Por Carolina Morgado, directora ejecutiva de Tompkins Conservation Chile
Foto: Verónica Ortíz

  • 18 agosto, 2019

Con la Ruta de los Parques de la Patagonia, Chile ha logrado revertir la crisis ecológica que nos golpeaba hace algunas décadas, cuando los efectos del cambio climático se evidenciaban en climas extremos y desastres naturales que experimentábamos a nivel mundial. Hoy, Patagonia brilla como un oasis de biodiversidad y endemismo: el 90% de las especies de nuestra selva patagónica ha nacido para evolucionar específicamente en estas latitudes. Con miles de guanacos en las pampas, el delicado acecho del puma, el cóndor siempre en lo alto y la sutil presencia del huemul en los bosques de Nothofagus, este territorio es hoy uno de los últimos refugios ecológicamente intactos que quedan en la Tierra.

Hace exactamente 20 años, junto a otras organizaciones firmamos un acuerdo con el Estado para la creación de un mecanismo de financiamiento permanente para el manejo y gestión de la Ruta de los Parques de la Patagonia, hoy declarada Patrimonio Mundial por Unesco. Entonces, Chile integraba el ranking de los 10 países con menor presupuesto para el manejo de sus áreas protegidas a nivel mundial, con una inversión inferior a dos dólares por hectárea. El Fondo Ruta de los Parques de la Patagonia, además de la creación de la Ley de Filantropía Ambiental, han sido claves para quintuplicar la inversión de Chile en sus parques nacionales las últimas décadas. La acción sinérgica del sector público y privado, una gobernanza integrada, además de una sociedad civil empoderada de su territorio, guardiana de su patrimonio natural, han sido ejes fundamentales para optimizar las fuentes de financiamiento y posicionar a Chile como un referente mundial en conservación. 

El mundo ha cambiado, y para mejor. La humanidad tuvo que hacer un largo camino para encontrar la paz que necesitaba con su entorno. Hoy somos parte de una sociedad atenta, consciente y vigilante de que este planeta es de todos, no solo de los humanos, sino que de todas las especies que lo habitan. El museo de la tragedia industrial de las termoeléctricas de Puchuncaví, con más de diez años funcionando, sirve de registro del dramático camino equivocado que estábamos tomando.

Nos alegra mucho constatar cómo la cultura de parques nacionales en Chile se ha activado. Cómo los parques nacionales se han consolidado como motores de economías locales. Según el último estudio “Aporte de las Áreas Protegidas” del Ministerio de Medioambiente, por cada dólar invertido en las áreas silvestres protegidas del país, retornan entre 6 a 10 dólares a las comunidades aledañas. Otro gran avance de estos últimos años ha sido el rol protagónico que han asumido las asociaciones de conservacionistas, privados coordinados en planes de manejos comunes y consensuados para restablecer corredores de fauna en los terrenos colindantes a los parques nacionales. El turismo como consecuencia de la conservación ha vigorizado este tercio de Chile.

Hoy, el 40% de nuestro territorio está bajo alguna categoría de protección, lo que nos deja ad portas de cumplir la meta del 50% del territorio protegido para 2050. Las áreas marinas protegidas también han crecido exponencialmente en los últimos años y han emergido nuevas figuras de conservación, como la de los parques espejos marino-terrestres y parques binacionales, con planes de gestión integrados y coordinados. Ya no hay duda alguna de que restaurar, no “compensar” ni “mitigar” como se escuchaba hace un par de décadas, es el único camino posible. Y que es rol de todos, no solo del Estado, para devolverle a la naturaleza el protagonismo perdido. Aún hay mucho camino que recorrer, pero debemos continuar visualizando el futuro con esperanza. Y sobre todo con acción: seguir restaurando ecosistemas y ayudándolos a que vuelvan a su plenitud para que el planeta completo retorne a su equilibrio.