• 30 noviembre, 2010


Ganará la partida de lo “nuevo” aquel que sea capaz de construir los consensos. La reforma a la educación y al sistema electoral serán la oportunidad. Mientras cada actor -gobierno y oposición- esté tan apasionado en demostrar lo novedosa de su propuesta o lo asertivo de su rechazo, el país espera que estos cambios ocurran con urgencia.


Parto de una premisa: siempre que alguien empieza autodefiniéndose, desconfío. Me recuerda a un amigo de colegio que antes de contar sus imaginarias hazañas partía con un: “no es que sea mentiroso, pero…” y acto seguido venían las historias más irreales que he oído. O a la señora Berta, la peladora del barrio, quien antes de utilizar su lengua filosa decía: “no es que sea cahuinera, pero…”

En la nueva derecha algo me huele parecido. Algo viejo hay en alguien que necesita proclamarse como nuevo. Algo le duele de su pasado que necesita un quiebre, pero se sabe incapaz de hacerlo todavía. Refundar algo en la cultura de la derecha chilena es casi tan viejo como proclamarse independiente. Hay algo en su ruta que los obliga a hacerlo: han sido pelucones y pipiolos, liberales y conservadores, partido nacional, RN y UDI. Cada vez compitiendo para demostrar quién es más nuevo en su vieja historia. Vamos por partes. No hay nada novedoso en lo que el ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, define como la “nueva derecha”. Son parte de la vieja agenda liberal, que desde la fallida patrulla juvenil viene enarbolando hace rato. La diferencia es que ahora parecen ser mayoría en el gobierno y tienen la oportunidad de hacerlo carne. Pero siguen siendo una minoría en sus partidos (sus presidentes, Carlos Larraín y Juan Antonio Coloma, distan de ser “renovados”). Son poco creíbles si los resultados en que avalan su “modernidad” provienen más bien del azar o del pragmatismo. Menos, si conviven con el viejo autoritarismo que tilda de “antipatriota” a cualquier embate opositor. Mal leen a Cameron o Sarkozy si no comprenden que lo “nuevo” no es enarbolar las banderas propias o ajenas, sino dejar de lado la cultura autoritaria, intolerante y soberbia que subyace en la “vieja derecha”. Deben ser capaces de liderar procesos de reforma, aun cuando estos sean impopulares o atenten contra sus viejos paradigmas. Lo que sustantiviza lo “nuevo” es la capacidad de cristalizar una agenda país distinta. Y consensuada, no anunciada. Y dejar de lado a los socios que no estén de acuerdo con ella. Lo que vemos es que la vieja cultura se impone al tratar de llevar la agenda en este gobierno. De ahí la retórica de “la revolución en educación”, o “en 20 años no se hizo nada” o “en 8 meses hemos cambiado todo”, todas frases que violentan más que unen. Bien por el esfuerzo de Hinzpeter, pero parece una raya en el agua.

La Concertación no anda muy lejos. Varios de sus líderes la han declarado muerta, refundada o agónica. Pero se niega a morir. Se intenta revitalizarla tratando de reunir a todas las “fuerzas” opositoras en un pacto amplio. El 88 tuvimos una alianza amplia y ganamos, el 2010 en segunda vuelta también y… perdimos. No es muy creativa la solución. Todo cambia para que todo siga igual. Los que se fueron se pasaron al otro lado y ser sólo oposición los mantiene ahí. El dilema es que pasa demasiado tiempo encerrada en Valparaíso, donde sumar agrega valor y los votos se cuentan por partidos. En el país no es igual: las personas votan por razones muy distantes a la militancia o a la coalición del candidato. Hay sumas que restan. Y lo seguro es que “partidocrizar” la democracia resta. Entonces, ¿hay algo nuevo en una coalición con más partidos? No. Simplemente, la Concertación dejó de gobernar la agenda y se transformó en una coalición agria. Lo nuevo es que alguien sea capaz de matarla a través de una nueva agenda de centroizquierda: moderna, social e inclusiva. Bien lejos de lo que está pasando: un diálogo entre viudos y ex, debatiéndose entre defender los 20 años pasados y convencer a los amigos que se les fueron. Inventar un nuevo clivaje post SI y el NO es innovar. Lo viejo es recurrir a formuladas que “suponen” mayoría y jugar todos a ser el mejor opositor. El inicio es distribuir bien los roles entre quienes fiscalizan, inspiran y proponen.

Ganará la partida de lo “nuevo” aquel que sea capaz de construir los consensos. La reforma a la educación y al sistema electoral serán la oportunidad. Mientras cada actor –gobierno y oposición– esté apasionado en demostrar lo novedosa de su propuesta o lo asertivo de su rechazo –reforma a la educación; voto voluntario versus obligatorio–, el país espera que estos cambios ocurran con urgencia. El innovador será el que sea capaz de construir el acuerdo y la mayoría, logrando el resultado. El que provoque y desate la reforma será el ganador. Los tiempos buscan nuevos políticos capaces de construir grandes mayorías. En el intertanto, miran con sospecha a los que entrelíneas dicen… “no es que sea viejo, pero….”