“Nos fuimos de Chile el 71 por miedo a la UP y porque mi mamá, como poeta, siempre quiso vivir en España. Cuando volvimos éramos los únicos que tocábamos cacerolas en Vitacura: mi papá estaba vinculado a la DC y dijo el primer día que esto no es lo que quería. Entré al San Ignacio […]

  • 15 agosto, 2018

“Nos fuimos de Chile el 71 por miedo a la UP y porque mi mamá, como poeta, siempre quiso vivir en España. Cuando volvimos éramos los únicos que tocábamos cacerolas en Vitacura: mi papá estaba vinculado a la DC y dijo el primer día que esto no es lo que quería. Entré al San Ignacio hablando ‘español’. Me sentí solo, tenía pocos amigos, era enfermo de perno, malo para los deportes. Como para muchos artistas, el origen de mi vocación es una herida: como no eras bueno para el fútbol, tenías que dedicarte a la música, leer poemas. Hasta que una profesora me cambió la vida. ‘Pablo, necesitamos que alguien dibuje en pastelones con tiza para el día del niño’, me dijo. Fue como que me estuvieran eligiendo para ir a la luna. 

El arte y scout me abrieron el mate: me dedicaba a embalsamar animales, dibujarlos, hacía marionetas y cantaba. Mi sueño era tener un jeep, sacar fotos y tener una señora que me acompañara. Hasta que en los trabajos de fábrica del colegio me di cuenta de que mi vida era un regalo, con una situación de injusticia tremenda. Ahí surgió la idea de estudiar Derecho. Me metí a la UC para ganar el centro de alumnos a los gremialistas, y así fue. Pololeé harto, pero corto. Una me dijo una vez, ‘el problema tuyo es que caminas muy rápido y para ser pareja hay que caminar juntos’. Siempre me proyecté en una vida de a dos, pero hubo un camino de fascinación por la figura de Jesús. En un momento de mucha plenitud escribí en una frase –y en el reverso puse ‘por si acaso’– que he tenido guardada en el cajón durante 40 años: ‘Amo la vida profundamente, pero me di cuenta de que no tiene sentido si no es regalándose a lo que Dios quiere de nosotros’. En la Compañía me dijeron ‘te aceptamos, siempre que traigas tus marionetas’. Eso al final significa, trae tus locuras, tu disfuncionalidad, porque le va a hacer bien a la Iglesia. 

A los 42 entré a estudiar Arte, que es un espejo que sincera quiénes somos, y me interesaba mucho el muralismo. No terminé porque fui llamado a asumir la capellanía del Hogar de Cristo. En medio del trabajo me dio una enfermedad autoinmune que me obligó a encerrarme tres meses en la enfermería, con compañeros entre 90 y 100 años viendo Animal Planet. Aproveché ese tiempo para pintar, y me sinceré a mí mismo que puedo colaborar en que nuestra Iglesia se renueve, pero si me preguntan qué es lo que hago mejor y dónde puedo aportar, es en el mundo de la creación artística. Por eso, cuando en mayo entregué el puesto partí a México. Me instalé en Oaxaca a aprender la técnica del fresco y dibujar en las plazas. De ahí me fui a conocer en terreno el trabajo que la Compañía hace en barrios críticos, con un programa de construcción comunitaria de la paz, no a base de represión, sino del fortalecimiento de los vínculos, de la identidad y de la capacidad de tomar acuerdos juntos. 

Llegué el 28 de julio de vuelta a vivir a La Granja e intentar ayudar en ese proceso. De lunes a viernes trabajo de investigador en la Escuela de Arte de la U. Alberto Hurtado. Lo que es sagrado es que todos los domingos, desde hace 10 años, como con mi papá, siempre lo mismo: salmón, aceitunas, verduras y un jugo de naranja o vino.  

El celibato es un regalo, puede ser misterioso, difícil de explicar y mal vivido es horroroso. Eso no quita que  haya sacerdotes casados. Eso va a suceder. No me duele no haber tenido una familia propia, sí una relación de pareja: la intimidad sexual, la intimidad emocional, la complicidad. Pero existe un infantilismo de idealizar lo que no tenemos. Así como la gente tiene ensoñaciones respecto al cura –‘usted que está más cerca de Dios’– y no tiene idea de las horas de aburrimiento que uno pasa en la oración, que finalmente son una escuela de amor.

La crisis de la Iglesia es lo mejor que le puede suceder para que caigan costumbres y prácticas, como el encubrimiento, la defensa corporativa, los delitos, el clericalismo, el machismo y el elitismo. Pero yo también soy parte del problema. Reconozco que fui lento en darme cuenta, tendí a las defensas corporativas y en ese sentido soy culpable. Me duele mucho mi miopía, mi falta de lucidez. Por eso me hacen tanto sentido las artes visuales: para aprender a ver.