• 20 abril, 2010


Los estímulos fiscales y monetarios de 2009 no son repetibles en 2010. Una vez retirados estos alicientes, el velo que impuso el aumento de gastos caerá y quedará en evidencia nuestra incómoda verdad.


Luego de experimentar una de las peores crisis de este siglo, la economía mundial comienza 2010 con mejores perspectivas. Este fenómeno, sin embargo, no se manifiesta de igual manera en todos los países del mundo. Hay algunos, como España, para los cuales las expectativas de recuperación no son tan optimistas, sino que el mercado anticipa que las consecuencias de la crisis se prolongarán hasta principios de 2011.

Hay otros países, particularmente los emergentes, para los cuales las perspectivas son más dinámicas. El nuestro se cuenta entre éstos. Durante los primeros meses de este año los países han podido mirar hacia atrás y evaluar su desempeño durante la Gran Recesión, la primera crisis en las últimas décadas en la que el producto mundial registró una variación negativa. En el caso de Chile, la evaluación de los agentes ha sido relativamente positiva. Existe una “sensación térmica” de que Chile ha tenido y va a tener un mejor
desempeño que la mayoría de los otros.

Lo cierto es que si analizamos el crecimiento del PIB chileno en 2009, podemos ver que la caída (-1,5%) es un poco más del doble de
la experimentada por el mundo en el mismo periodo (-0,7%), y casi duplica del PIB de 1999 (-0,8%) durante la crisis asiática. Al mismo tiempo, si comparamos el comportamiento de Chile con el de economías de similares características, tampoco encontramos que éste haya sido particularmente destacado. En Latinoamérica países como Perú, Colombia y Brasil mostraron un desempeño muy superior al chileno. Perú registró un crecimiento de 0,9%, Colombia 0,2% y Brasil decreció sólo 0,1% el año pasado. Australia, en
tanto, que es –al igual que Chile– un país exportador de commodities, creció 1,3% en 2009. Las altas tasas de desempleo –cercanas al 11%– que presentó el mercado laboral chileno en 2009 tampoco avalan el supuesto buen desempeño durante la crisis.

¿Por qué existe entonces una percepción positiva sobre el comportamiento de Chile? Una de las principales razones es la desorbitada expansión del gasto público del año pasado, con un crecimiento de 17,8% nominal anual, casi el doble del año precedente, lo que permitió mitigar en parte los efectos de la crisis sobre el bienestar de las personas.

A esta expansión del gasto se sumaron una agresiva reducción de las tasas de interés y una apreciación significativa del peso con respecto al dólar americano. Ambos factores permitieron aumentar transitoria
y un tanto artificialmente la sensación de riqueza de la población.

Chile recibió ingresos sobre normales por mejores precios delcobre durante los años previos a la crisis los cuales, en parte, fueron ahorrados en el extranjero. No deja de ser impresionante constatar que en el transcurso de 2009 el gobierno de Michelle Bachelet gastó más de 45% de sus ahorros del cobre para financiar la expansión del gasto. Al inicio del año pasado, el saldo de los fondos soberanos era de 20.211 millones de dólares, en tanto a fines de 2009 era de tan sólo 11.285 millones de dólares.

La combinación de políticas fiscal y monetaria permitió a los consumidores disipar parcialmente la sensación de angustia propia de una crisis y cambiarla por una de relativo bienestar. Evidencia de
lo anterior es la evolución de las importaciones de bienes de consumo y de las ventas del comercio, las que se incrementaron cerca de 13% y 40%, respectivamente, entre julio y diciembre del año pasado.
¿Cuál es, entonces, la realidad de Chile?

La verdad incómoda que se ha tendido a soslayar es que el feroz incremento del gasto público y la utilización de buena parte de las reservas del país sirvieron sólo como analgésico para un año. En otras palabras, dichos recursos en nada cooperaron a incrementar las posibilidades de nuestro país de generar
nueva riqueza y más empleos permanentes. De hecho, en el ranking realizado por el Banco Mundial para evaluar la facilidad de hacer negocios, Chile retrocedió más de 20 puestos entre 2006 y 2009. Lo mismo muestra la evolución en el índice de competitividad del World Economic Forum, donde también ha perdido posiciones en ese periodo.

Como consecuencia del deterioro de nuestra competitividad, la capacidad de crecimiento ha disminuido notablemente. La tasa de expansión ha pasado desde 7,9% promedio entre 1990-1995 a 2,7% entre 2006 y 2010. En tanto, la productividad total de factores ha pasado desde 3,1% entre 1990-1997 a -2,7% en 2009.

La disminución de la capacidad de crecimiento de largo plazo, que se refleja en la caída de nuestro PIB potencial, también grafica el punto anterior y va de la mano con el significativo descenso de la productividad de los últimos años. Chile no sólo no logra hacer más con menos, sino que hace menos con más.

A lo anterior se suma la evolución ascendente de los salarios en dólares. Cuando la población de China e India estaba dispuesta a trabajar por poco dinero, en Chile el costo de la mano de obra subía, sin que hubiera habido un incremento en la productividad que sustentara un alza en los salarios.

Más allá de los potenciales efectos del terremoto sobre la productividad y el gasto público, los estímulos fiscales y monetarios de 2009 no son repetibles el 2010. Una vez retirados estos alicientes, el velo que impuso el aumento de gastos caerá y quedará en evidencia nuestra incómoda verdad: Chile es un país que ha mermado considerablemente su capacidad de competir en un mundo global y con ello ha puesto en riesgo su capacidad de crecimiento futuro. Se requieren medidas audaces y convicción a prueba de presiones políticas para revertir esta situación. Es de esperar que, pasada la emergencia del terremoto, sea eso lo que veamos de parte del actual gobierno.