La reedición en blu ray de El sacrificio de Tarkovski, a 25 años de su estreno, por cierto mejora su imagen pero, ante todo renueva nuestro acercamiento al filme.

  • 17 noviembre, 2011

La reedición en blu ray de El sacrificio de Tarkovski, a 25 años de su estreno, por cierto mejora su imagen pero, ante todo renueva nuestro acercamiento al filme. Por Christian Ramirez

Las formas en que uno se enfrenta a los clásicos cambian tal como los tiempos. Para quienes crecieron como espectadores en los 50 y los 60, la sala pudo llegar a ser el sinónimo de una capilla con la pantalla como su altar, y quizás de ahí provenga toda esa mistificación que invoca el “cine arte”. Los que nos volvimos espectadores en los 70 y 80 fuimos harto más pragmáticos: las cintas –las grandes y las chicas, las buenas y las malas- involucraban necesariamente a la televisión y los formatos que ella soportaba (el betamax, el VHS, el disco láser).

A fines de los 90, pensamos que el canon quedaría archivado por un buen rato en los DVD, pero diez años después comenzamos a bajar imágenes de la red, convirtiendo de paso a las películas en una suerte de ente inmaterial, en un archivo que puede verse desde un computador o desde un teléfono, si es necesario. En todo ese tránsito, ¿le queda algo de sagrado a la imagen o todas, hasta las más hermosas, pueden reducirse al absurdo?

Lo pregunto porque llevo unos cuantos días mirando El sacrificio (1986), de Andrei Tarkovski en el notebook; admirando la increíble belleza de sus imágenes, su puesta en escena, su precisión. Nunca había querido verla en ningún formato casero; tal vez era producto de mi temor a que el recuerdo de haberla visto en salas cada vez que la reponían se disolviera. Como si el secreto guardado al interior del filme corriera el riesgo de trivializarse en el proceso de su conversión de análogo a digital.

Pura histeria: era obvio que las imágenes del blu ray –lanzado con motivo de los 25 años del filme– serían mejores que la vieja copia que el cine Normandie proyectó durante 20 años hasta que se destiñó y se hizo pedazos; pero lo realmente interesante es que esta versión de El sacrificio no sólo gana en niveles de detalle y color (en la era HD, eso uno lo da por descontado).

El verdadero descubrimiento es su intensidad, la increíble concentración con que el equipo de realizadores narra la fábula de Alexander, un profesor universitario sueco que, ante la inminencia de una catástrofe nuclear, ofrece lo que él más atesora –su ego, encarnado en una hermosa casa frente al mar- para preservar la vida y la continuidad de lo que le rodea (familia, amigos, tradición cultural).

Como siempre en Tarkovski, las lecturas se disparan hacia muchas partes. A principios de los 90, cuando el filme se estrenó en Chile, primaba la interpretación católica: la idea de que Alexander (encarnado por el actor Erland Josephson) se entregaba por la salvación de los otros en un acto de caridad cristiana: renunciar al mundo para salvar el mundo.

La idea continúa siendo válida, pero en la misma medida hoy uno puede decir que El sacrificio puede ser visto como la pesadilla culminante de los años de la guerra fría. O también como el último filme de un artista soviético en el exilio que, enfermo de cáncer terminal, anhelaba para sí una libertad muy distinta a la que su país generaría tras el desmoronamiento de la cortina de hierro.

El sacrificio fue una suerte de testamento de Tarkovski, un intento por rescatar la tradición en un mundo en caos.

Atrincherado con su equipo en Gotland, un islote sueco cercano a la isla Fårö (donde solía rodar su adorado Bergman), el director de Andrei Rublev imaginó además a El sacrificio como una suerte de testamento, de misión al rescate de una tradición en peligro de desaparecer en medio del caos. ¿Cuál es el mundo que se retira? La Europa del alambicado mapa que le regalan a Alexander en el día de su cumpleaños, cuando toda su aventura está a punto de comenzar. La que nació de las cenizas de la Edad Media, floreció con Leonardo, conquistó América y tocó techo estético con la obra de Bach (cuya Pasión según San Mateo figura, prominente, en distintos momentos del filme).

¿Qué queda en su lugar? La devastación, tierra baldía en la imaginación de un director que no alcanzó a ver su profecía convertida en otras cosas, muy distintas a su visión apocalíptica original: la McEuropa, un continente de nuevos emigrantes, donde la tradición cultural en peligro se recicló vía turismo y mediatización.

Bajo esa nueva óptica, la película podría haberse convertido en un frío y estatuario monumento, una reliquia de los 80 no muy distinta a tanto filme europeo de la posguerra, de esos que hoy requieren todo un juego de coordenadas para poder desentrañar sus claves. Y ahí es donde acude en nuestra ayuda la reedición.

Restaurada digitalmente, la película luce tan bella y misteriosa como los violáceos tonos contenidos en La adoración de los magos, el inacabado óleo de Leonardo que aparece en los créditos del filme y que cuelga en uno de los pasillos del chalet de Alexander; obra con la que El sacrificio tiene la osadía de compararse y de sentirse continuadora, consciente de que los lazos que la unen a ella y al resto de la tradición que la contiene son los que va tejiendo paso a paso, formato a formato, la memoria y los ojos de cada espectador.