La franja del NO fue capaz de sintonizar con la transformación cultural que significó la incorporación de millones de chilenos a la sociedad de consumo. Y les habló en aquellos códigos.

“¿Pagaste el colegio del niño?” pregunta Verónica, una aguerrida militante de izquierda, a su ex pareja, el publicista que protagoniza la película “NO”. El filme muestra a Verónica detenida por la policía en dos ocasiones, golpeada y maltratada. Ella es completamente escéptica respecto del plebiscito convocado por la Junta Militar. El dilema entre salida pacífica y enfrentamiento social recorre a todos en el mundo de la izquierda en aquellos momentos. Y ese dilema se instala, también, en el hogar de René Saavedra, el publicista a cargo de la franja televisiva. A Verónica sencillamente no le cabe en la cabeza que todos los ideales, la historia, los valores, incluso la estética de la izquierda tradicional, puedan ser sutilmente sumergidos a la hora de enfrentar televisivamente al dictador en la franja de publicidad electoral que se transmitió durante el mes previo al plebiscito.
¿Hacia dónde dirigir la campaña? ¿Cómo hablarle al Chile de fines de los años 80? La pregunta que hace Verónica a su ex en un momento de la película –“¿pagaste el colegio del niño?”—entrega una pista crucial. Al Chile de fines de los años 80 se le debía hablar a partir de la realidad que vivían los chilenos de fines de los años 80. Ese es el gran mérito de la campaña del NO, que logró comprender que la sociedad chilena comenzaba a vivir masivamente como sociedad de mercado. Uno podrá estar a favor o en contra de eso. Pero sólo comprendiendo adecuadamente la realidad se puede pretender cambiarla.
“¿Pagaste el colegio del niño?” es mucho más que una simple pregunta doméstica. De partida, habla de cómo la política es sólo una parte de la realidad que viven los individuos. La época romántica de la política omnicomprensiva que invadía todas las esferas de acción de las personas, donde la ideología determinaba códigos culturales, amicales y hasta familiares, va quedando atrás. Verónica se preocupa al mismo tiempo de la dictadura y de la colegiatura. Pero hay más. Detrás de la pregunta “¿pagaste el colegio del niño?”, se asume que para alguna gente (cada vez más en nuestro país) pagar por la educación resulta algo cotidiano. Verónica, como militante de izquierda, probablemente está a favor de una educación gratuita y de calidad para todos, pero en su mundo real, pagar el colegio es parte de las obligaciones domésticas, como puede ser pagar el arriendo o el agua o la luz.
Ese es el gran mérito, a mi juicio, de la película “NO”. Va mucho más allá de ser un entretenido y certero documental de la época -es fácil quedarse pegado en la emoción que produce ver una recreación tan vívida–. Pero el filme entrega pistas para entender el enorme cambio cultural que comenzó a vivir Chile en los años 70 y 80. La segunda lectura que provoca la película verdaderamente remece la conciencia. Porque en el fondo, lo que hace la campaña del NO es consolidar un inicio: el inicio del fin de la política como hasta entonces se conocía.
Afirmar que el plebiscito se ganó exclusivamente por la franja del NO es una exageración completa. La heroica labor de resistencia de las organizaciones de derechos humanos, de las organizaciones sociales, sindicales o estudiantiles, así como de los partidos políticos, fue capaz de mantener una extensa red de miles y miles de adherentes y militantes en todo Chile. Cuando hubo de inscribir a la población en los registros electorales, esa red se movilizó eficazmente –varios meses antes de la franja televisiva– y fue capaz de registrar una masa crítica que sería crucial a la hora de impedir que Pinochet amañara los resultados.
Lo notable de la franja del NO pasa por otro lado. Se trata de la primera expresión pública y masiva del nuevo lenguaje que se comenzaría a hablar en la política chilena. La franja del NO fue capaz de sintonizar con la transformación cultural que significó la incorporación de millones de chilenos a la sociedad de consumo. Y les habló en aquellos códigos. ¿Cómo lo logró? Por dos razones. La primera, porque fue capaz de reunir los mejores estudios sociales (y de mercado) disponibles en la época. Los productores políticos y publicitarios de la franja comprendieron realmente lo que sentían y vivían los chilenos en aquella época.
La segunda, porque los creativos ya vivían en ese mundo. Ya llevaban varios años en el mundo del marketing y ellos, a su vez, ya se comportaban como consumidores en sus vidas cotidianas. Les costaba menos entender, por tanto, que lo que la sociedad chilena quería era una salida pacífica de la dictadura, junto a un cierto espacio más justo y democrático donde poder construir tranquilamente sus propias vidas.
Si los chilenos se integraban aceleradamente a una sociedad de mercado, había que hablarles en lenguaje de mercado. Y eso es lo que hizo la franja del NO. Para la izquierda fue un cambio total. Los revolucionarios se hacen reformistas. La lógica comunitaria se hace más individualista. De allí la melancolía que inunda al protagonista hacia el final de la película.
Lo que viene después del NO es la larga transición, donde hubo alegrías, pero también desilusiones. Nada de eso sale en la película. Pero los primeros indicios de ese Chile distinto (uno juzgará si para bien, mal o regular), sí se pueden detectar en ella.