Las paradojas y contradicciones me atraen. Diría que me seducen más que los razonamientos lógicos, siempre predecibles. Su etimología se remonta a la palabra latina paradoxa, que significa: “lo contrario a la opinión común”. Son formas de articular ideas, de tratar el lenguaje. Reconozco que estas disposiciones me son familiares. En el nudo de mi vida están alojadas. Ayudan a pensar. Entregan la sensación de que la lógica lineal es el aspecto esencial de la realidad, y por lo mismo, el más básico y lento.

Durante estos días leí un conjunto de ensayos del poeta metafísico John Donne, en los que dilucida cuestiones que parecen extravagantes. Los títulos son elocuentes: “Que los hombres viejos son más insensatos que los jóvenes”, “Que la naturaleza es nuestra peor guía”, “Que la desunión hace la fuerza”, “Que solo los cobardes se atreven a morir”. Donne –un lujurioso cura inglés del siglo XVII– esclarece estos temas con ingenio, el cual se ve reflejado en su uso barroco del lenguaje. Su estilo es refinado y oscuro. Fue él quien escribió estos célebres versos que hoy vuelven a cobrar sentido ante la peste: “Ninguna persona es una isla; / la muerte de cualquiera me afecta, / porque me encuentro unido a toda la humanidad; / por eso, nunca preguntes / por quién doblan las campanas; doblan por ti”.

Traigo el tema de las paradojas en vista de que estamos sometidos a una emergencia que modifica las rutinas y nos envuelve en situaciones extrañas e inesperadas. Al menos es curioso advertir que el amor en estos días implica distancia y separación de los seres queridos. El cariño, que se expresa físicamente, cambió de régimen. Está reducido a la casa. Padres e hijos que no se pueden visitar por que se quieren. Parejas separadas por asuntos ajenos a su voluntad, que anhelan tocarse, tener sexo. Se desean, pero no pueden juntarse por cuidado mutuo. El contagio es una realidad que nos obliga a asumir la represión en el plano positivo, sobre todo, si consideramos a los otros. ¿Qué pasará cuando se acaben estas distancias obligatorias? ¿Cómo reaccionaremos ante los afectos postergados? Nadie sabe, pero el asunto encierra, al menos, una singularidad que desconocíamos. Es fácil percatarse de lo necesario que se ha vuelto el arte y la literatura en medio de la cuarentena. Sin embargo, los artistas están sin trabajo. Esa es una triste anomalía. Pasar las horas muertas leyendo, viendo una película o siguiendo una serie se ha vuelto normal. No obstante, los actores están sin trabajo, los músicos no pueden hacer recitales y decenas de instituciones han abierto sus archivos perjudicando a librerías. Para qué pagar por cultura si la ofrecen gratis, es beneficencia en tiempos de crisis. Imposible un peor escenario para los que se dedican a vivir de sus colaboraciones. Gente sin contrato que está sola y consciente de que viene la pobreza. Los lugares donde exponer están cerrados, al igual que los teatros y cines. El horizonte de muchos artistas es nublado, están a la intemperie mientras sus canciones, libros y obras circulan por las redes aliviando a personas que lo agradecen.

Tal vez, lo más desconcertante ha sido el exceso de opiniones contundentes de personajes que ignoran la biología y sus especialidades. Hablar y comentar aquello que se desconoce es una actitud que raya en el narcisismo obsceno. Es necesario el silencio de los intelectuales ante lo que ignoran. A muchos les cuesta perder figuración y están pasando vergüenzas. A falta de recursos científicos, han caído en la futurología. Slavoj Zizek, Byung-Chul Han y Yuval Noah Harari –tres tipos de alta influencia intelectual– llevan la delantera en la oferta profética. En vez de darle vueltas a la muerte, ven el fin del capitalismo en cada contingencia, lo diagnostican y fallan sin pudor como jueces. Justo cuando la incerteza es mayor, incluso a niveles técnicos, se despachan hipótesis sobre lo que depara el destino inmediato. Practican la ciencia ficción con una irresponsabilidad absoluta. Por cierto, los emulan sus epígonos locales, más rudimentarios y febriles. Olvidan lo ínfimos que somos y lo apartados que estamos en el mundo.

Qué extraordinaria era Simone Weil, complicada, mística y feroz. Política y metafísica. En su libro La gravedad y la gracia, escribe: “No juzgar. Todos los defectos son iguales. No hay más que un defecto: carecer de la facultad de alimentarse de luz. Puesto que, abolida esta facultad, todos los defectos son posibles”. Su sugerencia es escuchar, entregarse al vacío y soportarlo con integridad. El afán por pronunciar sentencias y predecir es inconducente. Mejor asumir la incompetencia y acotar el radio a la intimidad. Ahí están los problemas filosóficos ardiendo. Lejos de las abstracciones y cerca del cuerpo.