Ni obsoleto ni anacrónico a sus casi 160 años de vida, el Observatorio Astronómico del Cerro Calán sigue aportando a la investigación de vanguardia, pese al avance de la ciudad y de la tecnología. Un hito urbano que merece redescubrirse.

  • 24 mayo, 2012

Ni obsoleto ni anacrónico a sus casi 160 años de vida, el Observatorio Astronómico del Cerro Calán sigue aportando a la investigación de vanguardia, pese al avance de la ciudad y de la tecnología. Un hito urbano que merece redescubrirse. Por Claudia Urzúa; fotos, verónica ortíz.

La subida por la Calle del Observatorio es el primer indicio de que el lugar donde se emplaza en la cima del Cerro Calán, a 900 metros de altura, fue construido ahí para estar lo más cerca posible del cielo. En 1852, cuando su historia empezó, las estrellas se lucían en toda su potencia sobre el firmamento negro, sin distractores, atrayendo admiradores y visitantes de todo el mundo. Un siglo y medio después, con las luminarias artificiales de la ciudad brillando con más intensidad que todos los cuerpos celestes juntos, uno podría preguntarse por qué el Observatorio Astronómico Nacional (OAN) se quedó ahí, en el corazón de la comuna de Las Condes, y no buscó otro lugar menos contaminado por el desarrollo urbano. En el pasado, se mudó dos veces –desde su primera ubicación en el Cerro Santa Lucía– a Quinta Normal y a Lo Espejo.

La verdad es que no fue necesario seguir huyéndo de la cada vez más populosa capital. En 1966, cuando el OAN llevaba diez años en Calán y Santiago se extendía hacia todos lados, los cielos del norte se habían convertido en predilectos y la tecnología permitía separar físicamente la observación del análisis. Así, al igual que otros históricos observatorios, como los de Greenwich (cerca de Londres), París y Wilson (Los Angeles, Estados Unidos), derivó sin complejos en un espacio destinado a la educación y la divulgación, pero también –pese a su longevidad- a la ciencia de avanzada.

El OAN es una de las instituciones republicanas más antiguas del país. Fue fundado con los instrumentos y edificaciones que dejó el teniente estadounidense James Gillis, expedicionario del Observatorio Naval de Washington que se instaló en Santiago en 1847 para fijar las posiciones de las estrellas del hemisferio sur, generar un sistema de coordenadas y empezar a elaborar un catálogo para estudiarlas. La necesidad de instalar observatorios en ambos hemisferios ya había determinado la construcción de un recinto en El Cabo, Sudáfrica, en el siglo 18. Chile, un país muy joven, destacaba en el sur con brillo estelar a causa de la magnífica y estable visibilidad de su atmósfera.

Desde 1927, el edificio pertenece al departamento de Astronomía de la Universidad de Chile, también radicado en Calán, por el que circulan a diario unos 50 investigadores de nivel mundial, estudiantes de pregrado y alumnos de posgrado extranjeros. “Aquí hay una sensación de historia bastante evidente”, comenta Diego Mardones, PhD de la Universidad de Harvard que investiga las formaciones estelares, mientras admira las cúpulas centenarias que albergan a dos de los telescopios más antiguos de América latina: Hayde y Gautier. “Son un tipo de construcción que ya no se hace y que es llamativa porque, simplemente, es muy buena”, agrega, y muestra las puertas de vidrios belgas, de un centímetro de espesor, que datan de 1959 y custodian la entrada al recinto donde mora el Hayde.

En el interior, el sonido mecánico que produce la abertura de la cúpula traslada de inmediato a otro siglo. El refractor alemán, copia del modelo que inventó Galileo en 1609, apunta hacia el cielo su tubo de cinco metros coronado por el lente de 28 centímetros de diámetro. Llegó por piezas a Chile desde su fabricante en Dresden y fue ensamblado e incorporado en 1913 al OAN. “A los visitantes les gusta porque tiene cara de telescopio, porque miran por el ojo y creen en lo que están viendo”, explica Luis Eduardo González, técnico en investigación del departamento de Astronomía.

Aunque su labor principal es la observación de galaxias, a González le toca muchas veces enseñar el telescopio a las visitas. Desde 2008, el OAN es parte de la ruta del Día del Patrimonio Nacional; además, todos los meses atiende a delegaciones escolares. La secuencia inicial del documental Nostalgia de la luz (2010), de Patricio Guzmán, tiene como protagonista al Hayde, que se mueve completamente a mano excepto por un pequeño motor eléctrico que ayuda a desplazar el ojo sobre los cráteres lunares.

Más antiguo aún, el telescopio Gautier, de origen francés, ocupa su propia cúpula a unos metros de distancia. Pertenece al OAN desde 1893 y su misión fue contribuir en la primera carta completa del cielo, la Carte du Ciel. Estas máquinas son cuidadas como tesoros. “En los observatorios del mundo, lo normal es que sean manipulados por los expertos del lugar y que éstos después te traspasen los datos.  Son un reliquia que no todos pueden usar”,  comenta el doctor Mardones.

Mirar hacia atrás
En un tiempo en que la atención se la lleva el megaproyecto ALMA, con su inversión de 1.600 millones de dólares y las 50 antenas de 12 metros de diámetro que tendrá en 2013 en el norte de Chile, un lugar como el OAN parece de otro mundo. Pero en una ciencia como la astronomía, en que los nuevos conocimientos descansan sobre las coordenadas, mapas y catálogos hechos trabajosamente por los pioneros, la historia nunca va a estar de más.  

En Calán están guardadas las primeras 50 cartas del cielo austral hechas en el siglo 19, así como decenas de publicaciones antiguas replicadas en Estados Unidos y Argentina. Por décadas, el observatorio aportó en meteorología y coordenadas geográficas, incluso corrigiendo longitudes, como la que determinó Robert Fitz Roy para Valparaíso en su visita en el Beagle junto a Charles Darwin.

Entre 1950 y 1960, bajo la administración de Federico Rutllant, se concretaron la creación del Observatorio Interamericano de Cerro Tololo y la instalación del Observatorio Europeo Austral en Cerro La Silla. Ambos, en el norte del país, los que obviamente le quitaron la primacía al telescopio santiaguino.

Sin embargo, en la cima de Calán se sigue haciendo ciencia, y de la buena, de esa que es seguida atentamente por los ojos del mundo. El hallazgo de la aceleración del universo que otorgó el Premio Nobel de Física 2011 a un equipo norteamericano no hubiera sido posible sin la técnica para medir distancias que surgió de ese laboratorio, en un proyecto conjunto con Cerro Tololo y que fue liderado por José Maza y Mario Hamuy.

El énfasis está puesto en comprender de qué se trata el universo y qué significan las supernovas, las estrellas enanas, los exoplanetas y las estrellas variables, entre otros temas de investigación. Tan importante como una buena carta del cielo es la línea de tiempo que permite entender cómo se llegó al estado actual. Por eso en Calán, además de examinar al cielo, se puede mirar hacia atrás, hacia el lugar en que todo empezó, y luego proyectarse hacia un futuro que se abre inmenso como el cosmos.