A trece años de su debut tras las cámaras, Robert de Niro entrega una película que tiene el recogimiento de una sonata y la densidad de una sinfonía. POR HECTOR SOTO.

  • 4 mayo, 2007

Un personaje cuya conexión con el mundo pasa mucho antes por la mirada que por las palabras. Una película que regresa a las verdades elementales del cine.
POR HECTOR SOTO

A trece años de su debut tras las cámaras –puesto que en 1993 dirigió Un cuento del Bronx, retrato de un joven que se debate entre la autoridad paterna y la mafia– Robert de Niro entrega una película que tiene el recogimiento de una sonata y la densidad de una sinfonía. En una época en que es difícil encontrar en Hollywood realizaciones de espesor, en que es difícil hallar un cineasta capaz de confi ar en la duración del plano, y más difícil todavía dar con una historia que no funcione con la lógica de los juegos de computador, El buen pastor propone un regreso a las verdades elementales del cine: personajes, conducta, observación, detalles y silencios. Siendo así, no tiene nada de raro que la realización haya sido olímpicamente ignorada en la última carrera de los premios Oscar.

A partir de la mirada de su protagonista, el guión rescata en distintos planos temporales la historia de Edward Wilson (Matt Damon), un personaje libremente inspirado en James J. Angleton (1917-1987), graduado de Yale que sirvió en la OSS durante la segunda guerra y que, entre 1954 y 1974 estuvo a la cabeza del departamento de contrainteligencia de la CIA. Aunque no era como el protagonista aficionado a construir barcos en miniatura sino a cultivar orquídeas, Agleton sí compartió con él la inclinación a la poesía –conoció a Pound y T.S.Eliot–, y llegó a ser el gran consejero en la sombra de directores de la CIA como Allen Dulles y Richard Helms.

De Niro define a Wilson a partir de una presencia retraída, de un temperamento prácticamente impenetrable, de un férreo control sobre la expresión de las emociones y de una conexión con el mundo que –tal como su puesta en escena– pasa mucho antes por la mirada que por las palabras. Posiblemente, el mayor mérito de la dirección es haber formateado la obra en estricta coherencia con los rasgos de carácter de su protagonista, desde que es reclutado para operaciones secretas durante la segunda guerra hasta que queda a cargo de los servicios de contraespionaje de la CIA y experimenta en su propia familia los costos del fracaso de esa agencia en el desastre de Bahia Cochinos, cuando fracasa la operación llamada a aplastar la revolución cubana.

Mucho más la que historia de la CIA, en tanto repartición llamada –como dice en un momento su inspirador– a “ser los ojos y oídos de Estados Unidos en el mundo, pero no su alma”, El buen pastor es una película sobre la represión y la desconfianza que captura con especial agudeza el enrarecido clima de intrigas, señuelos, traiciones, transferencias y trampas en que se desenvolvió el espionaje durante la guerra fría.

Pausado, majestuoso en algunos pasajes y extremadamente refl exivo casi siempre, el fi lme debe su estatura y su ambición mucho más a la dirección que al guión de Eric Roth (Forrest Gump, El informante, Ali, Munich), una pieza que venía dando vueltas desde hace diez años por lo menos en la industria, que en algún momento llegó a ser el objeto del deseo de varios estudios y que fi nalmente quedó en manos de Robert de Niro. De hecho, uno tramos más discutibles de la cinta –el ambiente de las hermandades secretas en las universidades norteamericanas de los años 40– está completamente fuera de lugar en esta cinta recogida, fría y austera, y constituye más bien un tributo a esa rentable paranoia que acuñó en el imaginario hollywoodense El Código Da Vinci con su asombrosa carga de sandeces. Sin un error de estas proporciones, El buen pastor ya estaría entre los clásicos.