El presidente electo puede dar inicio a una nueva página de las relaciones hemisféricas.

  • 12 noviembre, 2008

 

El presidente electo puede dar inicio a una nueva página de las relaciones hemisféricas. Por Heraldo Muñoz.

El pueblo norteamericano hizo historia el 4 de noviembre al elegir a un político afro-americano, el senador Barack Obama, como presidente de Estados Unidos. Ello dejó en videncia la capacidad de Estados Unidos para reinventarse a sí mismo como país, revelando, de paso, los cambios profundos que han ocurrido en su seno desde los tiempos no muy lejanos de la segregación racial. Baste recordar que tan sólo hace cuatro décadas fue asesinado el líder del movimiento de los derechos civiles de los negros, Martin Luther King.

Pero sería errado pensar que la victoria de Obama fue un triunfo en clave racial. Por el contrario, ganó no sólo porque fue el candidato de los afro-americanos, sino que el de la generación “Youtube”, de los latinos, de los opositores a la guerra en Irak, de quienes han sufrido la crisis hipotecaria, de quienes no tienen un seguro médico digno y de aquellos que aspiran a más y mejores oportunidades en el país más rico de la tierra. Obama encarna el futuro y la renovación del “sueño americano”.

Cuando Ronald Reagan era presidente, pronunció en Berlín una frase para el bronce: “Sr. Gorbachev, eche abajo este muro”. Obama ya ha derrumbado varios muros invisibles, entre ellos aquel que se había erguido entre EE.UU. y la comunidad internacional en los últimos años como expresión de la pérdida de prestigio mundial de Washington.

El presidente electo despierta simpatía por su conducción serena de una campaña altamente eficiente e innovadora y por su sensibilidad internacionalista, producto de su trayectoria como hijo de un keniano, residente en Indonesia durante su niñez, y en Hawaii, lugar de encuentro entre el Este y el Oeste, en su juventud. Obama es un “norteamericano globalizado”.

Por cierto que en algún momento, en algún tema, surgirán diferencias entre su administración y los principales actores de la comunidad internacional; pero Obama, probablemente, tendrá una “luna de miel” más larga con el mundo. La comunidad internacional le otorgará más crédito porque anhelaba ver a un presidente en la Casa Blanca que percibiese oportunidades globales, en vez de sólo peligros, y que entendiese que vivimos en un mundo interdependiente donde los grandes desafíos que enfrentamos, desde la actual crisis financiera hasta el cambio climático o el terrorismo, sólo pueden resolverse a través de la cooperación y de la negociación multilateral, y no desde el unilateralismo.

La primera reunión de jefes de Estado y de gobierno a la cual deberá concurrir el nuevo presidente será la Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago, en abril de 2009. Allí puede dar inicio a una nueva página de las relaciones hemisféricas -sin propuestas ambiciosas y de manera realista-, centrada en la democracia, el libre comercio, el combate a la pobreza y la desigualdad, y en el uso de la diplomacia y el diálogo para resolver las diferencias y los retos comunes.

El círculo íntimo del equipo de gobierno en formación pareciera ser un diferente grupo de Chicago Boys: asesores políticos de esa ciudad, encabezados por el talentoso congresista Rahm Emanuel. No será fácil la tarea que Obama tiene por delante, pero la esperanza que ha suscitado es un capital innegable que debería manejar con la misma sensatez y serenidad que mostró durante la campaña electoral.

El autor es embajador de Chile ante la ONU.