El Palacio Pereira, la mansión neoclásica construida en 1873, estaba prácticamente abandonado desde los años 80. Hasta que en 2011 el Estado adquirió el inmueble y llamó a concurso para su restauración. La propuesta de los arquitectos Cecilia Puga, Paula Velasco y Alberto Moletto fue la escogida. Hoy la obra, que ya tiene un avance de 90%, es un ejemplo de recuperación patrimonial. “No hay otro antecedente en Chile de restauración con este nivel de precisión técnica y rigor material”, dice Puga.
Foto: Verónica Ortíz

  • 21 junio, 2019

4 de diciembre de 2012. La arquitecta Cecilia Puga (56) trae puesto un vestido gris y sostiene el diploma sobre el escenario. También están sus colegas Paula Velasco (40) y  Alberto Moletto (44) en la escena. A su lado, hay otras autoridades, entre las que destaca el presidente Sebastián Piñera. El mandatario aplaude y los tres arquitectos, entre contentos y nerviosos, sonríen frente a las cámaras. Ese día se adjudicaron la restauración del Palacio Pereira, la mansión neoclásica ubicada en Huérfanos 1515.

Paula Velasco cuenta que apenas se enteraron del concurso quisieron participar. “El palacio nos interesa a todos. Son proyectos de ciudad y públicos”, dice.

Puga, que fue profesora de Paula Velasco en la Universidad Católica, fue quien la llamó para plantearle el desafío. Habían trabajado juntas en otros proyectos y tenían una inquietud común en la restauración patrimonial. “Teníamos una conversación muy rica en torno a la arquitectura. Nos resultaba natural hacerlo juntas”, explica Cecilia. Al equipo sumaron a Alberto Moletto.

El diseño y construcción del Palacio Pereira fueron un encargo llevado a cabo en 1873 por el arquitecto francés Lucien Hénault, el mismo que hizo el proyecto para el Teatro Municipal, Casa Central Universidad de Chile y el ex Congreso Nacional. Su propietario era Luis Pereira Cotapos, quien fue diputado, senador y canciller durante la segunda mitad del siglo XIX. Con los años, el edificio tuvo distintos dueños y funciones: fue sede del Arzobispado y también del Liceo de Niñas N°3.

Una mirada integral

En 1981 fue declarado monumento nacional, pero durante décadas permaneció en abandono, hasta que prácticamente solo sus muros quedaron en pie. Hasta que en 2009, Gonzalo Martínez, de Uno Proyectos, presentó una propuesta para restaurarlo, la que fue aprobada por el Consejo de Monumentos Nacionales.

Ahí fue cuando se prendieron las alarmas. En 2010, el Colegio de Arquitectos alertó contra el proyecto de arquitectura aprobado por el Consejo de Monumentos Nacionales de la época y que había solicitado permiso de edificación. Se señalaba que adolecía de una perspectiva que se hiciera cargo de la conservación patrimonial del edificio. De hecho, se había autorizado la construcción de un edificio de vivienda de veinte pisos al interior del palacio. La Municipalidad de Santiago también tomó un rol activo en ese entonces: por medio de recursos y resquicios legales buscó evitar que se llevara a cabo esa propuesta. Y la presión prosperó. Desde 2011, el inmueble pasó a manos del Ministerio de Bienes Nacionales

El mundo de la arquitectura también criticaron la iniciativa: “Nos parecía que la postura del Consejo de Monumentos Nacionales era contradictoria: se buscaba proteger principalmente la fachada y no se entendía la recuperación patrimonial como algo mucho más integral, que incluye la estructura espacial, la performance estructural, las técnicas constructivas, los materiales”, explica Cecilia Puga. Y agrega: “La concepción de los valores patrimoniales a conservar por parte de las máximas autoridades a cargo del patrimonio, en periodos previos a la compra del Palacio por parte del Estado, producía a veces desazón”.

Por eso, cuando en octubre de 2012 el Ministerio de Bienes Nacionales decide llamar a concurso, la arquitecta no dudó en participar. “Fue emblemático que el Estado quisiera comprar el edificio y llamara a un concurso internacional, y que el nivel de desarrollo de las bases y convocatoria fuese sofisticado”, explica Puga. “Hicieron un llamado muy claro e interesante, pues se había profundizado y se había estudiado cómo operar sobre los edificios”, agrega Velasco.

El proceso

Ninguno de los tres arquitectos tenía mucha experiencia en restauración, pero les pareció interesante el desafío de enfrentar un edificio histórico con criterios de conservación contemporáneos.

“Había que armar un equipo multidisciplinario”, explica la arquitecta jefa del proyecto. Así fue como se contactaron con Alan Chandler, un especialista inglés, Luis Cercós, español, y Fernando Pérez, quienes ayudaron en los temas técnicos, filosóficos e históricos de la restauración. “Eso era necesario para situar adecuadamente nuestra propuesta en el contexto internacional de recuperación patrimonial”, dice Puga. 

-¿Cómo fue la primera vez que entraron al Palacio Pereira?

-Cecilia Puga (CP): Era muy espectacular, porque la ruina tiene algo sublime. Este edificio tenía árboles adentro: la naturaleza recuperando su espacio. Los suelos de tierra y, al mismo tiempo, con estas huellas de un pasado esplendoroso, de la riqueza de la minería de la primera mitad del siglo XIX.

Paula Velasco explica que, a pesar de que edificio se encontraba prácticamente en ruinas, alcanzaba a notarse su estructura inicial. Describe que era “posible percibir cuál era el diseño de los recintos y la espacialidad de los salones”, a pesar de que estaba despojado de los cielos y se veían los envigados. “No era un edificio al que entraras y solo estuviera la fachada, al que solo le quedaba una cáscara”, dice.

Cuando diseñaron la propuesta, durante toda la etapa conceptual, los tres arquitectos trabajaron conjuntamente. Después, ya en terreno, cada uno asumió distintas responsabilidades.

Cecilia Puga, como jefa del proyecto, lideró al equipo. “Uno podría imaginarse una gran oficina de arquitectura detrás, pero lo dibujamos prácticamente los tres, con dos personas que nos ayudaron”.

-¿Cuánto demoró esa etapa de diseño?

-CP: El proyecto tenía grados de sofisticación y complejidad altísimos. Primero, porque hay muchas zonas del edificio a las cuales no se podía tener acceso por temas de seguridad, por lo tanto, la información no era concluyente; no estaba en un nivel milimétrico de detalles. Segundo, tuvimos plazos apretadísimos para desarrollar la arquitectura y especialidades. Afortunadamente, el tema de coordinación de especialidades lo contrató el Ministerio de Obras Públicas directamente con el IDIEM (Investigación, Desarrollo e Innovación de Estructuras y Materiales). 

Tras ganar el concurso, les dieron nueve meses para diseñar los planos, entre 2013 y 2014.

Paula Velasco lamenta que los proyectos de recuperación patrimonial se aborden con plazos y reglamentos válidos para obra nueva. “Este tipo de iniciativas necesitan mucha más investigación de campo, trabajos de levantamiento absolutamente precisos, análisis estructurales previos. Es un proyecto que necesita de mucha verificación in situ”, dice. 

Cecilia Puga, en tanto, saca lecciones al respecto: “Creo que es un aprendizaje para nosotros y para las autoridades: se requiere de otros tiempos de investigación, para mitigar cambios e imprevistos durante el período de obra”.

Otra dificultad era la necesidad de trabajar con expertos en oficios que hoy prácticamente han desaparecido, como yeseros o estucadores. Hubo que capacitar al personal. Muchos de los equipos de restauración fueron liderados por extranjeros, particularmente españoles. Y los arquitectos debieron adaptarse a esas complejidades.

Últimos retoques

Las obras, que empezaron en 2016, hoy presentan un avance del 90%. El edificio albergará una biblioteca y una cafetería abiertas al público en el primer piso. Además, las oficinas del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural y el Consejo de Monumentos Nacionales estarán en este lugar. 

Los arquitectos cuentan que durante algunas etapas del proceso de restauración, han debido dedicarse de forma casi absoluta al palacio. De hecho, por temporadas, visitan el lugar una, dos e incluso tres veces por semana. “Se transformó en parte de nuestra vida por un tiempo”, dice Paula Velasco.

La propuesta entregada por los arquitectos buscaba rehabilitar el palacio para su uso y que, a su vez, la huella del tiempo permaneciera. Un pasado que no se borra, donde lo nuevo y lo antiguo se unen, pero no se mezclan. “Es una filosofía que tiene una contraparte técnica compleja y sofisticada”, dice Puga. “Lo normal en restauraciones es que se bota todo, para luego estucar y pintar de nuevo. Pero acá se reprodujeron las antiguas técnicas constructivas, con hasta cuatro capas de distintos materiales y espesores para reproducir la densidad de las superficies originales”, agrega.

-¿Los resultados se ajustan a las expectativas?

-CP: En general, creemos que el resultado es muy bueno. Hay que pensar todo lo que se ha hecho. Es una recuperación arqueológica, es algo muy único. No hay otro antecedente en Chile de recuperación patrimonial con este nivel de precisión técnica y rigor material. Obviamente es muy complejo, y quizá en algunos puntos puede ser discutido, pero no cabe duda que lo logrado es impresionante.

Paula Velasco destaca que “mucha de la recuperación no está a la vista, como la consolidación estructural realizada por el ingeniero Pedro Bartolomé. “Gracias a estas fundamentales operaciones, que no son visibles, el Palacio, en sus próximos 100 años seguirá funcionando, no solo espacial y simbólicamente, también constructiva y estructuralmente. Lo que se construyó en 1873 todavía estará ahí”.