Probamos algunos de los nuevos vinos de la enóloga Cecilia Torres, de Viña Santa Rita. Aquí hay historia y mano de mujer. POR M.S. Amediados de los 80, viviendo en Europa, cuando nos bajaba la nostalgia, buscábamos con mi padre vino chileno en los supermercados. Con suerte había una o dos marcas y por lo […]

  • 6 abril, 2007

Probamos algunos de los nuevos vinos de la enóloga Cecilia Torres, de Viña Santa Rita. Aquí hay historia y mano de mujer.
POR M.S.

Amediados de los 80, viviendo en Europa, cuando nos bajaba la nostalgia, buscábamos con mi padre vino chileno en los supermercados. Con suerte había una o dos marcas y por lo general estaban escondidas al fondo de un pasillo. Entonces la imagen del país estaba ligada a Pinochet y no faltaban los rupos que llamaban a boicotear las etiquetas nacionales.

Todo eso cambiaría después, pero antes hubo un concurso que puso por primera vez a un vino del Maipo en el mapa mundial. Fue en 1986 cuando un cabernet sauvignon de Santa Rita, de la cosech a 1984, ganó un certamen organizado en París. Era una etiqueta sencilla, para los estándares de hoy, que compitió con vinos que costaban diez veces más, de países como Francia, España e Italia.

Es decir, David contra Goliat.

El creador de ese vino mítico fue Ignacio Recabarren y el resto es historia. Lo que pocos saben es que detrás de Recabarren, recién salida de la universidad, había una joven enóloga, una chica risueña y bastante inquieta, aunque de bajo perfi l. Era Cecilia Torres. Dos décadas después, su nombre es uno de los tres o cuatro mencionados al hablar de los enólogos más talentosos del país.

Con justa razón fue distinguida en 2006 como “Enóloga del año” por la Guía de Vinos, algo que en realidad debió haber pasado antes. Aparte de su modestia, quizá haya infl uido el hecho de ser mujer en un medio masculino y conservador. Quién sabe. Para Torres el género es más bien una ventaja. “Las mujeres tenemos una mirada global. Los hombres son obsesivos. Yo puedo hacer tintos y blancos, sin encandilarme”, me dice una tarde de marzo, en Alto Jahuel, mientras probamos algunos de sus nuevos vinos.

Con varias vendimias en el cuerpo, pero igualmente sencilla, ella aún trabaja en Santa Rita a cargo del mejor vino de la casa –y uno de los mejores del país: el Casa Real Cabernet Sauvignon Reserva especial, heredero en cierta forma del legendario tinto de 1984.

Se trata, por supuesto, de un vino mucho más ambicioso y sofisticado, no en vano han pasado 20 años en que la industria ha vivido múltiples transformaciones, desde la llegada de tecnología moderna y el auge exportador, hasta la apuesta por producir vinos de 80 dólares la botella. Entremedio se puso de moda el merlot, que luego resultó ser carménère, se descubrió Casablanca y de pronto todos estaban plantando chardonnay. Al día siguiente la estrella era el sauvignon blanc. Y luego el syrah y tal vez el pinot noir. Y así suma y sigue.

Entre tantos cambios, resulta una bendición que Torres siga haciendo vinos allí donde empezó. La única manera de conseguir que un vino sea perdurable es que haya una tradición, una manera de hacer las cosas que se mantenga en el tiempo, además por supuesto de un terroir privilegiado. De lo contrario se cae en los éxitos pasajeros, en los vinos que son fl or de un día, pero con el Casa Real Cabernet Sauvignon Reserva Especial tal riesgo no existe.

Me llama la atención Cecilia Torres. Es divertida y no tiene una pizca de arrogancia. Reconoce cosas que nunca había escuchado en un enólogo de su nivel. “Los vinos son muy caprichosos. Se terminan de hacer en la botella. A mí me cuesta mucho decidir la mezcla fi nal que voy a embotellar. Me demoro harto, llega a ser agotador.

Me pasó por ejemplo con el Casa Real Chardonnay 2005. Cuando lo embotellé no estaba conforme, pero lo abro ahora y dices ¡guau! El vino está espectacular”.

Cuando degustamos el Casa Real Sauvignon Blanc 2006, con un 85 % de Casablanca y un 15 % de Leyda, de estilo más tradicional maduro, Torres vuelve a sorprender por su franqueza: “Creo que Casablanca es un buen valle, pero no tiene la misma fuerza que Leyda. Casablanca es irregular, en cambio Leyda nunca defrauda y tiene una tipicidad increíble, que parece que no fuera Chile. Es algo que ayuda a diferenciarnos como país del resto del mundo”.

Después de probar el notable Floresta Syrah 2004, del que ya hablamos en estas páginas, es el turno de un vino imbatible: el Casa Real Cabernet Sauvignon 2004. Se trata de una etiqueta destinada al mercado interno y tiene una relación calidad precio que deja boquiabierto.

Vayan a comprarlo antes que se agote.

Terminamos con una primicia: el Casa Real Cabernet Sauvignon Reserva Especial 2003. La cosecha 2002 fue uno de los grandes vinos del año pasado y éste no le va en zaga. Coincido con Torres en que se trata de un tinto único, que no se parece a nada más que a sí mismo. Si eso no es ser clásico, ¿entonces qué?