• 26 diciembre, 2008

 

Si hay un regalo que pediría para nuestro querido país en esta Navidad es que intentemos profundizar en el conocimiento de la realidad y no hagamos lecturas parciales de ella.

 

Hace algunos años asistí a una comida en el extranjero. Los comensales, salvo yo, eran ejecutivos de empresas italianas en Bruselas. Me llamaron profundamente la atención dos amigas, ambas solteras, sentadas frente a mí. La primera era una mujer “estupenda” que cumplía con todos los cánones de la belleza típicamente occidental. La otra tenía la cara llena de lunares. No eran un lunar ni dos, eran cientos de lunares esparcidos por su rostro. Era muy impresionante mirarla. Choqueaba a primera vista un defecto físico tan notorio. Suscitaba compasión una situación tan dramática como aquella. Uno, lleno de prejuicios como está, de verla esperaba encontrarse con una mujer plagada de complejos y amargura interior, sobre todo, en el contexto de una sociedad que valora sobremanera el aspecto físico de las personas. Sin embargo, estaba profundamente equivocado.

A medida que pasaba el tiempo esta mujer se revelaba inteligente, llena de vida, culta, de conversación interesante y de mucha transparencia. Amaba su trabajo, al que le daba un sentido social que llenaba de contenido su vida. A la media hora, los lunares pasaron a segundo plano. La amiga, por su parte, comentó algo que me llamó mucho la atención. Recordó que en un viaje de turismo que hizo a Etiopía, uno de los países más desvalidos del mundo, vio a una mujer pobre, muy pobre, con 4 hijos detrás de ella y un jarrón de agua en la cabeza. Esa mujer, al ver a esta turista europea de lugares exóticos, la miró fijamente a los ojos y le sonrió. Ella comentaba que había sentido envidia de aquella sonrisa. Contó que hacía mucho tiempo que no sonreía, que estaba triste y que a pesar de ser muy exitosa, no le encontraba mucho sentido a la vida, que había perdido la alegría y la esperanza y que su único anhelo era ganar dinero para viajar. Allí estaban el propósito de su vida y el antídoto a su soledad.

¿Qué quiero decir al narrarles esta experiencia? Una cosa es lo que se ve y otra es lo que las cosas son. Lo que parecía pobre resultó ser grandioso y lo que se veía grandioso resultó ser muy pequeño. Creo que un signo de madurez importante en la vida es tener puestas la inteligencia, la libertad y la voluntad para descubrir la realidad; es decir, para descubrir lo que las cosas son y no lo que aparentan.

Esto hoy es especialmente relevante, dado que una de las características de este siglo es que nos conformamos con las apariencias más que con la realidad, con la superficie más que con la profundidad, con lo inmanente más que con lo trascendente. Ello nos ha hecho daño como país, porque hemos tergiversado y empobrecido la realidad que, en último término, tiene como fundamento mismo a Dios. La hemos reducido a lo que se ve.

Si hay un regalo que pediría para nuestro querido país en esta Navidad es que intentemos profundizar en el conocimiento de la realidad y no hagamos lecturas parciales de ella. Sólo así podremos pasar del conocimiento obtenido por la ciencia, es decir del fenómeno, al fundamento mismo de la realidad: de lo físico a lo metafísico, de lo material a lo espiritual, de las cosas a las personas, de la técnica a la ética. A lo largo de la historia se ha demostrado que las lecturas meramente científicas, económicas, sociológicas o sicológicas sin tener en cuenta otros ámbitos de la realidad han terminado en lecturas ideológicas de ésta que han hecho mucho daño. Solamente en la medida en que comprendamos la realidad de manera global podremos tener la lucidez suficiente para detectar lo que es realmente importante y lo que no lo es y, además, se podrán tomar las medidas necesarias para proyectarse hacia el futuro en la construcción de un mundo mejor.

Esto no es otra cosa que el deseo de verdad que habita en nosotros. Un deseo que se colma con estudio, con reflexión y, por cierto, con una vida espiritual que permita ir más allá de lo tangible y entrar en los campos trascendentes de la vida. Es interesante lo que Urs Von Balthasar, un teólogo suizo de gran talla, escribió: quien no reza no tiene nada que decirle al mundo. Y lo que planteaba Antoine de Saint Exupéry: lo esencial es invisible a los ojos. Junto con pedir para esta Navidad esta nueva mirada, también pediría a los jóvenes que están postulando a la universidad que se abran a carreras que si bien no siempre son desde el punto de vista económico las más promisorias –como literatura, arte, estética, historia, filosofía, teología–, sin lugar a dudas que constituyen una fuente de enriquecimiento personal y social insustituible a la hora de querer un país a escala humana, donde el desarrollo, más allá de lo económico, se mida en términos de expresiones culturales
en cuanto reflejo de la riqueza del alma de un país, de lo más profundo de su ser y no sólo de lo que se ve.