susto. Mi marido me dijo que cómo se me ocurría, pero yo no era capaz de aguantarme tantas horas sin mirar con mis propios ojos lo que había pasado.

Apenas puso un pie en el colegio, cuenta, dejó atrás la idea de que aquí había un ataque a los Matte.

-Me di cuenta de que era hilar muy fino. Entré y vi que los propios papás habían ordenado y limpiado el colegio. Me emocioné de tal forma, que toda la rabia que alimenté desde que salí de mi casa hasta San Bernardo se desinfló… Sobre todo, cuando vi la desesperación de esa gente que temía que les dijéramos que nos íbamos a ir de ahí.

-La calidad en la educación ha sido el motor de las movilizaciones, pero también hay un descontento que va más allá de eso y que tiene que ver con que la gente se siente “estafada”, como dijo Eugenio Tironi. La ciudadanía está cansada de los abusos, como el caso La Polar…
-Como que el caso La Polar lo hubieran contratado para agravar las cosas… Es tan complejo el tema. Tengo un hijo muy metido en Icare ahora (Bernardo) y dice algo que tiene mucha razón: el sector privado se habla a sí mismo, no habla para explicar al país lo que hace.

A nosotros, en la Sociedad de Instrucción Primaria (SIP), nos pasa: mucha gente no sabe lo que hacemos y otros dicen que para nosotros es fácil porque está financiado por los Matte. Y eso es falso. Los Matte hemos donado cosas o puesto los edificios, pero la administración y el costo de operar se financian con la plata de todos los chilenos, a través de las subvenciones.

-¿Pero no cree que, además, hay una distancia muy grande entre el ciudadano común y los dueños de las empresas? Para otros, el problema está en que se ha dejado todo en manos del mercado, sin poner las debidas regulaciones.
-Aunque se pongan todas las regulaciones del mundo, cuando suceden casos como el de La Polar uno termina pensando que esto pasa por las personas. En educación hay un símil: uno puede tener una institución sin fines de lucro y está lucrando.

-Como las universidades.

-Bastaría con que en el directorio de la SIP, por ejemplo, nos pagáramos unos estupendos sueldos, pese a que en los estatutos hay prohibición expresa de hacerlo. Uno podría violar los estatutos y nadie va a venir desde la tumba a decirnos algo. Estas cosas pasan por las personas.

La gente hoy tiene mucho más conocimiento, está mucho más empoderada, tiene más información. Ve cosas a las que le gustaría acceder y no puede y otras que, seguramente, no están bien.

-¿Qué haría usted con las universidades? ¿Transparentar la situación? Hay algunas, como la UNAB, Las Américas o la Santo Tomás, que derechamente pertenecen a fondos de inversión y otras que sí lucran a través de engorrosos tinglados.
-Esa es otra ley rara. Es raro que se pueda lucrar con la educación básica y media y no en la universitaria. Por lo demás, tiene una explicación que es lo menos democrática que hay: cuando se necesitó aumentar la cobertura escolar, los legisladores del momento pensaron démosle entrada al lucro para que aparezca la oferta. Pero después miraron la educación superior y dijeron, como no es para todos, seamos más preciosistas, entonces que sean sin fines de lucro. Es una mirada de sociedad. Es la mirada que hemos tenido siempre en Chile. En Chile siempre hemos destinado más recursos estatales a la educación superior versus la educación básica y pre básica, porque siempre pensábamos que queríamos formar una elite, pero nunca pensamos que todos alguna vez soñarían con la educación superior.

-¿Qué cree que tiene que hacer el gobierno?
-Yo encontraba genial la idea de decir okey aquí van a haber tres tipos de instituciones: con fines de lucro, sin fines de lucro y estatales. Ahora eso es impensable, y lo que tiene que hacer el gobierno es que se cumpla la ley, con transparencia e información. La pena va a ser que todas las universidades hacen falta, las que son de fondos de inversión o de fundaciones. Sería lamentable que desaparecieran. Otra cosa es que se les exijan estándares de resultados e información a los padres.

El Estado, al pizarrón

-Hoy el tema que está puesto sobre la mesa es la enorme desigualdad entre ricos y pobres que sigue vigente en Chile. ¿Cómo ve usted la situación?
-Hay otros países con tremendas desigualdades, pero a nadie le importa porque han llegado a un nivel de desarrollo tal que no es tema. Cuando la gente dice miren Europa, también hay que ver que millonarios suecos, ingleses o franceses se han llevado sus capitales afuera por las tasas impositivas que tienen en sus respectivos países. Pero eso a nadie le importa, porque hay un bienestar general, en que las cosas funcionan.

-Pero ahora han acudido al llamado del estadounidense Warren Buffet, en orden a pagar más impuestos.
-Absolutamente, pero en el caso chileno hoy, no basta con subir los impuestos. Hay que meterle gestión a los programas. Y si los empresarios hoy día pueden donar gestión, bien. Hay ejemplos muy buenos de ello. No sólo meter plata, también cabeza.

Mientras el Estado no lo haga bien, los chilenos tenemos que fiscalizar qué pasa con los recursos que estamos transfiriendo, qué pasa con nuestros impuestos. A lo mejor no estamos pagando lo que debemos pagar, pero no estoy segura de eso. Nadie me lo ha podido demostrar.

Yo sé que, si tuviera más plata de la que dispongo en educación, podría hacer más cosas. Pero también he demostrado que se pueden hacer cosas buenas con lo que hay.

-Ya se ha comenzado a debatir la idea de subir impuestos a las empresas para financiar las demandas sociales. Algunos se han mostrado muy contrarios.
-Yo les diría a los empresarios que, en vez de decir que no a una reforma tributaria porque el país no va a crecer más si suben los impuestos –lo que es una mentira, por lo demás, porque va a seguir creciendo–, que estén disponibles mientras les muestren las cifras. Que el Estado rinda cuentas de cuánto gasta, cuánto necesita y por cuánto tiempo. Después de eso, hablemos de subir impuestos.

Tampoco tenemos que extremar. Hemos estado mal en eso, también. Se ha estado diciendo tripliquemos el gasto público, y mira lo que está pasando en el mundo con los estados de bienestar: están quebrados.

-¿Tiene usted algún cálculo de las ineficiencias que tanto se acusan en la gestión de la educación por parte del Estado?
-Todos lo saben, pero nadie ha hecho el cálculo. La cantidad de colegios que tienen 100 alumnos y que no se financian es altísima. Nosotros sabemos que tenemos que tener sobre mil alumnos en total y que en cada curso debe haber al menos 43 niños, para financiarnos.

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-¿Cree que hay piso en el empresariado para hacer una reforma tributaria?
-Si tú me dices que vas a hacer una reforma tributaria para disminuir la desigualdad per se, no me lo compro. Lo que yo sí me compro es que para mejorar la calidad de la educación se requiere más plata. Se puede calcular cuánta. Y si el sistema, sin ineficiencias como las escandalosas que tenemos hoy, no da, yo estaría disponible. Cualquier persona estaría disponible. Si alguien dice que educar a un niño más pobre cuesta 100 y a eso le agregas el discurso de que va a haber rendición de cuentas, nadie se va a oponer. Pero lo que tenemos hoy es un tonel sin fondos.

Otra cosa es con guitarra

-¿Por qué cree que todas estas demandas están explotando ahora con mucho más fuerza que lo que se vio durante los gobiernos de la Concertación?
-Creo que tiene que ver con lo que dijo Tironi en El Mercurio hace unas semanas. Primero, que la Concertación tenía redes, pitutos con el señor Arturo Martínez y operadores en ese mundo. Y segundo, creo que efectivamente en Chile hay algo de adentro que es desconfiar de la gente que tiene más. El presidente es como una bandera roja en eso. Un tipo muy exitoso que partió de cero y cuyo papá era un empleado público que les dio muy buena educación a sus hijos. Y el tipo salió brillante.

-¿Esa es, quizás, la raíz de su baja popularidad?
-Es que el presidente es como una bandera que está ahí, como diciendo uhhhhh (gesticula con las manos, en un gesto típico de sacapica), se puede salir adelante y el que no lo hace, es porque es leso… Por eso, creo que esa dosis de austeridad que teníamos antes era buena, también. Hay que ser súper respetuoso del otro, y parte del respeto es no estar permanentemente contando lo que uno puede hacer y lo que los otros no pueden.

Yo siempre he dicho que me siento incómoda en un país –y lo tengo bien metido adentro, creo que viene por los Matte– que no tiene las mismas cosas que puedo tener. No me podría dormir en los laureles diciendo yo ya cumplí, tengo ganas de descansar. Me siento todavía muy incómoda y entiendo la rabia de los papás que están financiando con mucho esfuerzo la educación de sus hijos, que si no les cumplen tienen razón al tener rabia.

Ahora, de todas maneras creo que los privados tienen que contar mucho más lo que están haciendo. Tienen que abrirse a la comunidad. Al sector privado le falta mucho por hacer en ese aspecto, tiene que hacerse co-responsable del desarrollo de las comunidades en que está inserto.

-Y eso implicaría, como dijo la empresaria Jeannette Schiess en Capital, meterse la mano al bolsillo…
-No es simplemente meterse la mano al bolsillo. Pasa por saber lo que realmente ocurre en el país. A mis nietos les digo que no hay nada peor que pasar por el mundo y no saber dónde uno está inserto. Pero cómo lo hago, me dicen. Yo les digo: cuando vayan por la calle, miren el mundo en el cual no viven a diario.

Lo que más me gusta de trabajar en el centro de Santiago es caminar, comprar mis cosas por acá y sentirme parte del Chile real. No podemos perder el contacto con el Chile real… y eso es lo que nos ha pasado un poco. Le ha pasado a las elites. No sólo a los empresarios, también a los políticos.

Hay mucha gente que aún vive en la estratósfera, que no quiere ver.

-¿Gente del gobierno?
-No puedo criticar. ¡Es mi gobierno!… Pero ha habido falta de convicción. Teníamos un programa muy bien hecho, estructurado en cuatro años, con un comienzo y un fin. Con prioridades. Si lo hubiésemos planteado desde el primer día, y no hubiésemos sacado pedacitos del programa, uno por aquí y otro por allá, y hubiéramos dicho mire, esto hemos negociado desde antes, creemos en ello y es lo máximo que el país puede hacer en su conjunto, hoy las cosas serían muy distintas. El presidente tiene esa personalidad… refleja un poco eso. Es como apurado.

-¿El gobierno tiene una buena cuota de responsabilidad en esta crisis, entonces?
-Diría que hemos pagado el noviciado. Me sentía mucho más cómoda cuando estaba en la oposición. Todo el mundo sabe cómo pienso políticamente, pero encontraba que tenía más influencia cuando estaba en la oposición… (Con mis ideas que tienen que ver con educación, no me interesa tener otro tipo de influencia).

Nos costó adecuarnos a ser gobierno. Creyeron –yo no, porque vivo en el mundo real–, que era más simple. Yo conocía el ministerio de Educación y desde el gobierno militar hasta ahora está la misma gente, con la misma parsimonia, con la misma lentitud. Cuando llegó Joaquín Lavín se encontró con esta cosa difícil de manejar y con tiempos que no entendieron. Pensaron que iban a poder meter la lógica privada, dentro del mundo de lo público y no han podido. Que iban a poder pagar más rápido las subvenciones, que podían disminuir trámites, pero no he visto ningún cambio. La SIP nunca había tenido tantos incumplidos con Educación como hasta ahora. Claro que en el pasado yo gritaba, chillaba, pateaba… y ahora no lo hago. Me siento impedida moralmente de ir a presionar.

Otra falla nuestra fue no haber involucrado a la Concertación, desde el primer día. Decir la firme: pucha que se demoraron en sacar las leyes que estaban acordadas. Y segundo, que son ellos los responsables de la principal traba de la educación hoy: el Estatuto Docente.

“Antes educábamos gratis a la elite, todo lo demás es mito”

-¿Cuál es su principal preocupación frente al conflicto estudiantil?
-Que este es un tema que venimos tratando desde hace demasiado tiempo. Y no se puede partir de cero… Lo que me ha vuelto loca en esta discusión es que ni el gobierno ni la oposición han querido reconocer el camino avanzado.

Hay aspectos en los cuales es razonable que los jóvenes se quejen. Logramos solucionar el gran déficit que teníamos en los ochenta, que era el tema de la cobertura, pero de ahí en adelante agarramos un paso cansino.

-No avanzamos en calidad…
-No avanzamos en calidad, y por eso el desafío que tenemos es mucho más complejo que el anterior. Tenemos alumnos heterogéneos, con capitales culturales muy diferentes, niveles socioeconómicos distintos, y eso es muy complejo.

Cuando algunos dicen tenemos que volver a rescatar la educación pública que teníamos, les digo pero ¡por favor! ¿Qué tipo de educación pública teníamos? Una educación pública de lujo para un pequeño grupo de chilenos que obviamente era la elite. Educábamos gratis a la elite. Todo lo demás es mito. Hay que partir por las cosas que son verdad. ¿La educación pública antigua era mejor? No.

-Hoy se discuten los mismos temas que supuestamente se zanjaron en el acuerdo de 2006. ¿Por qué cree que se vuelve a poner en el tapete el tema del lucro, por ejemplo?
-En las distintas negociaciones de que he sido parte, como el acuerdo de las manitos de 2006, siempre había un grupo de personas que no quedaba satisfecho. Ni del lado de mis ideas, ni del otro. Y este conflicto ha estado manejado por las personas que quedaron fuera de la mesa: el colegio de Profesores y la Confech, que se bajaron un día antes de firmar el acuerdo.

-El lucro siempre ha sido como el gran fantasma.
-¡Pero por favor, si el énfasis que tiene que poner el Estado es en los resultados! Si los colegios con fines de lucro tienen malos resultados, tienen que salir del sistema. Y el que lo hace bien, qué importa que se pueda ganar la vida en eso. El rol del Estado no es decir mire señor sostenedor, no quiero que tenga la cara pintada roja o verde. El Estado debe decir a mí lo que me importa es que usted tenga un estándar y buenos resultados.

-Pero la idea de terminar con el lucro está instalada, se aprobó la idea de legislar en la Cámara y domina la agenda…
-Estoy de acuerdo en que hay que reglamentar más el ingreso de nuevos actores privados. Pero yo haría todo lo contrario y llamaría a los buenos sostenedores para que asuman colegios malos, que firmen convenios en los que se comprometan a obtener buenos resultados. ¿Cuál es la solución que propone la Concertación? Impedir el ingreso de más privados en todo Chile mientras se compone lo público. Y todo eso, mientras los niños quedan cautivos de una mala educación.

-Es como un diálogo de sordos, dice usted.
-Eso es lo desesperante. No se está hablando de temas que tienen que ver con calidad. Se discuten otras cosas. Me abisma la liviandad del debate. El vicepresidente de la Fech, Francisco Figueroa, increpó al ex ministro de Educación, Sergio Bitar, diciéndole que cómo había creado un esperpento como el Crédito con Aval del Estado (CAE). Bitar, a mi juicio, se defendió mal. El CAE se creó porque el Consejo de Rectores de las Universidades Chilenas (Cruch) –ese extraño sindicato de universidades, mezcla de públicas y privadas–, se opuso a crear un crédito solidario. Se negaron a competir por los buenos alumnos. Pero ahora, como no es políticamente correcto decirlo, no lo dicen. El Cruch tiene esa responsabilidad.

A los jóvenes nadie les ha dado los argumentos de verdad, no de chacra

-¿Como cuáles?
-Una cosa es que todo haya ido extremadamente lento, como el aseguramiento de la calidad de la educación, pero otra cosa es que en el país ya hay consenso respecto a que quienes lo hacen mal tienen que salir del sistema. Mis amigos liberales más jóvenes –economistas que no tienen ningún contacto con la realidad educativa- me dicen qué importa, los papás se tienen que dar cuenta si un colegio es malo o no. Pero no es así. Muchos niños están entrando a pre básica y jardines infantiles que no les sirven… Ahí hay que partir por poner el foco. El lucro no tiene nada que ver con la calidad.

El deber del Estado, indelegable, es apoyar con más recursos a los más vulnerables y preocuparse de mejorar aquellos establecimientos que sistemáticamente tienen malos resultados. Hay que aumentar la fiscalización, con la Superintendencia y la Agencia de Calidad.

-¿Cuánto gasta la SIP por alumno en sus colegios?
La subvención del Estado, que es de un poco más de 40 mil pesos, considerando los nuevos recursos para niños vulnerables, más 12 mil pesos que en promedio pagan los padres y apoderados. Con eso hacemos lo que hacemos.

-Entonces se puede, dice usted.
-Se puede hacer mucho más de lo que se está haciendo. Me da rabia. Ayer vi a Claudio Orrego diciendo la verdad a medias: que con 24 mil pesos mensuales no podemos hacer nada… Primero, no son 24 mil pesos. Y segundo, aunque le dupliquen al doble los recursos, con la estructura ineficiente que él tiene, con la incapacidad de gestionar que él tiene, está impedido. Y pensar lo bueno que ha sido para gestionar otras áreas…

-¿Por el estatuto docente?
-Sí. Si por motivos políticos, en ambos lados, no se dice la firme, no vamos a llegar a nada razonable.

-En todo caso, en el programa de Piñera tampoco estaba terminar con el estatuto docente.
-No, porque no se atrevieron políticamente. Pero todos saben que hay que flexibilizarlo. Sacar un 5% de la planta docente, como se acordó, es una señal de que el sistema se va a empezar a mover. Estoy de acuerdo en que ha sido tímido; debería ser todo, pero hay que empezar de a poco.