Un equipo de 15 profesionales está embarcado en la tarea de ordenar y proteger la obra de Nicanor Parra. Una fundación y un antimuseo también surgen como proyectos para defender su legado.

  • 15 febrero, 2018
Retrato: Álvaro de la Fuente

El miércoles 7 de febrero el sol pegaba fuerte en Las Cruces; después de días de nubes, la playa estaba llena y cada tanto, por la escalera que lleva hasta la calle Lincoln, distintos grupos de personas subían a visitar la casa de Nicanor Parra. El lugar es por estos días una especie de memorial por donde circulan los veraneantes a dejar una flor, una cartita o un artefacto. Si antes se asomaban con la esperanza de ver aparecer al poeta en una ventana o en la puerta, ya no existe esa ilusión, pero en cambio pueden pasar al terreno vecino, donde alguna vez estuvo el Castillo Negro que fue su casa y se quemó. Ahí está enterrado el primer Parra Sandoval en llegar y el último en irse, frente al mar y cubierto de conchuela blanca.

Su sobrino, Lautaro Parra, ese día abre el candado para que la gente pueda pasar al sitio de la tumba, mientras aprovecha de invitarlos a una tocata que habrá al final de la tarde: “Todos bienvenidos y el aporte es voluntario”, anuncia. Lautaro es uno de los familiares que estuvo a cargo de la música el día del entierro. Junto al cuerpo de Nicanor, tomando sol en silencio y con un primo, está Colombina, su hija menor y declarada albacea y principal heredera del autor. Los visitantes la saludan, le dan sus condolencias, y una señora le comenta que vino desde Puerto Montt.

A metros de ahí, veranea Emilio de la Cerda, director de la Escuela de Arquitectura de la UC y uno de los principales aliados de Colombina y Tololo en lo que Nicanor bautizó como “Operación Inventario”.

Siendo vecinos, De la Cerda conoció al clan a partir del 2004, pero la relación se fue estrechando cuando le tocó ser profesor de Tololo en la UC. En agosto de 2017, el nieto de Nicanor se le acercó para pedirle su ayuda. La misión, encomendada por el propio antipoeta, era recuperar y proteger la casa de La Reina, que se encontraba muy deteriorada luego de haber sido habitada de manera informal por personas que no se preocuparon de su cuidado: había rumas de escombros y desorden generalizado.

De la Cerda fue secretario ejecutivo del Consejo de Monumentos Nacionales durante el anterior gobierno de Sebastián Piñera y la idea inicial era analizar una posible declaratoria como monumento histórico para el inmueble de La Reina. El arquitecto plantea que la obra literaria de Parra está bien protegida en términos de derechos de autor, pero se encuentra muy vulnerable en otros aspectos: los cuadernos, las bandejas, muebles, obras de Violeta Parra y las cuatro casas del poeta: Las Cruces, La Reina, Isla Negra y Conchalí. “Se trata de un patrimonio en sí mismo, es el andamiaje de la obra. Y eso no estaba protegido, al punto tal que las cosas se perdían y se transaban sin la debida autorización. Todo en un plano de informalidad enorme”, cuenta Emilio desde su patio, que se encuentra separado solo por una casa de la terraza de Parra.

Sobre el estado de lucidez de Nicanor –que algunos miembros de la familia han puesto en duda al conocerse el testamento–, De la Cerda dice que el autor estaba plenamente involucrado en la restauración de La Reina y también del esfuerzo por recuperar los papeles y artefactos que se encontraban repartidos. Se alegró, recuerda, cuando fueron devueltos voluntariamente seis cuadernos, diez bandejas y dos discursos. Pocos días antes de morir, el arquitecto lo visitó y le llevó una nota de la prensa donde se hablaba de la “Operación Inventario”. Esa última vez lo encontró avejentado y sordo, pero lúcido y contento por el rescate.

“Si no tienes levantamiento de arquitectura, ni estado de conservación de los atributos y los bienes, si no tienes un listado de qué has protegido y qué no, no puedes preservar nada. Para efectos de cualquier cosa, necesitábamos tener un inventario”, explica De la Cerda. Fue entonces que junto a Tololo y Colombina decidieron profesionalizar la situación y armar un equipo multidisciplinario. Lo primero fue conseguir la autorización del rector de la Universidad Católica, Ignacio Sánchez, quien comprometió el financiamiento necesario.

El trabajo partió en diciembre y actualmente se encuentra en la etapa 1, que consiste en un registro de la biblioteca de la casa de La Reina, que tiene más de 8.000 libros. Hay que revisar página por página por si hay anotaciones del poeta, registrar el número de edición, fijarse si está dedicado o autografiado, etcétera. Eso sin entrar todavía a una fase de conservación. El comité estratégico a cargo funciona ad honorem y está compuesto por Evelyn Didier, Eliana González, Lina Nagel y Carmen Fariña, además de De la Cerda, Colombina y Tololo.

“La Universidad Diego Portales ha hecho un gran trabajo poniendo en circulación la producción literaria de Parra. Pero creo que Nicanor tiene una importancia que desborda la escritura y no está acotada a la poesía, de eso queremos hacernos cargo”, agrega De la Cerda. La UC abordará entonces el plano de la arquitectura, de lo doméstico; la relación entre la obra literaria y los espacios.

Desde hace un par de meses también se están redactando los estatutos para una futura Fundación Parra. En paralelo, este año el Taller de Titulación de Magíster en la Escuela de Arquitectura UC tendrá como materia de trabajo el levantamiento de las casas parrianas. El taller lo integran ocho alumnos y lo dirige el propio De la Cerda junto al profesor Pedro Correa y con Cristóbal Ugarte como ayudante.

Tololo explica que esta investigación podría derivar en el proyecto de un museo o antimuseo: “En algún momento, mi abuelo hablaba de reconstruir el Castillo Negro, otras veces era partidario de no hacer nada porque las ruinas también tienen su valor”.

Según De la Cerda, el mayor desafío será manejar conceptualmente a un autor tan distinto, por ejemplo, a Pablo Neruda: “Parra no era un coleccionista, era un acumulador, y la diferencia es que el coleccionista sacraliza los objetos que colecciona, en cambio el acumulador los guarda por si en algún momento le sirven para algo. Son trabajos en proceso permanente”. El mismo Parra escribió en sus cuadernos: “Antimuseo, dirección obligada” y cuando le preguntaban cómo sería, respondía: “Quite the opposite (justo lo contrario)”.

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Los funerales de Parra

Vi por última vez a Nicanor Parra siete meses atrás, en la primera semana de junio del año pasado. Fui con Paulina, mi mujer, Sofía García-Huidobro y Patricio Fernández, quien le era muy cercano, entre otras cosas, por los continuos números especiales y homenajes que su revista, The Clinic, le rendía. Nicanor estaba sentado, cubierto con un chal y solo me reconoció a mí y luego a Paulina cuando ella le dijo que era esposa mía.

No lo había visto en más de un año y medio y sabía que era una despedida. “Hola, Raúl”, me dijo al verme. Me senté a su lado tomándole la mano y permanecimos así, por un largo rato en silencio mientras la sala se iba llenando de gente que entraba diciéndole: “Nicanor, soy la tanta o soy el tanto”, pero él no los miraba, como si no hubiera nadie, hasta que en un momento alzando los ojos donde estaba Paulina, me dijo: “Muchacho, ¡tú me levantaste a esa mujer!”.

Fue la última frase que le escuché en mi vida. Sí, era Nicanor Parra. A los minutos vinieron a recogerlo, ya no podía caminar y en un momento, mientras lo alzaban para sentarlo en la silla de ruedas, los pantalones se le vinieron abajo. Yo estaba atrás y desde entonces no he podido sacarme esa imagen de encima. Era la ferocidad de la antipoesía, la ruptura de toda la solemnidad, la vejez de 103 años sin maquillajes. ¿Quiso dar una señal contra la poesía de la vaca sagrada, contra la poesía del toro furioso, contra la poesía del pequeño dios? Bueno, allí estaba la señal.

Ahora se discute si Nicanor estaba o no lúcido. ¿Quién podría saberlo? ¿Quién podría saberlo de cualquier ser humano? ¿Quién podría decir algo de los últimos cinco días? ¿De las últimas cinco horas?

¿Quién podría decir algo de los últimos cinco minutos?

Lo conocí cuando yo tenía 20 años, en su casa en Isla Negra. Fui con un poeta de Valparaíso que lo frecuentaba y del que me había hecho amigo. Llevé mis poemas, pero solo al final me atreví a preguntarle si podía dejárselos y me contestó que sí. Lo volví a ver varias veces, pero jamás me los mencionó. Tiempo después salieron los Artefactos y no daba crédito a lo que veía: varios de mis poemas estaban allí convertidos en artefactos. O sea ¡eran buenos! Fue una de las alegrías más grandes de mi vida. Como muchas cosas que nunca le pregunté, tampoco le pregunté por esos poemas por temor a que creyese que le estaba haciendo un reproche o algo así. Cuarenta y siete años más tarde estaba despidiéndome de él mientras alguien le subía los pantalones. Siete meses después estaba en su funeral.

Fue un funeral extraño, se escuchaban cuecas guitarreadas por los músicos del clan, de pronto cantos gregorianos, muy bello todo, pero nadie, absolutamente nadie, habló; estaba la presidenta de la Republica, había escritores, autoridades, pero nadie le hizo un discurso de despedida o una semblanza, nada. Yo le había dedicado un poema a propósito del cambio de milenio y lo llevé pensando en leérselo, pero en vista de que nadie hablaba, lo guardé.

Una nota más sobre el funeral: se dice que a algunas personas, y a algunas muy cercanas a Nicanor, les prohibieron la entrada. Debe haber un error. Conozco a los hijos de Nicanor, al menos a los que estaban presentes, y sé que jamás serían capaces de una acción tan deleznable y facistoide como la de echar a gente de un funeral, y más aún del funeral de un poeta que le pertenece a la pluralidad profunda del pueblo. Seguro que fue un malentendido.

Pero estaba hablando de un poema dedicado a Nicanor Parra que no leí. Lo dejo acá, por si alguien quisiera mirarlo:

A Nicanor Parra

Sólo tú estás en la vanguardia, maravilloso
antipoeta y mago,
sólo tú eres más joven que yo,
sólo tú maestro mestizo de estrofas y guitarras
marchas adelante
cruzando el siglo como un pájaro que cruza el mar
sin alardes, simplemente
porque el pájaro es pájaro y el mar es el mar.
Tanto mar Nicanor Parra.
Nos morimos todos los días de nuevo pero tú eres
más joven
y eres siempre más joven.

La multitud y la noche se han llenado de estrellas
(tus hermanos te esperan en la noche blanca
y negra),
y yo te veo
y quiero seguirte,
pero tú vas mucho más adelante,
joven y bello, a la cabeza de la muchedumbre
con tu cuaderno de escolar flotando sobre todos.

Y tú saludas mientras las luminarias y las cámaras
te siguen,
cada vez más joven y bello,
al centro,
igual que una foto encontrada en el futuro.

(de Poemas militantes)