Por Ezequiel Kiezckier, Socio Olivia

  • 18 julio, 2018

El fútbol es, sin duda, uno de los artefactos de transformación social más grandes que ha creado la humanidad. Tan es así, que inclusive logra ir más rápido que las regulaciones que pretenden darle un marco a lo que ya es obvio para muchos.

Francia y su selección nacional de fútbol son un ejemplo claro de ello. En ese sentido, este deporte permitió que mientras el Estado galo se forjara la reputación de ser uno de los gobiernos más duros en materia de inmigración, varios jóvenes de ascendencia africana estudiaran y se formaran en tierras parisinas, mientras dan sus primeros pasos como profesionales del deporte más popular de la Tierra. No se puede contener el río, y los datos muestran que un tercio de los jugadores de la selección Gala, hoy en lo más alto del fútbol, proviene de las zonas de mayor marginalidad de ese país.

Así, el fútbol logró amalgamar lo que a la política le costó ver. Basados en principios como la competencia sana, el juego limpio y la camaradería, el seleccionado francés pudo armar un equipo donde la diversidad de recursos proviene de la diversidad de su gente.

Hoy, los fenómenos de migración nos enseñan que la cultura ya no es definida por el concepto de Nación-Estado, sino más bien entramos en un proceso de Hiperculturalidad tal como lo define el pensador Byung-Chul Han, donde se borran o por lo menos desdibujan las culturas locales y tradicionales del siglo 20 tal cual las habíamos concebido. Es decir, afrontamos una nueva era en la cual seguramente la cultura no será distinguida del país en el cual nacimos, sino más bien cuáles son los hábitos o comunidades de valores sociales que construyamos.

Esto traerá como consecuencia seguramente un sin sentido del nacionalismo como tal, porque estamos cada vez más cerca de los ciudadanos globales y solamente existirá el sentido nacional para entender dónde pagamos nuestros impuestos. Estamos ante la era de la transversalidad cultural y Francia ha sido a lo largo de este torneo, quizás junto con Bélgica, dos claros exponentes de ello.

En ambos casos, de la identidad cultural que se construye a partir de esto surge un crisol de variables que también se dan dentro de cada organización, pero en la cual hay un aspecto que no puede ser olvidado. Ese factor es la planificación y el trabajo a plazos razonables para ciertos procesos. El ciclo que cerró Francia con su segundo título mundial se inició no sólo con la llegada de Didier Deschamps en 2012, sino con el momento en el cual él continuó con el trabajo que Le Blanc había comenzado pensando en Sudáfrica 2010. Dos jugadores de la misma generación, campeones en Francia 1998 y en la Eurocopa de 2000, que dieron un paso al costado como jugadores para formarse como técnicos profesionales.

“Juntos para siempre” es cómo titula hoy el diario L´ Équipe sobre el logro de los azules. Algo que, más allá del fútbol, más de un país quisiera para sus propias tapas. ¿Quién hubiese pensado que el equipo campeón de Rusia 2018 nos daría una clase de sociología y de planificación a mediano plazo? Para tomar nota.