Rodrigo Delaveau
Abogado constitucionalista

Existe una gran dicotomía entre sostener, por un lado, que Chile debe contar con una nueva Carta Fundamental –que parta de cero– y, por otro, que se busque construir una Constitución que nos represente a todos. Ambas propuestas pueden resultar antagónicas entre sí, lo que implica analizar entonces, los caminos posibles.

En un reciente seminario sobre cambio constitucional, Patricio Zapata, haciendo un notable símil futbolístico, afirmaba que necesitábamos una Constitución donde no jueguen algunos de local y otros de visita, sino más bien una Carta Fundamental que fuera “la casa de todos”.

Reconociendo la originalidad de la analogía, es también de justicia reconocer que el estadio se encuentra en muy buenas condiciones estructurales, y donde el equipo “visitante” ha ganado numerosos encuentros, en especial a partir de 2005, los que, me atrevo a decir, superan a las victorias del local. Por eso, más que demolerlo –y quedarnos todos sin ningún estadio por mucho tiempo, sin saber cómo será el nuevo recinto, si tendrá más capacidad que el anterior, ni cómo pretende construirse ni financiarse– lo más probable es que sólo necesite una buena remodelación y modernización, y quién sabe, quizás un cambio de nombre, cosa que ya se hizo en una oportunidad.

Más allá de las comparaciones deportivas, lo cierto de la tesis de la Constitución de todos no es enteramente consistente con la visión de una “Nueva Constitución”. En efecto, existe una gran fractura insoslayable entre sostener, por un lado, que Chile debe contar con una nueva Carta Fundamental que parta de cero, y que, por otro, se busque construir una Constitución que nos represente a todos.

La primera de las opciones implica un desconocimiento de 200 años de tradición y evolución constitucional, borrando de un plumazo los irrefutables avances conseguidos en los últimas tres décadas, muchos de los cuales encuentran su fundamento institucional en la Constitución vigente, fruto de experiencias históricas nacionales y comparadas y una buena dosis de acuerdos.

Lo sorprendente acá es que diversas instituciones supuestamente imputadas –para bien o para mal– al texto de 1980, son en realidad fruto de esta tradición. Así, el presidencialismo reforzado proviene, en gran parte, de la reforma de fines de los 60 a la Constitución del 25; las bases del Estado de Derecho de la Constitución de 1833 y el artículo 1º de la mismísima Declaración de los Derechos del Hombre de la Revolución Francesa.

Resulta difícil vislumbrar cómo una nueva Constitución parta de la base de que todo en la actual es malo, no sólo desde el punto de vista pragmático, sino que negaría muchos de los valores y principios de quienes desean erradicarla. Ésta es una razón de por qué no puede nunca “partirse de cero” en materia constitucional: ello implicaría desfondar el propio piso donde estamos parados, sin punto de apoyo para construir una nueva ingeniería constitucional (nadie puede apretar una tuerca en el espacio exterior).

El camino contrario, es decir, la idea de una “Constitución de todos”, parece más razonable, pero no exenta de un dilema central que se condensa en la elección de dos caminos distintos. El primero de ellos sería el del empate. “Tú pusiste cosas en la Constitución que son de tu gusto, ahora déjame poner la mías”, o como brillantemente lo ha señalado Jorge Correa Sutil, la “Constitución Tarjeta de Navidad”, donde cada uno exprese sus sueños y deseos para los años que se vienen, con el riesgo adicional de que sea una Constitución populista, anulada y frondosa, donde todo está en ella, y cuando todo es constitucionalizado, nada lo es.

El segundo de los caminos, en cambio, es el que han tomado muchas naciones en relación a sus pactos supremos: el minimalismo constitucional, donde sólo incluimos aquello justo y necesario para la Carta Fundamental, de modo que nos represente a todos y reduzcamos los conflictos constitucionales.

Este minimalismo, junto a una aproximación pragmática y moderada a la hora de enfrentar cambios constitucionales, podría abrir una esperanza de acuerdo en torno a este tema. A modo de ejemplo, la descentralización del poder y las decisiones, parecen ser un punto que concita el apoyo transversal de diversos sectores, fenómeno que debiera ser visto con atención.

¿Constitución de todos? Ciertamente. Pero considerando que en la última encuesta CEP se ratifica que una nueva constitución es la prioridad de menos del 3% de los chilenos (y 16ª entre 17 prioridades), la pregunta entonces es si debiera ser la Constitución que todos queremos o la Constitución que todos necesitamos. Porque a la Carta Fundamental no basta con quererla: hay que aplicarla y respetarla. En ello se juega gran parte de nuestra libertad y progreso. •••