La excelencia en la escritura del argentino Ricardo Piglia no es ajena a su falta de ansiedad por publicar. Su última narración tiene la forma de una novela policial, pero en el fondo es un viaje al interior del hombre. Por Juan Ignacio Correa

  • 19 octubre, 2010

 

La excelencia en la escritura del argentino Ricardo Piglia no es ajena a su falta de ansiedad por publicar. Su última narración tiene la forma de una novela policial, pero en el fondo es un viaje al interior del hombre. Por Juan Ignacio Correa

 

Han transcurrido treinta años desde Respiración artificial, la primera novela de Piglia. Ahora nos deleita con Blanco nocturno, su cuarta novela, en la que honra una vez más su concepción del género negro (o policial) como espejo de la sociedad, ya que –en su concepto– aporta una percepción del mundo contemporáneo mucho más fina y sutil que muchas novelas sociales.

Piglia justifica los trece años pasados desde su anterior entrega, Plata quemada, en su particular forma de trabajar: “escribo un borrador y lo dejo en reposo. La segunda versión nuevamente la dejo descansar”. Así, como la vida: su método es un continuo sistema de interrupciones. “Me ilusiona –continúa Piglia– que el tiempo se incorpore al relato y que así la obra adquiera autonomía e imaginario propio”.

Claro está que esta metodología creativa pone los nervios de punta a las editoriales. Jorge Herralde, de Anagrama, por ejemplo, le reprocha ser “algo parco en la escritura de novelas”. Pienso que la presión editorial por forzar a los escritores a publicar sin pausa es uno de los componentes de la actual baja calidad de muchas obras. Piglia no está dispuesto a transar y sabe que la excelencia de su producción se debe en parte a su falta de ansiedad por publicar.

Aparentemente, Blanco nocturno narra la vida de un pueblo y el infierno de las relaciones familiares en medio de la pampa, donde habita Luca Belladona, constructor de una fábrica fantasmal perdida en medio del campo y que persigue con obstinación un proyecto demencial. Un comisario, Croce, tiene la misión de investigar el asesinato de Tony Durán, forastero nacido en Puerto Rico que llega a aquel lugar remoto siguiendo a las sensuales gemelas pelirrojas Ada y Sofía Belladona. La reaparición del periodista Emilio Renzi da continuidad a esta obra narrativa.

Esa es la historia, pero lo que interesa a Piglia es el relato secreto que se esconde detrás de ella, lo que sucede después del crimen, cuando éste ya ha producido efectos.

Blanco nocturno. Ricardo Piglia. Anagrama, 304 páginas. Barcelona, 2010.

Al igual que en Respiración artificial, deambulamos entre protagonistas vencidos y memorables que entretejen una trama directa y compleja, con traiciones y negociados, un falso culpable y un culpable verdadero, trampas y pasiones.

Blanco Nocturno, en la parte inicial, es una novela policial químicamente pura, pero a medida que avanza emprende un viaje al interior del ser humano, aflorando las inseguridades, traiciones, amores, pasiones, entre otros sentimientos que le son propios, concluyendo en una conmovedora novela del género del realismo sicológico que captura al lector y lo sumerge en eso que se llama “buena literatura”.

Un aspecto formal interesante de Blanco nocturno son sus cuarenta y dos notas de pie de página, que su autor maneja como un recurso narrativo para poner en manos del lector una indispensable información complementaria, que de otro modo estorbaría el curso de la trama. Sobre ellas, Piglia ha dicho que con su inclusión pretendía que ellas fueran leídas como un relato autónomo dentro de la novela, lo que –a mi juicio– resulta otro atractivo de la obra.