• 25 marzo, 2011



Inspirado en The Economist, me atreví a construir un indicador que identifique aquellas regiones de Chile donde la sociedad civil puede tener un papel mucho más activo frente a determinados hechos que afecten a sus localidades.


Corría 1986 cuando Los Prisioneros lanzaron uno de sus discos más recordados: Pateando piedras. “Nadie nos quiso ayudar, de verdad”, decía el recordado tema El baile de los que sobran, que hablaba de una generación de jóvenes de estratos sociales medios y bajos que quedaron sin oportunidades de trabajar o de seguir educándose. A los que las pintaron un futuro con laureles que nunca llegó y por eso la invitación era unirse a la fiesta de los excluidos y patear las piedras, juntos en las calles polvorientas.

Un par de décadas después, las piedras ya no se patean, simplemente. Ahora se tiran. La ciudadanía ya no está dispuesta a no ser escuchada ni a caminar cabizbaja.

En los últimos años, la sociedad civil ha tomado un papel mucho más activo en los problemas que aquejan al país. La hemos visto manifestarse en casos como Hidroaysén, la central de Barrancones, el alza del gas licuado, los pingüinos en la educación, asuntos forestales, mineros, etc… De más está decir que no es sólo en Chile: vimos cómo la población se armó contra Mubarak y hoy hace lo propio con Gadaffi. Y así, en el plano empresarial, gremial, político o el que sea. Si no nos gusta algo, gritamos.

Este nuevo comportamiento de la ciudadanía no es el reflejo de problemas sociales que ahora se estén presentando, sino que es el producto del cambio que la sociedad ha vivido en los últimos años, cuando la globalización, la existencia de nuevas fuentes de información y el desarrollo de redes sociales –que disminuyen los costos de transacción de generar acuerdos entre los ciudadanos– han sido determinantes para generar estos movimientos.

La revista The Economist realizó un indicador llamado shoe-thrower´s index. Utilizando indicadores de riqueza, de población joven, datos económicos y de gobernabilidad, entre otros, buscaba predecir futuras revueltas en los países de medio oriente. Con esa fórmula como inspiración, me atreví a hacer el siguiente ejercicio: construir un indicador que identifique aquellas regiones de Chile donde la sociedad civil puede tener un papel mucho más activo frente a determinados hechos de interés que afecten a sus propias localidades.


El índice tiene un rango de entre 0 y 100, y en el mismo 100 representa el mayor riesgo de un eventual conflicto entre la sociedad civil y las empresas y/o el gobierno de la región. En su elaboración incluí ciertas variables relevantes: la escolaridad promedio, el porcentaje de la población regional en el quintil más alto, el ingreso promedio per cápita, el PIB promedio per cápita, el porcentaje de la población menor de 25 años, la tasa de desempleo y la penetración de Internet fijo por región. Como el desarrollo de este índice busca construir un indicador simple, las variables recibieron igual ponderación.

El resultado fue el siguiente y se puede ver en el gráfico anexo: entre las zonas “más riesgosas”, el primer lugar se lo lleva La Araucanía. Esto no debiera sorprender a nadie, dejando de manifiesto que el tema en esa región es mucho más que sólo los mapuches. El segundo puesto lo ocupa la región de Coquimbo. Rápidamente, se me vienen a la mente la central de Barrancones, los parques eólicos, la minería y el caudillismo del ex alcalde Pedro Velásquez. Luego, la región del Biobío pone de manifiesto la relevancia que representa para el gobierno el tema de la reconstrucción. El manejo de expectativas y el poder cumplir los plazos van a ser cruciales para no ver manifestaciones masivas en esas zonas.

Pero aquí la misión no la tiene sólo el gobierno; los empresarios también deben que asumir el desafío de conversar con la ciudadanía. No hablo de paternalismo ni de la típica responsabilidad social empresarial. Lo que se requiere es un compromiso de estos tres actores. Los problemas sociales y la realidad social debieran estar en el centro del quehacer de las empresas y de las políticas públicas.

La generación que llama a unirse al baile claramente ha cambiado. Hoy, los cuentos sobre el futuro se tienen que cumplir y la ciudadanía ha decidido sacar la voz. Esperemos que esto no se traduzca en tirar piedras.