Por: Sergio Paz Fotos: Jean Paul de la Harpe Z. www.abtao.cl – www.chileindomito.cl AAunque jamás me reconocería como un amante de la ornitología –y menos unos de esos tipos que andan con más de una cámara colgando del cogote, trípodes, guías de campo, telescopios y chaquetas repletas de bolsillos– la verdad es que, de tanto […]

  • 29 octubre, 2015

Por: Sergio Paz
Fotos: Jean Paul de la Harpe Z.
www.abtao.cl – www.chileindomito.cl

pajareando

AAunque jamás me reconocería como un amante de la ornitología –y menos unos de esos tipos que andan con más de una cámara colgando del cogote, trípodes, guías de campo, telescopios y chaquetas repletas de bolsillos– la verdad es que, de tanto en tanto, recaigo en esto de buscar nidos, huellas e incluso cacuca entre los arbustos.

Supongo que la afición partió tras mi primer viaje a Juan Fernández. Una vez ahí, seguí a un grupo de científicos que estudiaba pájaros difíciles de ver como el rayadito de la isla Más Afuera. Y, cómo no, también al picaflor rojo: pájaro endémico de Robinson Crusoe que, en apenas tres años, se estima que ha disminuido su población a la mitad.

Fue en ese periplo que, el jefe de los científicos me invitó a que junto con el resto de los ornitólogos pasáramos algunas noches observando fardelas blancas; esas misteriosas aves que se pasan más tiempo volando sobre el mar que en tierra firme.

La aventura parecía excitante. Dormiríamos, junto a la costa, en una pequeña cabaña de Conaf. Y, una vez ahí, podríamos observar a estas parientes de los albatros.

Conocidos en nuestras costas como petreles, las fardelas blancas (una especie vulnerable) se reproducen en la vecina isla Alejandro Selkirk. Y una vez iniciado el vuelo no se cansan de agitar sus alas. Son pájaros nómades. Difíciles de ver. Con suerte en Juan Fernández o bien en la isla Mocha, frente a Tirúa, donde hasta hace poco, cazadores furtivos les disparaban por maldad.

Ya en las rocas, pronto me enteraría de que no dormiríamos en el refugio/casucha, sino que sobre el suelo. Al aire libre.

-¿Será necesario? –pregunté

Sin recibir respuesta, pronto estaba tirado sobre la tierra, sin más protección que una frazada y una linterna con pilas desgastadas. Según los ornitólogos, “la única manera de lograr un encuentro de verdad”.

Qué puedo decir: el viaje fue una pesadilla. Sí reconozco que aún no olvido el canto de los pájaros a medianoche. Una sinfonía de cantos destemplados que, al menos, acentuaba el carácter místico de los misteriosos pajarracos.

Una cosa es cierta. Los amantes del birdwatching son, al menos, personas especiales. Tipos que no trepidan en hacer lo indecible por lograr un contacto visual o, mejor aún, una fotografía.

Lo sé porque mi segunda experiencia no fue menos intensa y consistió en observar flamencos chilenos en el salar de Punta Negra; en el altiplano de la Tercera Región.

En esa ocasión, el objetivo era lograr buenas fotos y tomas de video. Por eso, al tipo a cargo del grupo no se le ocurrió nada mejor que vestirnos con trajes de camuflaje, a los que se les habían cosido cientos de hilachas que se mimetizaban con los deslavados colores del desierto.

Y así estuve, tirados por horas, esperando el dichoso encuentro.

No menos fantástico fue el paseo con el señor a cargo del programa de birdwatching del Hotel Antumalal, en Pucón. Cuando acepté ir, pensé que primero tomaríamos desayuno y, no sé, a las ocho, nueve de la mañana iniciaríamos la marcha.

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Nada que ver. Antes de las cinco, el señor –vestido como Steve Martin en la película El gran año– ya llamaba por citófono a la pieza. No sin asegurar que, lo que estaba a punto de ver, jamás lo olvidaría. Eso porque, según él, lo mejor del birdwatching era ser testigo del dawn chorus o coro del amanecer. El momento en que los pájaros despiertan y empiezan a cantar.

Y es verdad: nunca lo olvidé. Tampoco el barro en los zapatos y la infinidad de diminutos pajaritos, amén de patos, muchos patos, para mí todos iguales y con nombres que entonces no pude retener ni ahora recordar.

Sea como sea, dos años atrás terminaría organizando mi propio birdwatching/trip. Decidido a encontrar el sitio al que solía viajar Felipe Camiroaga en búsqueda del mítico halcón blanco de la Patagonia, organicé una pequeña expedición a las costas del estrecho de Magallanes.

¿El objetivo? Ver un halcón peregrino austral. Claro que no cualquiera, sino uno blanco. De todas los rapaces de la Patagonia (y probablemente del mundo), la más distinguida y mitológica. Un pájaro que, debido a su fase albina, los expertos llamaron “el último puzle de la ornitología”.

Para lograr verlo, junto al fotógrafo Jorge Marín manejamos hasta el faro más remoto de todos los que construyera el siempre intenso George Slight. Un faro en ruinas, donde un chatarriento cartel avisa a las visitas que han llegado a un “sitio histórico”; uno que, en medio de la selva fría, amenaza con venirse abajo en cualquier minuto.
Qué puedo decir. Nunca había buscado un pájaro. Menos un halcón. Menos un halcón blanco.

Por lo mismo, antes de salir, había pedido ayuda a expertos del tema, de quienes había anotado tres consejos.

1) Busca plumas de alguna víctima.

2) Busca huellas de patas en la arena.

3) Busca pequeñas piedras, redondas, blanquecinas, con las que se ayudan para la digestión.

Luego seguimos en dirección al mar, intentando no desbarrancarnos en un cerro azotado por el viento y la lluvia. Mucho tiempo estuvimos ahí. Y, aunque aplanamos la costa del Estrecho en una dirección y otra, no sólo no vimos ningún halcón blanco, sino que ni siquiera un pájaro.

De la experiencia quedó la certeza de que, cuando te obsesionas con un ave, de verdad que de un minuto a otro estás dispuesto a cualquier cosa para tenerla frente a ti. Hay algo más. Uno jamás diría la vi, si en realidad no la viste. No sé si el birdwatching te hará más natural, pero sí te vuelve 100% honesto. Cabeza de pájaro.

 

Plumas y alas

Ocho años atrás, Raffaele Di Biase creó BirdsChile, una agencia con sede en Puerto Varas que ofrece avistamientos, básicamente a clientes que llegan desde Estados Unido, Inglaterra y Australia.

Autor de la Guía de bolsillo de las aves de la región de Los Lagos y de Chiloé, Di Biase presidió durante cuatro años la Asociación de Guías de Chile. Claro que, pese a toda su experiencia, reconoce que hay aves que aún no logra ver en plena forma. Con la cámara en mano han sido amagues. Movimientos de cintura.

-Me refiero –dice Di Biase– al colilarga (Sylviorthorynchus desmursii), habitante de los bosques húmedos del sur. Un pájaro muy tímido que normalmente habita entre las quilas. Cuando lo divisas siempre está saltando de un lado a otro; es muy difícil fotografiarlo. Pero, bueno, eso es parte del juego: un verdadero reto a la paciencia.

Tras años trabajando con especialistas de todo el mundo, de ellos recogió nuevas técnicas de identificación y la importancia de tener buenos equipos de observación. También aprendió, dice, el manejo de la ansiedad y la frustración.

-Lo que hacemos –sigue Raffaele– es observar fauna salvaje, por lo tanto, todo lo planeado puede cambiar en cualquier momento y hay que saber lidiar con eso. Los que observamos aves sabemos que no siempre las cosas resultan según lo planeado, pero eso es parte de la belleza. De salir a encontrarse con la naturaleza impredecible.

Según Raffaele, el birdwatching ha cambiado en nuestro país. Si bien unos años atrás sólo lo hacían extranjeros, hoy son cada vez más los chilenos que se animan a lo que él llama “salir a pajarear”. Hoy, de sus clientes, al menos un 15% son chilenos.

-El avistamiento –dice– es una actividad muy gratificante porque para hacerla sólo necesitas un buen par de binoculares, una guía de campo y una libreta de apuntes.

Se estima que en Chile vive el 5% de las aves que hay en el mundo. De ellas, sólo en Santiago, una persona medianamente entrenada podría avistar al menos cuarenta en una mañana. Imperdible, en la capital, es el Jardín Mapulemu del San Cristóbal, el cerro donde es posible ver desde colibríes a cachuditos, pasando por tórtolas y tijerales, mirlos, diucas, diucones, codornices y melancólicas viuditas.

Para otras especies hay que moverse un poco. Ir por ejemplo al Yeso, en el Cajón del Maipo, donde se observan pájaros aún más especiales como la turca, ave endémica de Chile, cuyo canto se escucha como si alguien estuviera vaciando una botella de agua. Con ayuda de expertos, también se ven palomitas cordilleranas, gavilanes, guarros e incluso águilas chilenas. Con todo, la gran estrella ahí es el chorlito cordillerano, una de las aves más raras y menos estudiadas del mundo.

Ciertamente, en nuestro país hay lugares especiales. Uno de ellos es Alto Huemul, zona protegida a instancias de Adriana Hoffmann, la ambientalista que impulsó la creación de la Sociedad Inmobiliaria Ecológica Alto Huemul, responsable –al interior de San Fernando– de un sitio prioritario de conservación.

En medio de un bosque relicto de robles, es posible avistar tapaculos, chiricocas y perdices chilenas, aunque el gran galán es el carpintero negro: un pájaro que antes era fácil de ver en los bosques del sur, pero hoy en peligro de extinción.

Otro destino es el humedal de Batuco, sitio inmejorable para observar al menos unas cien especies: o sea, en un solo lugar, el 25% de los pájaros que viven en nuestro país. Varios en peligro, como el cisne de cuello negro, el pato gargantillo, la garza cuca, la becasina, el pato rinconero, el pato cuchara, el huairavillo y el siempre especial nuco.

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Auténtico desastre medioambiental, el humedal suma las aguas de la laguna de Batuco y del tranque San Rafael que, a fines de los 80 y principios de los 90, quedaron olvidados a su suerte, sin control de las mangueras que chupaban todo.

 

Los trofeos de JP

Jean Paul de la Harpe es uno de los gurús de la observación de aves en nuestro país. Creador de Chile Indómito, una extraordinaria revista digital, especializada en animales, de la que se descargan al menos 20 mil ejemplares por edición, Jean Paul es también uno de los impulsores de Abtao: una empresa que ofrece cursos, talleres y expediciones de birdwatching.

Biólogo y avistador, pese a su alto nivel, también tiene desafíos pendientes. Su reto es ver de cuerpo entero a un pidencito (Laterallus jamaicensis), un pájaro muy pequeño, del tamaño de un ratón, que habita en humedales, escondido entre las totoras. Hasta ahora, lo ha escuchado muchas veces e incluso lo ha podido ver por partes, aunque nunca entero.

Jean Paul suma 13 años guiando a pajareros. Y, tal como Di Biasso, asegura que lo que antes era una pasión de gringos excéntricos, cada vez se vuelve más normal entre chilenos.

-¿Cómo entender la plumífera afición?

-Las aves –dice Jean Paul– son los vertebrados terrestres más apreciado por los fotógrafos, quizás debido a la gran diversidad de formas, colores, estilos de vida y otras características, como el vuelo, que los hacen singulares. Al mismo tiempo, debido a su gran capacidad de movilidad, es muy desafiante verlos y más, fotografiarlos. Eso hace que, toda fotografía de algún pájaro especial sea vista como un auténtico trofeo.

En sus clases de birdwatching, Jean Paul enseña trucos varios. Entre ellos, técnicas de acercamiento o cómo hacer escondites. De hecho, en su propia casa tiene uno. Vive en una parcela en Colina donde regularmente avista cóndores, águilas y chunchos. Pero, claro, como él es un fanático, en un rincón construyó un bebedero donde puede recibir con comodidad a cuatro invitados.

-Se trata –confiesa Jean Paul– de disfrutar de las cosas simples de la vida. A fin de cuentas, de eso se trata esto. Pajarear es maravillarse, cada segundo, con la efervescente vida que nos rodea. •••

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¿Con quién?

Red de Observadores de Aves y Vida Silvestre. Son una comunidad que regularmente organiza eventos y salidas a lugares icónicos como la desembocadura del Choapa, el estero Chigualoco o el humedal Salinas de Huentelauquén, normalmente desde las Torres Tajamar. Su símbolo es la gaviota de Franklin; pájaro que todos los años emigra desde el hemisferio norte para instalarse en Chile, fecha en que la Red organiza su propia fiesta para recibirlas. Este año, el 27 y 29 de noviembre. www.redobservadores.cl.

Far South Expeditions. Claudio Vidal y Enrique Couve, el autor de ese gran libro que es Pájaros de la Patagonia, organizan aventuras de birdwatching, teniendo como base de operaciones Punta Arenas. Este año, desde el 29 de octubre, tienen un viaje guiado a Georgia del Sur, donde terminó la gesta de Shakleton tras fracasar en su intento de cruzar la Antártica. Gran oportunidad para deleitarse con los albatros que abundan en la isla. www.fsexpeditions.com.