• 1 diciembre, 2011

Los partidos tienen que asumir de una vez por todas que la edad del pavo se acabó y que tienen que madurar. Tanto en el gobierno como en la oposición.
Cuando Sebastián Piñera ganó la presidencial, RN y la UDI se peleaban por cuál de los dos partidos sería el “eje” del gobierno. El primero, con toda razón, se sentía más dueño del triunfo, pues el nuevo mandatario había salido de sus filas. El segundo, también con razón, reclamaba su mejor derecho pues aportaba más parlamentarios y más votos.
El asunto es que todas las figuras de los dos partidos celebraban el triunfo como si fuera cada uno de ellos el que había salido electo presidente.
Pero tanta emoción y tanto piñerismo duró lo que un suspiro.
A poco andar comenzaron las tensiones entre la UDI y el gobierno; luego, entre la UDI y RN; a veces, entre RN y La Moneda; y hoy, entre RN y RN, y algunos UDI con otros UDI. ¿Qué tal?
No se le puede pedir peras al olmo, pensaría uno de inmediato. Claro, porque la historia de ambos partidos está marcada por una convivencia fraticida, en la cual Piñera ha estado de protagonista en varios de los episodios que han cruzado esta relación, desde fines de los 80. Y las cosas siguen en esa lógica: hoy los gremialistas están con Piñera más por conveniencia que por corazón, y en Renovación Nacional –siempre motejado de “montonera”– hay varios que si es por cercanía con el mandatario, se sienten casi unos UDI. En el fondo, el círculo de lealtad hacia Piñera al interior de la derecha (o Coalición por el Cambio, eso que nunca se supo muy bien qué es) es y ha sido siempre reducido. Son los Hinzpeter, Platovsky, Rivadeneira, Bulnes y algunos parlamentarios como Lily Pérez, Karla Rubilar o Joaquín Godoy. No muchos más (ni imaginar cómo sería la cosa si Allamand y Longueira no estuvieran en el gabinete).
Pero si no se le puede pedir peras al olmo –que vendría siendo que súbitamente se “enamoren” del presidente-, hay algo que sí se puede pedir: responsabilidad.
A casi dos años de la elección, los partidos de la derecha todavía no le toman el peso a su papel. Si les gusta o no el presidente, no es el punto y ya ni siquiera es hora de preguntárselo. Los partidos tienen que asumir de una vez que la edad del pavo se les acabó y que tienen que madurar.
No es razonable que en RN los líos internos alcancen tales grados de magnitud, al punto que su presidente veta a un subsecretario por haber ido a una reunión de la disidencia del partido y que, además, critique públicamente al ministro del Interior –también RN– por las cifras de delincuencia cuando su molestia con él tiene que ver con otros móviles. No puede ser, tampoco, que haya una rebelión interna en que parlamentarios piñeristas amenacen con renunciar a su militancia. En fin, que haya ese nivel de desorden, a vista y paciencia de todos, no es para nada un signo de adultez.
Y la UDI, aunque ahora está más ordenada internamente, no se queda atrás. Es absurdo que un alcalde de ese partido se dé el lujo –con un mandatario que votó por el NO y una derecha que llegó al poder distanciándose del gobierno militar– de revivir las odiosidades del pasado. Permitir un homenaje a Miguel Krassnoff, militar condenado a 144 años de presidio por violaciones a los Derechos Humanos, por mucho que sea su amigo o crea que el ex DINA es inocente, es por decir lo menos de una imprudencia tremenda.
Irresponsabilidad pura la del edil –basta ver el lío que se armó– y falta también la de su partido, al no condenar esa decisión con más énfasis y sólo decir que fue “un error”.
Las cosas no están para espectáculos. Con un gobierno con el 31% de aprobación y un 63% de rechazo, sería ya hora de ordenarse y trabajar para sacar adelante el programa por el que fueron elegidos. Mal que mal, Piñera logró instalar a la derecha en La Moneda, en forma democrática, luego de 50 años. Y, supuestamente, la Alianza había sudado por alcanzar ese objetivo. ¿Acaso no estaban preparados?
Suerte tiene la derecha de que la oposición también esté en el caos. De lo contrario -como dijo Longueira, cuando todavía no era ministro–, este sería de todas maneras un paréntesis de cuatro años. Otro suspiro.