La carrera espacial chilena no se da por vencida. Pretendemos poner en órbita un nuevo satélite en 2010; pero esta vez, uno bueno y esos son más caros. El proyecto implica unos 70 millones de dólares sin contar los gastos en su operación posterior. Nos duraría unos cinco años y serviría para tener nuestras propias fotos del territorio nacional, sin tener que pedirlas ni comprarlas a nadie.

  • 19 marzo, 2008

 

La carrera espacial chilena no se da por vencida. Pretendemos poner en órbita un nuevo satélite en 2010; pero esta vez, uno bueno y esos son más caros. El proyecto implica unos 70 millones de dólares sin contar los gastos en su operación posterior. Nos duraría unos cinco años y serviría para tener nuestras propias fotos del territorio nacional, sin tener que pedirlas ni comprarlas a nadie. Por Cristián Rivas Neira

 

 

Aquí vamos de nuevo. Nada de desfallecer ni sentirnos derrotados. Si el Fasat Alfa no resultó y su sucesor –el Fasat Bravo– pasó desapercibido, asumamos que aquello sirvió de aprendizaje y que nos preparó para lo que viene ahora: la puesta en órbita en 2010 de un satélite “de verdad”.

 

Conocido este historial, se entiende que a muchos parezca una locura gastarnos 70 millones de dólares en la construcción de esta máquina espacial, pero las voces del mundo gubernamental y académico concuerdan en que se trata de una cifra que se justifica y compensa con las ventajas de tener información directa y en el momento apropiado.

 

Porque esa es la idea. Que Chile tenga a su disposición, y en forma independiente, imágenes de todo su territorio, sin tener que depender de terceros y a una escala muy cercana. Incluso, las fotografías podrían tener un alcance de un metro de distancia y eso implica que el potencial de uso es amplísimo: desde estudiar los recursos naturales, vigilar las fronteras, monitorear el comportamiento marino, el nivel de los ríos, controlar las plagas y supervisar el desarrollo de las ciudades, hasta comprobar en detalle el pago de impuestos por construcciones no declaradas, como suele ocurrir –por ejemplo– con piscinas y ampliaciones domiciliarias.

 

El proceso está justo a medio camino. En febrero pasado, las siete empresas participantes de la licitación pública iniciada en abril de 2007 entregaron sus propuestas al grupo de trabajo que dirige la subsecretaría de Aviación y en el que participan representantes de las Fuerzas Armadas y organizaciones académicas y científi cas. Concursan compañías de Francia, Israel, India, Canadá, Corea del Sur y Rusia.

 

De entre ellas, se seleccionarán las ofertas más atractivas y se iniciará una segunda ronda de negociación de la cual saldrá la firma elegida, que presentará el plan a la Presidencia en mayo. El proceso no debiera tardar más tiempo –explica el subsecretario de Aviación, Raúl Vergara–, pues la decisión en el gobierno ya está tomada e incluso en diciembre pasado se cursó el visto bueno final para el uso de los dineros, que provendrán de los fondos que entrega a las Fuerzas Armadas la ley reservada del cobre.

 

 

 

Inicio del conteo

 

Teniendo en cuenta el ruido comunicacional que se armó, es difícil evitar cierto bochorno al recordar la primera experiencia espacial chilena. Ocurrió el 31 de agosto de 1995, cuando todo el país siguió en vivo por televisión el lanzamiento del satélite ucraniano que llevaba adosado el Fasat Alfa, una máquina de unos 50 kilos que nuestro país había construido con la ayuda de una empresa inglesa y que le permitiría realizar una serie de experimentos y tareas desde la atmósfera.

 

El coordinador de la Agencia Chilena del Espacio, el ingeniero satelital Héctor Gutiérrez, recuerda que la plana mayor de la aviación estaba reunida en un subterráneo del ex aeródromo Los Cerrillos, siguiendo paso a paso el procedimiento. “Estaba lleno de gente. Era un lugar muy pequeño y todos esperábamos con ansias el resultado del lanzamiento y el desacople del satélite madre. Estábamos tan pobres de comunicaciones que nos íbamos enterando de lo que ocurría por la televisión, ya que no teníamos medios propios, salvo la radio y algunas llamadas telefónicas. De pronto, se recibió una información errónea: que el satélite se había separado y, por lo tanto, se aseguraba el éxito. Incluso hubo brindis con champaña. Pero a los pocos minutos la verdad empezó a asomar. Los técnicos que debían hacer contacto con el satélite nos decían que no había ninguna señal. Fue el primer apronte de que algo andaba mal”.

 
 
El primer Fasat: el orgullo
chileno frustrado a
mediados de 1995.

 

 

 

Dicen que el problema estuvo en el bajo costo del satélite, unos 5 millones de dólares, lo que implicó usar tecnología no probada en el espacio, con todos los riesgos que eso suponía. Uno de ellos hizo fracasar el proyecto: no estallaron los elementos pirotécnicos que debían cortar los pernos que sujetaban al Fasat al otro satélite.

 

“Fue un tremendo golpe para Chile porque no teníamos experiencia y nos afectó mucho el fracaso del primer intento”, reconoce Gutiérrez. Por eso, cuando –utilizando el dinero de los seguros comprometidos– se construyó el Fasat Bravo (copia fiel de su antecesor), su lanzamiento y operación a partir de 1998 se concretaron en forma más silenciosa. Así, el desempeño del Fasat Bravo pasó casi inadvertido durante la mayor parte del tiempo que estuvo en órbita hasta 2001, cuando se agotaron sus fuentes de poder y se transformó en chatarra espacial.

 

Gutiérrez dice que ambos procesos fueron muy importantes para el país porque, pese a que tenían resultados acotados, como mediciones o avistamientos particulares, sirvieron para comenzar a formar expertos chilenos en el tema satelital. El mismo formó parte del grupo, enviado a hacer postgrados en la Universidad de Surrey, en Inglaterra.

 

 

 

Seguidilla de adversidades

 

Lo que vino después fue más bien tiempo perdido. En 2001, el gobierno de Ricardo Lagos decidió formar una comisión asesora presidencial para desarrollar el tema espacial. Surgió así la Agencia Chilena del Espacio, que ha sobrevivido hasta ahora con mínimos aportes financieros.

En ella tienen participación diversos subsecretarios, Conicyt y el Consejo de Rectores. Su primera misión fue generar una institucionalidad que permitiera desarrollar el área, lo que finalmente no prosperó porque Hacienda se mostró reticente a entregar recursos a una nueva instancia estatal. El tema no se retomó hasta 2005, cuando el entonces subsecretario de Aviación, Carlos Parra, decidió crear una comisión formada por representantes de las Fuerzas Armadas y de otros organismos estatales y académicos.

 

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Se hicieron contactos con la empresa europea EADS (líder global de la industria aeroespacial, de defensa y servicios relacionados y que incluye al fabricante de aviones Airbus y Eurocopter, entre otras cosas) y se llegó a firmar protocolos para la fabricación de un nuevo satélite, pero la orden de compra no alcanzó a ser despachada antes de finalizar el mandato de Lagos. El nuevo gobierno decidió continuar con el proceso y seguir las negociaciones con la compañía europea, pero algunos parlamentarios se quejaron por no ser consultados ni haberse convocado a una licitación abierta.

 

Christophe Roux, de EADS Astrium, quien
apoya la decisión de avanzar en
un nuevo proyecto satelital.

A mediados de 2006, la entonces ministra de Defensa, Vivianne Blanlot, decidió postergar nuevamente el proceso, que finalmente desembocó en que en abril del año 2007 se iniciara un llamado internacional, al que fueron invitadas 25 compañías globales.

 

EADS y otras seis empresas presentaron propuestas. Desde Francia, el director de exportación y cooperación de EADS Astrium, Christophe Roux, sostuvo que la opción chilena de proseguir con un proceso de adquisición de un sistema satelital de observación de la tierra se inserta en una tendencia mundial, en la que muchos países en vías de desarrollo ya tienen sistemas operativos o los están implementando. “Es algo lógico, para un país que quiere seguir con sus esfuerzos para aumentar su nivel de desarrollo y autonomía, contar con una herramienta estratégica que se transforme en su propio ojo desde el espacio… tener un sistema espacial propio permite una existencia más fuerte, más afirmada al nivel internacional”, argumentó.

 

 

 

Album propio

 

Al explicar el proyecto actual, el subsecretario Vergara sostiene que el satélite que se busca adquirir pasaría por el territorio entre 6 y doce minutos unas 4 ó 5 veces por día. Esto significa en la práctica que podría tomar fotografías más o menos durante 60 minutos por jornada y, considerando que su capacidad es de unas 100 fotos por minuto, los resultados serían más que beneficiosos.

 

De hecho, añade que el ahorro en compra de fotografías a terceros sería alto, pues a nivel público se gastan como mínimo unos 5 millones de dólares anuales y a nivel privado la cifra podría incluso superar varias veces ese número, considerando que grandes empresas –como las mineras– compran a diario imágenes de territorios en exploración. Incluso podrían ahorrarse recursos como los solicitados en el proyecto que desarrolla actualmente el ministerio de Bienes Nacionales con el Instituto Geográfico Militar, para renovar la cartografía nacional y que tiene presupuestado gastar unos 40 millones de dólares en imágenes.

 

En esa misma línea, el glaciólogo senior del Centro de Estudios Científicos (CECS), Andrés Rivera, agrega que como organismo científico estarían dentro de los beneficiados con la compra; sobre todo, porque hasta ahora se nutren de imágenes entregadas por organismos internacionales, pero que no llegan en tiempo real.

 

El gobierno está dispuesto a pagar unos 70 millones de dólares a la empresa que se adjudique el proyecto y que incluye el satélite, su puesta en marcha y algunas instalaciones menores como antenas y estaciones de recepción de datos. Es muy probable que una de ellas se instale en Pudahuel, y se evalúan otras ubicaciones. A esta cifra se sumarán unos 12 millones de dólares en gestión en el lapso de cinco años que, se supone, tendrá de vida útil. Y esta inversión no se detiene. “Al tener un satélite, entramos al club de los países con estos sistemas, lo que implica que tenemos que seguir invirtiendo periódicamente para renovarlos. Es algo a lo que se han subido otros países y es imposible salir de ello”, describe Gutiérrez.

En la región, la delantera la ocupan Brasil y Argentina. Cada uno tiene varios satélites de distinto tipo circulando en la atmósfera e, incluso, los brasileños ya cuentan con estaciones de lanzamiento, las únicas en Lationamérica. Venezuela también inició la compra de un satélite recientemente, para la cual dispuso de más del doble de recursos que Chile.

 

 

 

La NASA chilena

 

Como la idea es pensar en grande, desarrollar un proceso de largo plazo y no quedarnos atrás en la carrera espacial latinoamericana, los promotores del proyecto propugnan ahora la creación de una institucionalidad en la materia: un organismo netamente civil, para ponerse a la par de las otras agencias espaciales del mundo.

Ello permitiría, por ejemplo, recibir fondos de organismos multilaterales como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y, con ellos, contar con apoyo para futuras inversiones, como lo hace Argentina, que recientemente recibió de esta institución 40 millones de dólares.

 

Además, el hecho de que sea civil daría pie a una amplia cooperación internacional, porque el tránsito de los satélites en la órbita cruza los distintos rincones del planeta, ya que giran en dirección a los polos, lo que permitiría tomar fotografías e intercambiarlas con otros países que ya están en la movida.

 

La creación de esta institucionalidad también avanza. Vergara explica que se han desarrollado varios estudios en busca de la fórmula para materializar esta iniciativa. Dice que buscarla a través de un proyecto de ley puede tardar varios años, por lo que ve más óptimo hacerlo vía decreto. Gutiérrez agrega que los análisis previos sitúan a la nueva agencia espacial al amparo del Ministerio de Economía, que –según afirma– pasará a agrupar todas las áreas de desarrollo, ciencia y tecnología en el futuro cercano.

 

No obstante, en el camino pueden encontrarse varios peros. El senador e integrante de la Comisión de Defensa Jorge Arancibia dice que, hasta ahora, el gobierno no ha informado de sus planes concretos al Congreso y que el proyecto que se venía estudiando en forma previa no satisfizo a varios parlamentarios. Advierte que, pese a que considera valiosa la información que pueda entregar el satélite, hay que realizar un proceso de análisis de la prestación que entregará para ver si, finalmente, es rentable frente a otras alternativas.

 

En todo caso, explica que no es obligación que el gobierno entregue pormenores de la iniciativa al Congreso. Pero que lo que abunda no daña. Y para que un proyecto como este vea la luz, se requieren mucha información, transparencia y participación.

 

 

Millares en órbita

Por más de 40 años, las grandes potencias mundiales desarrollan y ponen en órbita sus satélites. Comenzó la Unión Soviética (con el conocido Sputnik, en 1957) y siguieron Estados Unidos y Europa. A ellos se sumaron China, India, Brasil, Corea del Sur y Japón, entre otros. En total, se calcula que se han enviado al especio más de 5.000 aparatos.

 

Existen distintos tipos de satélites en circulación. Los más reconocidos son los de comunicación, que se mueven a una distancia de 36 mil kilómetros de la superficie terrestre, y los de observación, que viajan a una altura de entre 500 y mil kilómetros. La vida útil depende de la tecnología involucrada. Olvidando los satélites casi experimentales del tipo Fasat Alfa, que pueden tener una vida útil menor, los de comunicación sobreviven alrededor de 15 años, mientras que los de observación, unos cinco años como mínimo. La regulación internacional exige que una vez cumplido el tiempo de vida útil –cuando sus baterias se agotan– el satélite sea trasladado hacia una posición orbital específica, también conocida como “estacionamiento”, para lo cual cuenta con combustible en su interior que le permite movilizarse hasta ese sitio. A partir de ahí, van cayendo progresivamente hasta entrar en contacto con la atmósfera y destruirse.