El discurso del presidente norteamericano esconde mucho más que frases para el bronce. Los autores están empezando a reconocer al Obama estadista. Por Renato Cristi

  • 29 diciembre, 2010

El discurso del presidente norteamericano esconde mucho más que frases para el bronce. Los autores están empezando a reconocer al Obama estadista. Por Renato Cristi

 

El discurso del presidente norteamericano esconde mucho más que frases para el bronce. Los autores están empezando a reconocer al Obama estadista. Por Renato Cristi

"Obama es el peor presidente en la historia de los Estados Unidos”, dijo Ben Quayle, candidato republicano durante la última campaña electoral. Y sabe lo que dice porque su padre, Dan Quayle, es unánimemente considerado el peor vicepresidente de la historia americana. El hecho de que Ben haya sido elegido y que los republicanos hayan retomado la Cámara Baja muestra que la fortuna política de Obama ha sufrido un serio revés.

En sus primeros meses como presidente, su aprobación en las encuestas superó el 60%. Pero el alto nivel de desempleo, causado por la crisis financiera de 2008, no ha cedido, dejando la popularidad por debajo del 50%. Algunos comentaristas también atribuyen la erosión a los ingentes paquetes legislativos promulgados por su administración. Otros apuntan a su estilo de conducción política. Advierten su preferencia por el compromiso y el diálogo intelectual con sus adversarios, viendo en esto una capitulación de sus principios.

Si los electores terminan por rechazar su estilo de hacer política, esta sería la mejor venganza de George W. Bush. En Decision Points, las memorias que acaba de publicar, el ex presidente defiende las catorce decisiones fundamentales de su vida. Sin duda, la más desventurada fue la invasión de Iraq. Mientras Bush celebra sus decisiones y subestima la deliberación, Obama la enfatiza, pero es criticado como incapaz de liderazgo decisivo.

¿Son las ideas y el estilo político de Obama lo que explica la decepción de los votantes? ¿Fue su derrota electoral en noviembre también una derrota intelectual? Para responder estos interrogantes habría que preguntarse ¿cuáles precisamente son sus ideas y su cuestionado estilo político?

La respuesta la tiene James T. Kloppenberg en su biografía intelectual Reading Obama: Dreams, Hope and the American Tradition (Princeton University Press, 2011). Pero las ideas, reconoce este profesor de Harvard, no aparecen a primera vista en los dos libros que ha publicado. Obama evade el lenguaje intelectual y abstracto propio de los teóricos, y por ello el autor las encuentra bajo la superficie de su discurso.

Kloppenberg, en primer lugar, trae a luz el contenido del mensaje. Obama se ciñe al reformismo progresista de Franklin D. Roosevelt y sus políticas en pro de la igualdad: regulación de la economía, salarios mínimos, impuestos progresivos, negociación colectiva y acceso a la educación superior. Medidas que logran promover una creciente igualdad en los ingresos, pero a partir de Reagan se cuestiona su legitimidad y se interpreta la desigualdad como una virtud. El programa de Obama restaura la legitimidad del New Deal y busca revertir la tendencia a la desigualdad.

Obama está en deuda con el ideal de igual libertad que propone Rawls. También asume, reconoce Kloppenberg, las críticas a Rawls por parte de pensadores como Taylor y Sandel. Al invocar el bien común, la virtud ciudadana y el sacrificio individual, Obama “busca resucitar una vieja manera de pensar la política” que lo conecta con el republicanismo cívico de Jefferson y Tocqueville.

En segundo lugar, Kloppenberg analiza la forma como Obama implementa sus ideas. Aquí encontrará el lector amplio material para refutar a quienes critican a Obama por su falta de liderazgo decisivo y su afán de lograr compromisos con sus adversarios. Tres aspectos aparecen como constitutivos de este estilo. Primero, Obama interpreta la Constitución americana como un organismo viviente. Los Founding Fathers inician una conversación que se ha ido desarrollando en el curso de la historia y que es necesario adaptar a las circunstancias. Piensa que están equivocados quienes, como el juez Scalia, se aferran al texto constitucional original. Esto explica la flexibilidad que demuestra Obama para enfrentar los desafíos legislativos. Segundo, su pensamiento está profundamente enraizado en el pragmatismo de James y Dewey. No se trata de un pragmatismo vulgar que rechaza todo principio y busca el compromiso como fin en sí mismo. Su pragmatismo es filosófico. Valora la experimentación, la tolerancia y el debate, y rechaza el absolutismo ideológico.

Tercero, estas tendencias se fusionan con los hábitos republicanos de la práctica democrática americana. Esto lo percibe ya Tocqueville, quien elogia la capacidad de los americanos para lograr compromisos con los adversarios y no triunfos abrumadores.

Según Kloppenberg, las ideas y el estilo político de Obama lo sitúan en línea con presidentes filósofos como los dos Adams, Madison y Wilson. También lo compara con Roosevelt, pero reconoce que no cuenta con los 79 senadores demócratas con que éste inició su segundo mandato. Asimismo reconoce que el hiperpartidismo actual dificulta una política de compromisos.

El 13 de diciembre recién pasado se inauguró el movimiento NO LABELS (sin etiquetas) al que adhieren destacados políticos e intelectuales de ambos partidos y que es liderado por el alcalde de Nueva York. En su propósito de superar el hiperpartidismo y la polarización, promete ser el perfecto antídoto del Tea Party. Tres días más tarde, la Cámara aprobó el compromiso que posterga por dos años la abrogación de impuestos a los más adinerados, promulgada por Bush a cambio de medidas que alivian la carga impositiva de la clase media. Punto a favor.