Lo que está ocurriendo en materia de legislación sobre derecho de autor en nuestro país es impresentable. El debate es álgido en Internet y en los medios tradicionales; y sus consecuencias, centrales para todos quienes amamos la música.

  • 3 noviembre, 2008


Lo que está ocurriendo en materia de legislación sobre derecho de autor en nuestro país es impresentable. El debate es álgido en Internet y en los medios tradicionales; y sus consecuencias, centrales para todos quienes amamos la música.

 

Lo que está ocurriendo en materia de legislación sobre derecho de autor en nuestro país es impresentable. El debate es álgido en Internet y en los medios tradicionales; y sus consecuencias, centrales para todos quienes amamos la música. Por Andrés Valdivia.

Era sólo un asunto de tiempo para que el debate que se está dando globalmente acerca de la legislación de derechos de autor llegara a nuestras costas. Y es lógico: la normativa de cada país se ha visto potentemente sacudida por la irrupción de la cultura digital, tanto como habilitadora de espacios de negocios como de nuevas prácticas de consumo; y en Chile, a pesar de haber ciertos espacios más o menos aislados de debate, el asunto o pasaba de ser una discusión privada. Pero desde hace algunas semanas un encendido y polémico debate se ha estado llevando a cabo tanto online como en medios tradicionales y, a pesar de lo sano que resulta discutir sobre estos temas, el catalizador de la batalla podría cambiar radicalmente los horizontes de posibilidades, tanto para los creadores como para los consumidores de contenido en nuestro país. El asunto es grave y es importante estar informado y tener una opinión. Los hechos son simples: existía una mesa de trabajo a la que todos los actores involucrados en la creación de una nueva ley estaban llamados a participar. Se estaba llegando a acuerdo. Pero de la noche a la mañana, la SCD (Sociedad del Derecho de Autor, que supuestamente representa a los creadores de Chile) y el Gobierno cerraron su propio acuerdo para hacer modificaciones a la ley, las que dejarían la gran parte de nuestras actividades diarias ligadas al contenido en la zona del delito. Por ejemplo: pasar tus CDs al iPod estará prohibido, ponerle música a un powerpoint para una presentación escolar, también. Es decir, la protección a los creadores será tan desequilibrada que pasaremos de ser un país de piratas. La semántica en este ámbito es central y la palabra aquella (pirata, piratería) pareciera estar en boca de nuestros legisladores para describir una enorme cantidad de actividades que nada tienen que ver con el lucro a través de contenido protegido. Y aquí es donde está el centro del asunto: una ley de derecho de autor que no distingue entre el uso con fines de lucro y el uso “justo” (sin fines de lucro) en un contexto digital es una ley que nace muerta. Muerta por un asunto práctico (¿quién va a fiscalizar? ¿vamos a convertir una red orgánica y colaborativa como Internet en un nuevo estado policial?); y también, por razones de fondo: lo que está ocurriendo en Internet es el cambio cultural más impresionante y estimulante del que hayamos sido testigos en mi generación, y asfixiarlo para proteger a un gremio no sólo resulta poco ensato, sino también canallesco.

Lo he dicho ya varias veces en esta columna y vuelvo a decirlo: el mundo cambió, y cuando el mundo cambia, no sirven los diques artifi ciales. El cauce de los ríos conviene respetarlos; si no, lo único que es esperable es más y más inundaciones. Para los creadores la red es aún un espacio que no logran desentrañar como una oportunidad, pero eso es más un problema de falta de creatividad y de exceso de comodidad, de amor por el status quo, que un problema legal. No había existido interés más prominente y masivo por la música –toda la música, no solamente la que está en la radio o en MTV– que en estos tiempos. Es imposible que allí no exista un negocio en ciernes. Finalmente, ninguno de nosotros está “matando la música” al cargar nuestros CDs al iPod, porque lo que muere es un modelo, no una actividad humana fundacional. O, si lo quieren de otra manera: se muere una industria, pero lo que ocurre entre nosotros y John Lennon es inmortal.