Más que un artículo, este un rito. Conversar con Alberto Fuguet y Héctor Soto es hablar de una cinefilia que se niega a morir; de los tiempos en que una cinta podía cambiarnos la vida y cuando entrar a una sala era un asunto parecido a un acto sagrado. Quedan advertidos. Por Christian Ramírez; fotos, Elisa Bertelsen

  • 29 julio, 2011

 

Más que un artículo, este un rito. Conversar con Alberto Fuguet y Héctor Soto es hablar de una cinefilia que se niega a morir; de los tiempos en que una cinta podía cambiarnos la vida y cuando entrar a una sala era un asunto parecido a un acto sagrado. Quedan advertidos. Por Christian Ramírez; fotos, Elisa Bertelsen

¿Se acuerdan de los días en que el cine tenía relevancia pública? ¿La tiene todavía? ¿O fue un espejismo? En un mundo donde las películas ya no son tan distintas a un juego de Playstation –de hecho, hoy vienen empaquetadas casi igual–, hablar, discutir, escribir, pelearse por ellas y sentir que importan parece casi del siglo pasado; una costumbre de la época en que tenías que juntarte físicamente con tus amigos, en una mesa, con un vaso o un plato al frente; de preferencia a la salida del cine, o a veces antes de entrar…

Esa es la sensación que me invade cada vez que vuelvo a encontrarme con Héctor Soto y Alberto Fuguet. Y ojo, que es antigua: por lo menos de principios de los 90, cuando nuestros “multicines” no tenían más de tres salas, los filmes chilenos aún tenían mal audio e ir al cine arte era poco menos que parte de un estilo de vida. Faltaba mucho para que Soto se convirtiera en columnista político y Mala onda era todavía un gordo archivador repleto de hojas de impresora, con anotaciones por todos lados. ¿Y yo? Yo no era más que un desorientado estudiante de Derecho con fecha de expiración y que cada tanto se juntaba con ellos a almorzar, opinaba descarado (convencido de que tenía la razón) y sobre todo leía y leía. A Fuguet, a Soto y a toda la literatura cinematográfica que me cayera en las manos.

¿Suena lejos? Totalmente. ¿Nostálgico? Olvídenlo: el ritual sigue tal cual, pero ahora tiene día fijo y hasta se emite por radio. Uno puede encontrarse con Soto y Fuguet al final de cada viernes, a las 20.30 en Terapia chilensis de radio Duna, hablando de cine, contándose historias, pasándose películas; en realidad, haciendo que éstas hablen entre sí. Como siempre. De hecho, basta asomarse e ir de convidado de piedra al programa para darse cuenta de que entre ellos la discusión está igual de animada que siempre. Y más, si uno mete la cuchara de contrabando.

-¿Y cómo se porta Fuguet en el programa, don Héctor? ¿Es mejor compañero que Villegas?

Fuguet me mira por encima de sus lentes. Hace como que no me escuchó. Soto se ríe y explica:

-Siempre fue complicado hacer el programa de los viernes, porque la tentación era hablar de los estrenos. Claro que eso era antes; hoy, si lo pensamos bien, ni eso dan ganas de comentar.

Y ahí es donde Fuguet tiene algo que decir:

-O sea, la conversación está abierta. Está claro que uno puede hacerse el cool y comentar el DVD que te llegó por Amazon o la película que te descargaste anteayer, pero me imagino que, hasta cierto punto, uno tiene que hacerse cargo de lo que llega a las salas.

-¿Aunque sean puros fuegos artificiales?
HS: De hecho lo conversábamos recién. Tal vez sea bueno hacer un balance entre esos dos mundos. El propio (las películas que se ven en la casa) y el público (lo que se muestra en los cines). Incluso con Harry Potter.

AF: Sobre todo con Harry Potter. Da para reflexionar que la campaña de esas películas sea callejera y hasta con carteles a lo rockstar: nos guste o no, eso es lo que pasa allá afuera. La crítica de cine solía hacerse cargo de esos eventos y pareciera que ahora les hace el quite como si fuera la plaga. HS: Bueno, es que si te pones a pensar, la difusión de las películas se ha vuelto casi un asunto de publicistas y equipos de marketing. Son ellos los que se encargan de que la película “exista”. Y con productos como Potter o Cars esa venta de imagen se hace casi sola…

El tema queda volando en el aire porque los tres crecimos dentro de otro panorama fílmico, uno que se movía a una velocidad distinta a esta “era Cuevana”, en que las películas se pueden ver al instante y donde los subtítulos de las series se fabrican un par de horas después de que salen al aire en Estados Unidos, y así uno puede disfrutarlas tranquilo al día siguiente. ¿Hay manera de luchar contra esto, en especial con nuestra famélica distribución en salas?

-¿Usted también se pasó a Cuevana, don Héctor…?
AF: No le faltes el respeto a Soto, que hace rato se pasó al digital. El autor de Missing se ríe, y con razón. Qué remedio. Hace rato que todos cruzamos la frontera. Fuguet, sobre todo: con www.cinepata.cl lleva tiempo obsesionado con la idea de que algunos realizadores tengan un lugar para dejar sus películas a disposición de quien las quiera ver. El problema ahora es si la gente tiene ganas de discutirlas; porque si no lo hace, es como si no existieran.

HS: Algo ganamos. Antes uno dependía mucho de las salas y de la televisión. Las películas llegaban con mucho retraso, a veces de casi dos años, pero al mismo tiempo circulaba mucho más material en los cines del que se asoma ahora. Pero está la duda de si lo que está tan a la mano puede aprovecharse y de si realmente vale la pena.

-Recién hablaban de lo que pasaba con Howl, esa película con James Franco sobre el joven Allen Ginsberg.
AF: En teoría, el tipo de película que debería gustarnos: una producción independiente, la biografía de un escritor, un filme contracultural, con todos los pergaminos correspondientes.

HS: Y sin embargo, es de regular a mala, con momentos espantosos, como esas animaciones de plasticina puestas a la fuerza para darle un gusto estético a sus realizadores, pero que en realidad no tienen patas ni cabeza.

AF: O sea que hasta los filmes indies te defraudan. Nadie tiene la suerte comprada. Buena onda con Howl, pero si me invitaran a verla de nuevo de verdad que prefiero sacar una entrada para Linterna verde.

-¿Y qué piensan de los viejos maestros? Parece que ahora todos están con un proyecto 3D en el bolsillo. Estuve viendo el tráiler de Hugo –la nueva de Scorsese– y no me impresionó. ¿Vieron el de la nueva de Spielberg, El caballo de guerra?

HS: Sin comentarios. (Risas).

-Denle una oportunidad. Están como yo con Woody Allen, que lo tengo totalmente cortado.
AF: ¿No viste ni Whatever Works, con Larry David? Tú que te lo veías todo. Vamos, me defraudas.

El efecto Coppola

Dicen que con el tiempo uno comienza a mirar atrás más de lo que acostumbraba, pero a veces vale la pena. Entre el montaje de Música campesina, su tercer largometraje de ficción y la idea de una posible filmación en Perú, Fuguet lleva meses de lento avance en un documental sobre La ley de la calle, de Francis Ford Coppola. ¿Por qué? Sobran razones.

HS: Es una película especial, al menos en lo que a Chile respecta. Los distruibuidores la tuvieron congelada un buen tiempo hasta que la estrenaron casi de casualidad en el viejo cine Normandie (que quedaba donde hoy está el Cine Arte Alameda). No se suponía que la fuera a ver nadie, pero los estudiantes la adoptaron. Gente como Fuguet.

-Que estudiaba periodismo en la Chile. Aún así la idea del documental es curiosa, más todavía pensando que aquí ni siquiera revisamos los clásicos del cine chileno.
AF: Ni digas. De hecho, creo que los argentinos se han interesado más por la idea del documental que la gente que he contactado acá. Estuve grabando en Tulsa, y luego viajé a hacer las entrevistas. En septiembre partiré con los testimonios nacionales y más vale que haya buenas historias, así que prepárense.

-Parece que no nos vamos a poder escapar, don Héctor.
HS: ¿Lo dudaste por un minuto?

Un libro, mucho tiempo

Debería decir que hace cinco años con Fuguet nos pusimos en campaña para compilar los mejores textos de Héctor Soto sobre cine. El libro salió en 2008 y se llamó Una vida crítica. Quinientas apretadas páginas. Nos tomó casi dos años.

AF: O veinte, dependiendo de cómo lo veamos.

Cierto. Lo estuvimos persiguiendo por años, y Soto siempre se las arregló para hacer elegantes fintas: “las críticas son puro papel amarillo”, o “no he escrito nada que tenga más de cinco carillas y que valga la pena”, y así… Con la distancia que da el tiempo, creo que le estaba haciendo el quite a la idea de leerse a sí mismo de golpe: cuarenta años acumulados de columnas. Sólo que no contaba con nuestra porfía. Ni tampoco con que volveríamos a insistir

AF: Don Héctor, ¿Ramírez le contó que nos gustaría hacer Una vida crítica 2.0?

HS: Pero, por favor, ¿hasta cuándo? ¿Me voy a tener que resignar a que salga, como pasó con el otro?

AF: Algo así… Ocurre que el libro se agotó. Se desvanecieron los mil ejemplares.

-Siempre tuve la esperanza de que algún día llegaríamos a la lista de los saldos, a mitad de precio, pero no podrá ser.
AF: ¿No le llama la atención, don Héctor? ¿No se suponía que ya nadie compraba libros de cine? La gente ya no tiene confianza en el long seller.

HS: Lo mismo pasa con las películas. Se le dedican muchas páginas a los Transformers de hoy y de pasado mañana, pero a veces las películas que se van colando por los costados son las que quedan dando vuelta y las que aparecen destacadas en libros como estos. Ahí es donde uno entiende su verdadero valor y se puede camisetear sin culpas con ellas, pero por favor no sigamos hablando de mi libro, por favor.

-No se preocupe, lo molestaremos cuando la siguiente versión esté lista (risas).

The end

Están a punto de cerrar el local donde nos vinimos a sentar. El especial de la Copa América que sonaba de fondo durante la conversación hace rato que se agotó de goles. Nos apagan las luces, así es que sólo queda pararse y salir volando.

HS: Esto me recuerda lo arbitraria que puede ser la crítica de cine, y en realidad cualquier opinión. Y bueno, ahí está la gracia. Las cosas no tienen por qué gustarte necesariamente por un asunto de belleza, de calidad o pasión. A veces te gustan porque te gustan. Y eso basta y sobra. ¿Sabes qué me dijo este bellaco al aire hace unas semanas? Estábamos hablando de Matt Damon, puede que a propósito de Hereafter, de Clint Eastwood. Fuguet va y me dice: lo mejor que Matt Damon hace en las películas es correr. Es lo que mejor le sale.

-Corre, Matt, corre.
AF: Tal cual. ¿Por qué no?