• 19 octubre, 2010


El Consejo Nacional de Televisión, si quiere justificar su existencia, tiene que preocuparse de promover diseños que garanticen, a través de más oferta, el pluralismo y la diversidad. Eso es lo urgente. No juzgar los contenidos de la televisión. Para eso está el público.


La cuestionada decisión del Consejo Nacional de Televisión (CNTV) de levantar cargos contra Chilevisión por unas parodias acerca de Jesucristo llevan a preguntarse de qué le sirve a Chile ese Consejo.

Los argumentos vertidos son lamentables. Agreden, uno tras otro, el derecho a la libertad de expresión y la neutralidad del Estado respecto de las convicciones de los ciudadanos.

¿Para qué es este organismo? No para garantizar estándares en la programación porque, buena o mala, ésta es el resultado de las preferencias de la población medidas a través del rating. El horario de exhibición de las parodias cuestionadas del Club de la comedia era el consignado para espectadores adultos. Si alguien se hubiera molestado con las imágenes, tenía la opción de cambiar de canal. Y si se hubiese sentido “particularmente agraviado”, podía haber recurrido a los tribunales de justicia para conseguir reparación, sanciones e incluso compensaciones de parte de los hipotéticos ofensores, si los jueces así lo determinasen. Ha ocurrido.

La decisión de sancionar está basada en una antigua y nefasta idea que cruza izquierdas y derechas: imponerles a las personas lo que pueden ver, leer o escuchar. Límite siempre tenue, pero definitivo, que separa a las sociedades verdaderamente libres del resto.

Salman Rushdie escribió sus Versos satánicos, satíricos respecto del Corán, y fue condenado a muerte por los fundamentalistas islámicos. Pero en las democracias desarrolladas, donde Rushdie edita sus libros, a nadie se le ocurrió pasarle una multa por “ofender” un credo. Es más, se decidió garantizarle su seguridad. Roger Waters, músico inglés fundador del grupo de rock Pink Floyd y coautor –con esa banda– de la famosa obra The wall, mantiene actualmente una dura polémica con parte de la comunidad judía estadounidense por presentar, en sus últimos conciertos, imágenes que acompañan a una estrella de David asociada a la del dólar. La comunidad judía sostiene que Waters afirma un prejuicio que vincula a los judíos con el lucro y la codicia y lo acusa de antisemitismo. Waters se defiende con argumentos artísticos y políticos. Esta discusión, apasionada, sobre estereotipos respecto a una identidad y sus connotaciones, circula en los medios y alimenta la cultura de una sociedad viva, sin que ninguna entidad estatal se sienta tentada a dictaminar respecto a lo correcto o incorrecto en el debate.

Pero lo más grave es que durante la misma semana en que el CNTV sancionaba estas parodias escolares, la autoridad gubernamental –a través del subsecretario de Telecomunicaciones– extendía mediante un decreto, por cinco años, el derecho de los actuales canales a trasmitir de modo experimental en formato digital. La anecdótica disputa del CNTV con los chicos del Club de la comedia se sobreponía a un significativo decretazo, que consolida la actual estructura de propiedad de la televisión chilena y otorga a los actuales dueños el derecho a continuar con sus frecuencias, pero ahora con la nueva tecnología y restringiendo a ellos el derecho a experimentar.

Y de todo esto, ¿qué dijo el Consejo Nacional de Televisión? Nada. Estaba en la anécdota del Club de la comedia, sancionando. Como si no existiesen Youtube, Facebock y otras redes sociales que hacen imposible, en cualquier democracia, pretender limitar formas, ideas o contenidos. Censurar hoy es completamente ineficiente.

Cuando muchos confiaban en la televisión digital como camino para ampliar el espectro de la oferta televisiva, incorporando nuevos actores, en la práctica se le da largona a la actual discusión en el parlamento y se resuelve por vía administrativa, consolidando el status quo actual.

El Consejo, si quiere justificar su existencia, tiene que preocuparse de promover diseños que garanticen, a través de más oferta, el pluralismo y la diversidad. Eso es lo urgente. No juzgar los contenidos de la televisión. Para eso está el público.