Por Fernando Vega Ilustración Ignacio Schiefelbein De pasaporte al futuro a fuente inagotable de problemas. La organización del Mundial de Fútbol 2014 terminó por convertirse en un dolor de cabeza para Brasil. Nadie imaginó cuando el país fue elegido como sede de la Copa, en octubre de 2007, que el partido sería tan complicado. Protestas […]

  • 19 mayo, 2014

Por Fernando Vega
Ilustración Ignacio Schiefelbein

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De pasaporte al futuro a fuente inagotable de problemas. La organización del Mundial de Fútbol 2014 terminó por convertirse en un dolor de cabeza para Brasil. Nadie imaginó cuando el país fue elegido como sede de la Copa, en octubre de 2007, que el partido sería tan complicado. Protestas sociales, enormes gastos de recursos públicos, obras apenas terminadas y un gobierno cada vez más cuestionado. Para rematar, el mercado, duda que la sexta economía global recupere el impulso que la convirtió en una estrella de los emergentes y se acumulan las preguntas acerca de su capacidad para enfrentar los problemas.

Todo eso, en medio de las próximas elecciones presidenciales, donde la actual mandataria, Dilma Roussef, busca su reelección, mientras su popularidad baja cada día que pasa y la posibilidad de una segunda vuelta con el socialdemócrata Aécio Neves es ya casi un hecho.  En Brasil, no hay un movimiento fuerte de derecha, por lo que generalmente los comicios los diputan la izquierda y la centroizquierda. Dilma, como la llaman sus compatriotas, pertenece al primer sector.

Con el fervor futbolístico y la alegría como marcas registradas de este país de 198 millones de habitantes, todo hacía presagiar que esta Copa, la primera en suelo sudamericano desde 1978 en Argentina, sería una bendición. Pero no era llegar y abrazarse.

Familias, medios, partidos políticos y, finalmente, los movimientos sociales comenzaron desde el año pasado a protestar en contra de los enormes gastos generados por el campeonato mundial: pese a que el país optó por concesionar a privados la construcción de los estadios y demás obras de infraestructura, los costos se dispararon y no hubo forma de atajarlos. A la FIFA, dueña del Mundial, había que cumplirle, a toda costa.

A la fecha, según cifras oficiales ya van gastados 11.000 millones de dólares en Brasil 2014. La factura es más del doble de los dos últimos campeonatos y nadie sabe cuál será, en definitiva, la cifra final, pero de que será el más caro de la historia, eso ya no se atreve a cuestionarlo nadie.

La sospecha de la sobrefacturación y los negociados está más que instalada. La prensa local habla de un total final cercano a los 14.000 millones de dólares. Claro, que con todas esas obras el país logrará mejorar en parte su deficiente infraestructura.

No obstante, la gran incógnita es cuánto ganará finalmente. A Sudáfrica, que gastó 6.500 millones de dólares, la fiesta le dejó retornos por casi 600 millones de dólares y un aumento del PIB en un punto porcentual. Mucho menos de lo previsto, pero la mejoría en su imagen fue relevante. “Si bien es cierto que el Mundial va a generar una derrama económica, ésta será sólo transitoria mientras dure el evento deportivo. En cuanto a las inversiones realizadas tampoco, porque la mayor parte constituye infraestructura deportiva y vías de comunicación sólo en las ciudades sedes del evento. Después del Mundial eso va a quedar como inversión muerta. En ese sentido, el impulso económico del Mundial es sólo transitorio y no irá más allá de entre medio punto a un punto porcentual de más crecimiento en el PIB en el 2014. De hecho, tanto el Mundial como las Olimpiadas podrían distraer la atención de las autoridades en lugar de poner esfuerzos y recursos en implementar reformas de fondo que cambien la estructura económica del país”, reclama el director regional de Moody’s para Latinoamérica, Alfredo Coutiño.

SEGUNDA VUELTA
Cuando el ex Presidente Lula anunciaba con lágrimas en los ojos hace 7 años que Brasil demostraría al mundo que los países pobres sí eran capaces de organizar un buen Mundial, el pueblo salió a las calles a celebrar esa conquista. Estaban llenos de orgullo y esperanza. La economía iba como avión y el encargo de la Copa era sólo una muestra más de este nuevo poder del gigante sudamericano devenido en potencia de primera división.

Pero en 2010 hubo cambio de gobierno y Lula le entregó el mando a su correligionaria del Partido de los Trabajadores, Dilma Rousseff, una ex guerrillera dura y tecnócrata con fama de mandona y desconfiada. La Presidenta se encontró con una economía que necesitaba urgentemente un nuevo impulso para mantener su expansión, pero según los economistas en vez de eso, el mercado recibió puros desencantos.

“Brasil es un país con una tasa de inversión muy baja, un sistema impositivo complejo e ineficiente, y con un tamaño del gasto del Gobierno extremadamente alto para el nivel de ingreso per cápita que posee. Lo bueno de esto es que ésta es la situación actual, la cual podría cambiar con un nuevo Gobierno y que complete los profundos cambios que Brasil llevó a cabo en el gobierno de Fernando Henrique Cardoso. En definitiva, hacer algo similar a lo que está haciendo hoy México”, dice Martín Benítez, Portfolio Manager de LarrainVial Asset Management.

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Hoy, el gobierno de Dilma está prácticamente sitiado por la campaña “antimundial”, acusaciones de corrupción que estallan a diario en la prensa local –como las compras con sobreprecio de Petrobras– y la amenaza de una segunda vuelta, pese a que hasta hace poco, se pensaba que la gobernante arrasaría.

La Bolsa ha comenzado a subir, apostando a que el resultado será estrecho. Los operadores sostienen que Rousseff, quien llegó al gobierno respaldada por sectores del empresariado, ya no cuenta con la adhesión de los grandes grupos económicos.

Hace algunos días, el banco de inversiones Deutsche Bank envió un informe a sus clientes, donde recomendó reducir su exposición a Brasil, porque preveía el riesgo de un desmejoramiento de la economía ante un eventual segundo mandato de Dilma. “Su popularidad continuará cayendo probablemente en las encuestas, debido al ciclo desfavorable de la economía, la crisis energética y las dificultades por la Copa del Mundo”, dice el documento.

EN BUSCA DE UNA ALEGRÍA
El mercado tiene claro que las manifestaciones se multiplicarán durante el Mundial. Aglutinados en el movimiento “No va a haber Copa”, diversos sectores sociales desde anarquistas como el grupo Black Bloc hasta políticos y estudiantes están usando las redes sociales para llamar al boicot en las próximas semanas. Todos están aprovechando el sentimiento del hincha medio, que siente que los altos precios de las entradas y los estándares FIFA le han robado su sueño de asistir a un Mundial de Fútbol que se hace en su casa y con sus impuestos.

Dilma apuesta a que la percepción negativa de la población pueda ser revertida durante la Copa. Y que el mundo verá que Brasil no sólo sabe realizar una Copa Mundial, sino que además ganarla, alegría que de ocurrir podría ayudar a mejorar su evaluación. Pero no será una tarea fácil.

Los gastos para la Copa son considerados escandalosos en un país donde casi el 30% de la población sufre necesidades y el ingreso per cápita es de 10.773 dólares, según cifras de Santander Global Markets.

Hace 10 años, en todo caso, Brasil tenía la mitad del ingreso que disfruta hoy. De la mano de políticas liberales con énfasis social, el mercado hizo que una importante masa de trabajadores se incorporara al mundo de los ingresos formales, mejorando su calidad de vida. Según un estudio de la Fundación Getulio Vargas, el país logró reducir a la mitad la población viviendo en condiciones de miseria, tras casi duplicar el ingreso de ese grupo con políticas sociales y macroeconomía ordenada.

Hoy, casi la mitad de las familias brasileñas recibe algún tipo de ayuda gubernamental y en los últimos años los barrios más pobres, las favelas, han recibido por primera vez en su historia infraestructura básica.

Sin embargo, la crítica interna y externa es que el impulso se perdió. El crecimiento es cada vez más moderado y la inflación no ha podido ser controlada del todo. “Los inversionistas todavía se encuentran resentidos ante la pérdida de confianza con respecto al manejo de la política económica en el país y ante la debilidad estructural de la economía. En este sentido, es difícil poder afirmar que Brasil haya regresado a ser un mercado atractivo”, añade Coutinho.

En marzo, la agencia de calificación Standard & Poors revisó la nota de Brasil de BBB a BBB- y extendió esa rebaja a 13 instituciones financieras. El recorte confirmó la mala percepción de los mercados. Incluso, el periódico británico Financial Times dijo que la estrategia económica del país era fallida.

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En 2013, Brasil creció 2,3%, con un peso importante de la expansión de la agricultura, pero con el pobre desempeño del sector industrial, que ha sido el motor de este país, cuya base industrial es una de las más diversas de América Latina.

Para este año, los bancos de inversión brasileños estiman que la expansión será de 1,63% y no de 1,65% como se preveía a principios de año, debido al enfriamiento de la producción industrial. Sin embargo, el Gobierno sigue estimando un crecimiento del 2,2% del PIB.

El mes pasado, el Fondo Monetario Internacional también hizo una corrección a la baja (de 2,3% a 1,8% para este año) y empeoró el escenario para 2015 de 2,9% a 2,7 %. Sus proyecciones, en todo caso, suenan optimistas: la mitad de los grandes bancos de inversión que siguen la Bolsa de Sao Paulo proyectan un aumento del PIB de 1,91% para el año próximo.

Hace algunos días, otra previsión más, la de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) también redujo la proyección de crecimiento de 2,2% a 1,8%.

SIN LUZ NI AGUA
El Gobierno se ha defendido diciendo que el mayor freno a la aceleración de la economía han sido los bancos. El ministro de Finanzas, Guido Mantega, quien viene desde la época de Lula, aseguró ante los medios de comunicación hace algunas semanas que parte de la culpa es de las instituciones financieras que están restringiendo el acceso al crédito y que para enfrentarlo se dispuso que los bancos estatales ofrecieran programas con intereses más bajos y mayores plazos.

Pero según los economistas, uno de los mayores problemas de Brasil es la inflación, que ya se acerca a su máximo en 11 años, lo que hace prever que podría sobrepasar el 6,1% que estimaba el Gobierno. Para contrarrestarlo, el Ejecutivo ha echado mano a sucesivas alzas en las tasas de interés, que sin bien logran frenar el aumento en el costo de la vida, quitan dinamismo a la inversión y la creación de empleos.

La inflación ha comenzado a hacer mella en la nueva clase media. La misma que vota desde hace más de 10 años por el partido de Lula y Rousseff. Según la economista jefe de la consultora Rosenmber, Thais Marzola Zara, “el Gobierno de Dilma intentó cambiar la política económica en la dirección de menos intereses, más gasto fiscal y un cierto intervencionismo cambiario, pero la ‘nueva matriz macroeconómica’ no resultó y algunos aspectos como política fiscal austera, metas de inflación y tipo de cambio fluctuante están siendo retomados”. La profesional agrega que “el exceso de intervencionismo del Estado perjudicó a la economía y principalmente la confianza, pero el Gobierno parece haber aprendido la lección y comenzó a revisar su postura. Es un hecho que el gobierno entregó mucho menos de lo que prometió, sin embargo, comenzó a percibir algunos de sus errores e intentó corregirlos”.

Claro que a todo este menú macro hay que añadir los factores externos. Pese a sus múltiples controles, la economía brasileña es fuerte en exportaciones y estos últimos años, las crisis en Argentina y Venezuela, así como la desaceleración de la economía china, han afectado sus envíos. Estos tres países son algunos de sus principales socios comerciales. China es el número uno.

Ante este panorama, los analistas son unánimes en criticar el exceso de incentivos que en sus cuatro años de gestión ha anunciado Dilma. Desde subsidios a las tarifas eléctricas o al consumo, hasta planes gubernamentales para la renovación de aparatos eléctricos en las casas. La economía brasileña subyace mucho de planificación, descuidando proporcionar las condiciones adecuadas para que el sector privado invierta, se quejan los especialistas. “En los últimos tres años, el Gobierno de Dilma lanzó nada menos que 23 paquetes con medidas para estimular la economía y ésta entró en compás de espera, porque las reglas del juego han ido cambiando rápidamente, tanto sectorialmente como en el campo macro”, dice el economista Juan Jensen, de Tendencias Consultoría. Tanta proactividad no ha servido de mucho.

A la lista de inconvenientes, también habría que sumar la larga sequía que tiene al país enfrentado a problemas de abastecimiento de agua y electricidad. La empresa de agua potable de Sao Paulo que surte a 20 millones de personas, anunció hace algunas semanas que deberá aplicar racionamientos si los niveles de los embalses no se recuperan. Y el ministro de Aviación Civil, Moreira Franco, admitió que hay riesgo de apagón eléctrico en algunos aeropuertos.

La fuerte sequía tiene al sector eléctrico en alerta. El país genera el 73% de su energía en forma hidroeléctrica, lo que obligó al Gobierno a reforzar los contratos de compra de gas natural a Bolivia. Todos factores que podrían aumentar todavía más la factura de la Copa. Pero el país hará lo que sea por cumplir con su sueño Mundial. Aunque sea el más caro de la historia. •••