• 14 diciembre, 2010


Navidad es una nueva posibilidad de recuperar la esperanza perdida y reconocer en Dios que el fatalismo, el pesimismo y la desazón no tienen cabida alguna en la vida.


Me llama gratamente la atención ver a cientos de miles de personas que se levantan muy de madrugada a trabajar, al igual que miles de jóvenes lo hacen para ir al colegio y a la universidad y se preparan, muchos no sin grandes sacrificios, para lograr un futuro más próspero.

¿Por qué, a pesar de las dificultades de la vida, que a veces son muchas, los hombres se movilizan, trabajan, estudian, se casan, etc.? Porque en el fondo de su ser, incluyéndome a mí, hay nostalgia. El Diccionario de la Lengua Española la define como la pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos. También la define como tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida, añoranza. Yo la definiría como la presencia en lo más íntimo de nuestro ser de una cierta ausencia que nos duele y nos moviliza. Una presencia que se nos aparece cada día como algo que nos hace falta y queremos lograr porque nos mueve la certeza de que es aquello lo que le da sentido a la vida.

No hay nada más propio del hombre que aspirar a tener más, a ser más, a crecer en lo que él intuye una humanidad plenamente realizada y vivida. El ser humano es por naturaleza un ser nostálgico y por lo tanto, insatisfecho. Es un buscador. El asunto está en saber qué buscar y dónde hacerlo. Allí podemos lograrnos o malograrnos.

Esta realidad, lejos de hacer pobre nuestra vida, se nos presenta como posibilidad de más. Esta búsqueda de lo que sacia es lo que llamo esperanza. Es decir, la vida se presenta como una espera. La esperanza es lo que mueve al mundo y sin ella la vida no tendría razón de ser. Santo Tomás postula que el objeto de la esperanza es un bien infinito: la felicidad eterna. Dice que no sabemos precisamente en qué consiste, pero la concebimos como un bien perfecto. En efecto, el que se casa lo hace con la esperanza de que va aser feliz; lo mismo acontece con el que inicia una carrera, o ingresa al seminario, o lo que sea. Todo movimiento es hacia algo que no tenemos y que deseamos y que lo vemos como posible fuente de plenitud y de felicidad.

Aquí va una conclusión llena de alegría y optimismo. Si alguien cree que el mundo no tiene horizonte ni ninguna posibilidad de mejorar, se equivoca. Mientras haya un ser humano que se movilice en busca de algo o de alguien significa que algo bueno puede pasar. Y me atrevo a decir: pasa. El mundo dejará de ser un bien cuando se acaben la esperanza y la nostalgia que nos mueven día a día a levantarnos.

Una de las bellezas de la fe cristiana es que la esperanza del ser humano y su búsqueda, siempre difícil de saciar, ha sido plenamente colmada. Lo interesante es que esta plenitud no llegó como una idea, como un proyecto humano, sino que con el mismo Dios. Si toda búsqueda de finito no es otra cosa que búsqueda de infinito, así también la irrupción en la historia de Dios por medio de Jesucristo no es otra cosa que la respuesta del mismo Dios ese anhelo profundo que tenemos de más, de infinitud. Lo hermoso es que ese más deseado, esa búsqueda, ha sido plenamente colmado. San Agustín decía que su corazón estará inquietohasta que no descanse en Dios y Santa Teresa, que moría porque no moría, dado que solamente en Dios podría encontrarse la plenitud que en la tierra sólo se puede intuir y pregustar.

Navidad, entonces, adquiere un sentido de la máxima relevancia. Nos recuerda que nuestras búsquedas tienen una respuesta contundente que el hombre hubiese sido incapaz de dar: Dios en medio de nosotros, como plenitud de vida y esperanza de una vida mejor. Navidad nos recuerda que Dios no nos ha abandonado y que nuestra vida cotidiana está llena de sentido. Navidad nos recuerda que Dios comparte su vida con nosotros haciéndose hombre. Ahí está la grandeza de este misterio. Dios se abaja, se hace pequeño, se aloja en el seno de una mujer humilde, en un pesebre humilde, para que nuestra humildad, nuestra búsqueda, sean colmadas por El mismo, plenitud del Ser, así como Verdad, Camino y Vida. Navidad es una nueva posibilidad de recuperar la esperanza perdida y de reconocer en El que el fatalismo, el pesimismo y la desazón no tienen cabida alguna en la vida. Nadie ni nada nos podrá separar del amor de Dios manifestada como presencia de su Hijo en medio de nosotros.

Aquí es donde la labor de la Iglesia encuentra su pleno sentido y realización: actualizar en medio de las vicisitudes de la vida que Dios nos ama, no nos abandona y nos guía por el sendero del amor y de la paz. Que la vida se presenta para el que cree en la promesa ofrecida por Dios como una posibilidad de ser testigo de su amor y dar testimonio de éste. Así, la fe, la opción creyente no se presenta como una mera moral, sino como la posibilidad de vivir en plenitud como quien ha encontrado la respuesta a las preguntas que anidan en el corazón del hombre y las hace vida viviendo de acuerdo a lo bueno, lo bello, lo justo, lo correcto. En este contexto se comprende cómo una vida en Cristo, bien vivida, tiene la dimensión espiritual y la dimensión social indisolublemente unidas. El cristiano lleno del amor de Dios está llamado a vivirlo sirviendo a los demás.