• 4 agosto, 2016

Director Revista Capital

En matemáticas, un número imaginario es aquel “número complejo cuya parte real es igual a cero”. Un concepto que en los tiempos que corren ha desbordado la matemática y que parecen estar manejando al revés y al derecho en política, a juzgar por la forma en que el discurso de nuestros representantes conversa con las demandas y presiones de la sociedad.

En efecto, basta mirar otra definición de número imaginario (ésa que dice que éstos son números introducidos para posibilitar la resolución de ecuaciones que no tienen solución real), para darse cuenta de que calza a la perfección con las lógicas que usan tantísimos servidores públicos a la hora de preparar sus programas de gobierno y discursos para la galería.

De economía uno, y hasta de colegio, es la frase que apunta que las necesidades son infinitas y los recursos escasos. No se trata de una sentencia obscura, sino que más bien de una cuestión luminosamente obvia y que, no obstante, brilla por su ausencia a la hora de ver cómo se han estado planificando políticas públicas y reformas estructurales y cómo parece que podrían tomar forma las futuras promesas de campaña. Una omisión tan escandalosa en el diseño e implementación de políticas que lo único que se puede pensar es que, para no acusar ignorancia e incompetencia, detrás de ella hay ingenuas mentiras blancas y torpes trampas en el solitario.

Educación gratis para todos; infraestructura en niveles suficientes para dejar de perder productividad (como ha sido la tónica de los últimos años); salud universal garantizada y con óptimos niveles de calidad para todos; y, ahora, pensiones dignas para todos los chilenos, son declamaciones que suenan obscenamente parecidas a las incógnitas de una ecuación compleja que sólo se puede resolver con números imaginarios.

Tal vez los pecados detrás de estos castillos imaginarios serían menos capitales si la fuente de la cual manan los recursos para cumplir las promesas gozara de buena salud. Pero la economía, por el contrario, se ve famélica y crónicamente desnutrida. Un problema por partida doble, entonces, es el que tenemos bajo nuestras narices, ya que para ponerlo en simple, la dinámica en que estamos atrapados es una en donde las necesidades son exponencialmente infinitas y los recursos crecientemente escasos.

Lo peor que se puede hacer ante esta explosiva realidad es seguir jugando el mismo juego y entender que el rol de quienes ostentan cargos de responsabilidad pública es una cuestión distinta a la de ser un cheerleader de quienes vociferan más en las redes sociales o en la calle. •••