Francisco Vidal se convirtió en el cuarto ministro de Bachelet en ser interpelado por la Cámara de Diputados. Pobre copia de la efectiva herramienta de fiscalización que ostentan países con regímenes parlamentarios, la interpelación diseñada en el marco de la última reforma a la Constitución es un débil intento por equilibrar el poder presidencial. […]

  • 11 abril, 2008

 

Francisco Vidal se convirtió en el cuarto ministro de Bachelet en ser interpelado por la Cámara de Diputados. Pobre copia de la efectiva herramienta de fiscalización que ostentan países con regímenes parlamentarios, la interpelación diseñada en el marco de la última reforma a la Constitución es un débil intento por equilibrar el poder presidencial.

 

En esta versión local no hay posibilidad de censura y el diálogo está sometido a un restrictivo esquema preestablecido. Si a ello sumamos la baja performance mostrada a la fecha por los diputados interpeladores y la excesiva señal de respaldo que gobierno y Concertación otorgan a los ministros interpelados, entonces el ejercicio desemboca más bien en un circo.

 

Tras la interpelación a Vidal, varios diputados sugirieron cambios al sistema. Nada raro, dirá usted, esto de reformar una norma recién creada. Pero lo más probable es que esas eventuales modificaciones tampoco den a la interpelación un estatus más relevante. Porque estos “toques” de parlamentarismo pegados con chicle sirven de poco en un sistema presidencialista como el chileno.

 

Lo mismo ocurre con otras ideas sacadas del parlamentarismo, como la propuesta de la derecha de crear un gabinete en las sombras, la cual acaparó buena parte de la discusión política por estas mismas fechas del año pasado y que ahora ya nadie recuerda. Ese mismo año, un grupo de diputados votó por revisar el modelo político y caminar hacia un semi parlamentarismo. ¿Resultado a la fecha? Ninguno.