Como presidente de la Sociedad Nacional de Minería (Sonami), Alfredo Ovalle se había caracterizado por ser un dirigente cauto, reflexivo y alejado de las pugnas mediáticas. Fueron, probablemente, esos mismos atributos los que lo catapultaron hasta el máximo sillón gremial del empresariado. Su postulación a la CPC contó incluso con el voto de una Sofofa […]

  • 14 diciembre, 2007

Como presidente de la Sociedad Nacional de Minería (Sonami), Alfredo Ovalle se había caracterizado por ser un dirigente cauto, reflexivo y alejado de las pugnas mediáticas. Fueron, probablemente, esos mismos atributos los que lo catapultaron hasta el máximo sillón gremial del empresariado.

Su postulación a la CPC contó incluso con el voto de una Sofofa siempre partidaria del diálogo como forma de relacionarse con el gobierno de turno. “Es la única forma de mantener un control de daños”, confiesan al interior del gremio industrial. De paso, el estilo de Ovalle también era útil para el conocido, aunque no explícito, objetivo de Sofofa de mantener la hegemonía en la vinculación con el sector público.

Pero a poco andar, las relaciones se tensaron. Ovalle comenzó a desarrollar una agenda propia, resaltando –por ejemplo– sus diálogos con Arturo Martínez, el presidente de la CUT. Entre algunos dirigentes empresariales, estiman que la estrategia de Ovalle terminó siendo útil para los intereses de Martínez y del ministro del Trabajo, Osvaldo Andrade, en la polémica por la subcontratación.

Nada comparable, en todo caso, con lo ocurrido al cierre de la Enade 2007. Que “en Chile respiramos un aire enrarecido”, que “faltan señales claras”, frases expresadas ante la misma presidenta (tan sorprendida con el discurso de Ovalle que recién reaccionó al día siguiente) y que chocaron de frente con el tono conciliador que había caracterizado la cena de Sofofa y el discurso de su presidente Bruno Philipi, unas semanas atrás.

Dirigentes como Hernán Somerville salieron al paso de las críticas de Ovalle (“hay que tratar de evitar la frase para el bronce”), pero en definitiva sólo dejaron en evidencia que al interior del empresariado existen dos posturas: una más dura y otra proclive al diálogo sin condiciones, porque –en mayor o menor medida– Corona, Nario y Schmidt respaldaron a Ovalle.