Estuvimos en las bodegas mendocinas de Chandon para descubrir el secreto de los refrescantes espumosos argentinos. 

  • 16 noviembre, 2007

Estuvimos en las bodegas mendocinas de Chandon para descubrir el secreto de los refrescantes espumosos argentinos. Por Marcelo Soto.

 

Pasé largos veranos en Mendoza, a mediados de los 80, y, aparte del calor insoportable me llamó la atención la simpatía y el encanto de las mendocinas, siempre amables y relajadas, bebiendo champán para refrescarse en las tardes. Los grupos de jóvenes y adolescentes se juntaban, al ritmo de Madonna, en las pizzerías del barrio, grandes y chicos mezclados, con un ánimo alegre y democrático. Y todos bebían espumante.

 

Acá, en cambio, los tipos en plan de fiesta preferían los piscos más baratos mezclados con bebida y esos preparados imbebibles de vodka y algún sucedáneo artifi cial de la naranja. ¡Pobres hígados nuestros! Las burbujas sólo se veían para Navidad y Año Nuevo y generalmente venían acompañadas de un horrible trozo de helado de piña haciéndose agua.

 

Estuve de nuevo en Mendoza hace un par de semanas y entendí un poco más la obsesión de los argentinos por los vinos espumantes, frescos y nada dulces, al contrario de los que suelen beberse en Chile. “Acá se inventó el concepto Extra Brut”, me dice Manuel Louzada, director de enología de Chandon, la empresa argentina de la francesa Moët & Chandon, la misma que produce Dom Pérignon, que llegó a Mendoza en 1959.

 

Como deben saber, Brut indica un nivel bajo de azúcar, mientras Demi Sec es ligeramente más dulce y Extra Brut sería la versión más seca del espumoso. ¿De verdad inventaron esta última categoría los argentinos? “Absolutamente. Y Chandon fue la primera en hacerla”, responde el enólogo, que es portugués. “Mi obsesión es el equilibro en boca”, agrega, y al probar sus vinos resulta difícil no creerle.

 

Louzada, que es divertido y original, cuenta que el terroir trasandino es muy diferente del chileno, porque la cordillera impide el paso de la humedad del Pacífico y el Atlántico está demasiado lejos como para notarse. Si no fuera por el sistema de riego, cuyas bases construyeron los indígenas, esto sería un desierto.

 

“Pero lo más importante no es eso, sino otra cosa”, confiesa el enólogo. “En Argentina se trabaja desde el viñedo mismo con la idea de hacer un espumoso. Eso no pasa en Chile”.

 

Y se nota. Luego de visitar las bodegas, donde Louzada afirma que lo esencial es tener un vino base de calidad y que el método, tradicional o moderno, es lo de menos, catamos algunas botellas, todas muy buenas, desde la femenina Demi Sec al refrescante Extra Brut, opciones imperdibles para una terraza al bajar el sol. Pero si buscan algo diferente, vayan por el excelente Rosé Brut o el elegante Cuvée Reserve Chardonnay, dos espumosos que explican por qué Mendoza sabe de burbujas.