Como todos los años, Capital ofrece una selección de libros para disfrutar en vacaciones o en las tardes estivales, cuando el tiempo libre permite revisar lo mejor que dejó el año y las novedades más interesantes. El 2011 fue un gran momento para la poesía chilena no sólo por el Cervantes a Nicanor Parra, sino por la publicación del último –y gigante- volumen de Raúl Zurita. En narrativa lo más destacado vino de afuera: Libertad, de Jonathan Frazen, y del pasado: las formidables Pánico al amanecer, de Kenneth Cook y Ocio, de Fabián Casas.

  • 27 diciembre, 2011

 

Como todos los años, Capital ofrece una selección de libros para disfrutar en vacaciones o en las tardes estivales, cuando el tiempo libre permite revisar lo mejor que dejó el año y las novedades más interesantes. El 2011 fue un gran momento para la poesía chilena no sólo por el Cervantes a Nicanor Parra, sino por la publicación del último –y gigante- volumen de Raúl Zurita. En narrativa lo más destacado vino de afuera: Libertad, de Jonathan Frazen, y del pasado: las formidables Pánico al amanecer, de Kenneth Cook y Ocio, de Fabián Casas. Por Marcelo Soto

 

Grandes hallazgos

Dos impresionantes rescates editoriales estuvieron entre lo mejor que dejó el 2011: uno proveniente del desierto australiano y otro, de las calles de Buenos Aires.

 

Pánico al amanecer. Kenneth Cook.

Publicada originalmente en 1961, esta novela llega por fin en una impecable traducción al español sin perder un ápice de su actualidad, de su dureza. Leerla es como cruzar un terreno baldío sin nada de sombra y con 40 grados achicharrando tu cabeza. El relato es una pesadilla que no puedes soltar. Situada en pleno desierto australiano –una tierra de nadie, un far west en el fin del mundo–, el protagonista es un profesor que al llegar el verano lo único que desea es arrancar de la mugrienta localidad donde hace clases y lanzarse al mar, recuperar la vida. Sólo necesita tomar el tren y despedirse del polvo, pero una serie de hechos desafortunados se lo impiden. Una novela implacable y perfecta sobre las promesas traicioneras de la bebida y del juego, y en especial sobre la bestia que llevamos dentro. Sangre, sudor y derrota. Por si no les basta, uno de los libros favoritos de Nick Cave.

Ocio. Fabián Casas

La apariencia casi insignificante de esta novela argentina de 2000 –recién rescatada por Libros que Leo- es inversamente proporcional a su poder literario. Si hablamos de arte, pesa varias toneladas. La historia que no es historia comienza con un chico en Buenos Aires que ha dejado la escuela de Filosofía y se dedica a escuchar el Abbey Road de los Beatles, solo en su pieza, mirando el techo, quizá fumando, tal vez leyendo a Céline. El disco llega a su fin –con Paul McCartney tocando un solo de batería, el único solo de batería en un disco de los Beatles– y el chico vuelve a ponerlo y así transcurre el día. En las noches pasan otras cosas. Conversaciones de tipos que quieren ser poetas; comercio de drogas; viajes en auto por la capital a oscuras. La lectura es hipnótica, alucinante y te deja con la sensación que sólo los mejores libros –los que son únicos e irrepetibles– dejan: que la literatura, a veces, puede ser más real que la vida.

Maestros chilenos

Un ensayo-novela de Jorge Edwards; grandes relatos de Germán Marín y crónicas perdidas de Jorge Teillier. Los muchachos del 50 aún la revuelven.

Últimos resplandores de una tarde precaria. Germán Marín
Unas de las voces más singulares y reconocible de la narrativa chilena, Marín es un maestro en el arte de captar el sonido de un habla antiguo, que se resiste a morir. Como un arqueólogo, registra el tono, la estructura y el ritmo de la memoria. La suya es una proeza que todavía no obtiene el reconocimiento que merece. En este volumen están algunos de sus mejores relatos, como Mi primo Miguel, sobre un querido primo del autor que integró Patria y Libertad; La princesa de Babilonia, acerca de una prostituta de San Antonio, y La roja de todos, en que un grupo de amigos muy pobres recibe la llegada de un viejo camarada proveniente del exilio; todos siguen igual de miserables, mientras el afuerino ostenta las bondades de un destierro dorado; el final, de una violencia espeluznante, confirma la desesperanza del autor ante un país que parece condenado a vagar en un mundo sin recuerdos.
Confieso que he bebido. Jorge Teillier
Un verdadero hallazgo es el que ha logrado el compilador Pedro Pablo Guerrero al rescatar las crónicas gastronómicas del poeta de Lautaro. Teillier era un fino prosista, de un estilo leve, claro y sencillo. Estos textos empiezan a menudo con frases que perfectamente podrían encabezar un poema: “En mis tiempos de infancia, para los padres tener un hijo flaco y pálido era una desdicha tan grande como la de tener un hijo que no quiere hacer las tareas” o “No estoy enfermo ni en Santiago ni en Veracruz, pero escribo en la capital un día inesperadamente parecido a un día del sur”. La crónica de Teillier recuperan el sabor de las viejas picadas, la ligereza de los vinos antiguos, la virtud de los platos verdaderos y el recuerdo de hoteles que ya no existen, en los que se podía comer como un rey. El libro posee bellas ilustraciones y es un imperdible no sólo para el lector gourmet, sino para el lector a secas.
La muerte de Montaigne. Jorge Edwards
Como viene siendo habitual con los últimos libros de Edwards, esta novela fue mal leída por un sector de la crítica local –animada tal vez por la mala leche, por las posiciones políticas del autor–, pero es una obra delicada y leve, en la que el narrador se mueve con gracia por ciertos aspectos y momentos de la vida de Montaigne. El francés representa buena parte de las cosas por las cuales Edwards también ha librado batallas: la defensa de la libertad, la denuncia de los dogmas, el valor de la ligereza frente a la gravedad, el peso del individuo antes que las estructuras… en fin. El escritor chileno demuestra que está en plena facultad de sus recursos narrativos y llega en esta novela-ensayo a pasajes de gran tonelaje emocional, en especial cuando las vidas de autor y personaje se entremezclan. Hay sabiduría y templanza en estas páginas, y eso no es moneda corriente por estos días.
Voces contemporáneas

Estos tres autores, de tres generaciones distintas, tienen vocación de provocar, un hábito que puede ser muy saludable cuando se trata de literatura.

Libertad. Jonathan Franzen
Aunque algunas corrientes feministas lo detestan –porque representa el tipo de escritor, hombre y blanco, que acapara la atención de los medios–, Franzen no la tuvo fácil. Sus dos primeras novelas fueron un fracaso. Solo con Las correcciones logró un éxito abrumador. Todas las dudas que generó esa súbita celebridad son disipadas con Libertad. El autor piensa que la vida es compleja mientras que la política suele ser demasiado simple, un malentendido que intenta subsanar con esta novela sobre los Berglund, una familia en la que siempre había algo “que no terminaba de cuajar”. Aquí está retratada la América de Clinton y Bush, pero sobre todo el derrumbe de un matrimonio. Franzen, siguiendo las lecciones de Paula Fox (autora que él mismo ayudó a redescubrir), comprende el mundo de hoy a partir de la conciencia individual de sus personajes. Notable.
Némesis. Philip Roth
La redención es una droga demasiado dulce para los periodistas y luego de las críticas demoledoras que recibió La humillación, su anterior novela, Philip Roth ha sido lanzado a las alturas con Némesis. Las ondulaciones del gusto crítico suelen ser desconcertantes, pera nada impide concordar en que esta última obra es tan buena como casi todo lo que ha escrito el autor en el último tiempo. Ambientada en 1944 en Newark, durante una epidemia de polio, el relato recuerda a La peste, de Camus, desde sus primeras páginas. El mal como algo profundo, que puede desaparecer en algún momento pero que siempre va a estar allí, esperando una nueva oportunidad para esparcir su veneno. El protagonista es un profesor que se debate entre seguir enseñando a sus alumnos, que se van muriendo como pajaritos, o aceptar la oferta de un trabajo mejor. La culpa, la moral, la falta de Dios, el deseo… ya se sabe. Un Roth clásico.
El mapa y el territorio. Michel Houellebecq
Francia es única y entre sus singularidades se cuenta que allí aún los escritores de verdad, es decir los que escriben no para entretener sino para provocar, venden tanto más que los Grisham o Rowling del momento. Michel Houellebecq, por ejemplo, vendió más de 300 mil ejemplares de El mapa y el territorio en 2010, novela que llegó en 2011 al mercado español. El libro es una impagable vista al mundo del arte, en la que el propio autor aparece como personaje alabando las bondades del comercio sexual de Tailandia. Otro personaje es una caricatura de un famoso crítico literario francés. Nadie sale bien parado. El relato tiene un giro violento que lo lleva a derroteros impensados. Bajo todo el ruido –tal como en sus anteriores novelas–, hay una reflexión sobre la soledad del artista y la banalidad de la vida moderna. “A decir verdad, las relaciones humanas no son gran cosa”, piensa el protagonista, no sin cierta melancolía.
País de poetas

No hay duda: Chile tiene razones de sobra para enorgullecerse de sus vates. ¿No lo cree? Aquí hay dos pruebas contundentes.

Obras completas & algo + II. Nicanor Parra
Luego del premio Cervantes al poeta mayor de la lengua española, no hay excusa para no leer a Parra. Este segundo volumen suma otras 1.200 páginas para registrar el océano parriano, un mundo tan diverso como profundo. Hay abismos de una rara belleza acá, como si viéramos de pronto el rostro de alguien saliendo de la oscuridad. También hay chispazos de genio, llamaradas de una inteligencia imposible de clasificar. La luz y el chasquido, el silencio y las palabras, dichas con la astucia de un gato y la claridad de un niño. La experiencia es única y puede decirse que después de leerlo nada suena igual. Parra atrapa. Y además es generoso: captura el lenguaje y luego lo suelta, porque no le pertenece. El libro recoge los poemas, artefactos y objetos elaborados entre 1975 a 2006, incluyendo Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, Hojas de Parra, Chistes para desorientar a la policía y su traducción de Rey Lear, de Shakespeare.
Zurita. Raúl Zurita
Este volumen impresionante, de 800 páginas, puede ser la gran obra de Zurita, uno de los libros de poesía más importantes publicados en el país en mucho tiempo. Que el tamaño no intimide: se trata de un volumen de muchas entradas, de diferentes voces y estrategias. La arquitectura del libro es como una catedral. Está llena de detalles y de luces y sombras. En ciertos momentos la voz lírica habla desde septiembre de 1973, pero al mismo tiempo se escucha como una prédica en el desierto dicha hace un millón de años. En otros pasajes parece una novela, en la que la vida de Zurita se cuenta sin ningún tipo de condescendencia. Hay coraje en estos poemas y sobre todo velocidad y vértigo. El autor de Anteparaíso, aquejado de Parkinson, muestra una lucidez que sorprende: es alguien que viene de vuelta de una guerra que quizá perdió. El paisaje puede ser desolador pero el poema definitivamente triunfa.