Por: Carla Sánchez M. A César Hidalgo le gusta andar sin zapatos. Tanto que incluso ha dado conferencias sin ellos. “Imagínate que vengo de Boston, donde en esta época del año hace frío, mientras que acá es verano, así que voy a aprovechar de sacármelos. Si me pincho con algo saltaré un poquito”, bromeó en […]

  • 1 octubre, 2015

Por: Carla Sánchez M.

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A César Hidalgo le gusta andar sin zapatos. Tanto que incluso ha dado conferencias sin ellos. “Imagínate que vengo de Boston, donde en esta época del año hace frío, mientras que acá es verano, así que voy a aprovechar de sacármelos. Si me pincho con algo saltaré un poquito”, bromeó en el encuentro Chile Global 2014. En el público, a nadie le importa que Hidalgo, el joven que a los 15 años lo echaron del Grange por mala conducta, ande descalzo. Lo relevante es que este treintañero, con pinta de rockero, que solía usar el pelo largo hasta la cintura, es una de las 50 personas que podrían llegar a cambiar el mundo, según la revista Wired UK. Y que es chileno.

Tras estudiar Física en la Universidad Católica, en 2004 Hidalgo emigró a Estados Unidos siguiendo a Lászlo Barabási, una eminencia en el desarrollo de redes complejas. Se doctoró en el Center for Complex Research de la Universidad de Notre Dame –donde Barabási hace clases– y luego trabajó en la Escuela de Medicina de Harvard y en la John Kennedy School of Government de la misma universidad. Hoy, el físico chileno dirige el grupo Macro Connections en el MIT (Massachusetts Institute of Technology) Media Lab, casa de estudios donde es profesor asistente.

Hidalgo es uno de los platos fuertes del Festival Puerto de Ideas, que se realizará en Valparaíso desde el próximo 6 al 8 de noviembre. Viene a presentar su libro Why information grows, donde analiza por qué crecen las economías de los países, pero no desde el punto de vista de los números, sino que desde la perspectiva de la información que generan y las redes con las que operan.

 

De los átomos a las economías

Hidalgo es físico, pero a estas alturas es un experto en economía, la cual analiza a través de los datos. Ha escrito decenas de papers y varios libros, como el celebrado The Atlas of Economic Complexity, que permite entender el ambiente competitivo de los países a nivel mundial al graficar las relaciones entre los diferentes productos que fabrica un país. Y hoy sigue analizando la economía con Why information grows.

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Lo primero que Hidalgo aclara al teléfono desde su oficina en Boston –donde vive con su señora rusa y su hija de dos años– es que para entender el crecimiento de las economías hay que entender qué es y cómo crece la información. “La gente tiende a pensar en ella sólo en el contexto de mensajes, pero una cámara de fotos también está hecha de información, de un cierto orden y si la tiro al suelo, ese orden se va a romper”, explica. Así, la información es el orden que hay que computar para mantenerla existiendo, ya sea a través de células, el ADN o un sistema computacional.

¿Por qué hay países que crecen más que otros?, se pregunta Hidalgo. Y la explicación radica en los tipos de información que las economías generan. Para explicarlo en términos simples, las compara con computadores. Así, las economías más sofisticadas como Suecia o Japón son notebooks sofisticados, capaces de generar productos únicos, de transformar la imaginación de su gente en realidad. Las menos sofisticadas –como los países africanos o latinoamericanos– son aparatos más viejos, con una memoria RAM mucho más lenta, que los limita en su capacidad de producir crecimiento económico.

-Si hacemos una comparación, ¿la economía de Estados Unidos sería como el nuevo MacBook que pesa menos de un kilo y la de Chile un Atari?

-No sé si Chile sería un Atari (se ríe). Hay otros países que sí lo serían. Los países tienen distinta capacidad computacional y esa capacidad no depende de una persona, sino de formar redes. En ese contexto, nuestra única manera de trascender a nuestra limitación es desarrollando una capacidad computacional colectiva.

-Hablando de la economía chilena, ¿qué es lo que más te preocupa?

-Veo algo que es constante: la dependencia en las materias primas. Lo otro preocupante son los bajos niveles de confianza, que limitan la capacidad que tienen las personas de formas redes que les ayuden a acumular el conocimiento productivo necesario para hacer cosas.

-¿Esa total dependencia en las materias primas se puede resolver? ¿Tenemos alguna posibilidad de convertirnos en un país desarrollado en el corto plazo?

-Chile tiene varias cosas bastante positivas que las veo con innovadores chilenos, que son muchos más de los que uno se entera por la prensa, porque se mueven en un ambiente más underground. El problema es que Chile tiene un sistema en el que hay pocas maneras de obtener sus ingresos, lo que genera ciertas distorsiones, ya que casi todas las redes sociales están orientadas hacia ellas. Hay varios que están de acuerdo con la idea de que a los países que venden materias primas les cuesta acumular conocimiento productivo, pero lo que encuentro paradójico es que cuando hablo con gente en Chile que me dice “ok, hagamos algo al respecto para cambiarlo”, y lo siguiente que me dicen es “bueno, hablemos con las mineras y hagamos algo con un énfasis en esa área”. ¡Eso es no entender nada! Como país, perdemos oportunidades de probar proyectos o ideas que están en partes distantes en el espacio-producto, por tratar de desarrollarlas en un contexto social demasiado ligado a la minería como única fuente de ingresos sustantiva.

-Es decir, en Chile quieren linkear la innovación y la ciencia con la productividad. Pero ¿qué tiene eso de malo?

-En Chile hay una visión bastante cortoplacista, y no diría que del gobierno, sino que del sector privado. En el mundo hay distintos tipos de millonarios. Hay unos que están haciendo cosas para ganar plata y otros que están ganando plata para poder hacer cosas. En Chile tenemos empresarios como Warren Buffett que se han enriquecido a través de actividades financieras o extractivas, pero no veo en la elite económica chilena gente como Steve Jobs o Elon Musk, tipos que están tratando de construir cosas que no existen, en un contexto de un impacto global. El tipo con visión no quiere ser el muerto más rico del cementerio, sino que quiere pasar a la historia por haber hecho algo que es trascendente. Nadie se acuerda de la persona más rica del siglo XVI o XVII, pero sí te acuerdas de Shakespeare, Newton, James Watts o Gutenberg. En parte de la elite americana y de otros países desarrollados desde un punto de vista industrial –incluso incluiría en esta categoría a China, a pesar de que no tiene ingresos tan altos– existe un empuje por hacer cosas que trasciendan.

-¿Por qué en Chile no ocurre ese fenómeno?

-No lo sé, quizás la explicación está en que esas elites han sido más heredadas que autogeneradas o por los tipos de industrias en las que participan, que no son inventivas. Por ejemplo, cae el precio del cobre y nadie dice “bueno, vendamos otro producto que la gente va a querer porque lo inventamos nosotros”. En lo que se está innovando es sólo en la manera de extraer ese producto.

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-¿Será porque la gente en Chile es demasiado cómoda y poco arriesgada?

-Ese tipo de generalizaciones trataría de evitarlas porque me suenan un poquito insultantes, pero diría que sí; que en Chile ha habido un grupo de personas que no ha participado en un proceso de innovación para generar cosas con trascendencia global.

 

La “pasividad” de los gobiernos

Parte importante de la vida de César Hidalgo transcurre en el aire. En las últimas semanas estuvo en Nueva York, Washington, Hong Kong y Tailandia. En la isla china fue uno de los speakers en un foro de inversiones donde los asistentes eran parte de los principales hedge funds del mundo. Ha sido de los pocos chilenos –entre ellos, el arquitecto Alejandro Aravena y la primatóloga Isabel Behncke– que ha participado en las charlas TED, conferencias dedicadas a las ideas “dignas de difundir”. Hidalgo se maneja con toda soltura en los escenarios, tanto que es el entrevistador de un programa de televisión online del MIT llamado Cambridge Nights, donde conversa con científicos que brillan en el mundo.

En Tailandia presentó su libro en el aniversario número 25 de las empresas de telecomunicaciones. Y uno de los puntos que destacó fue cómo las instituciones afectan las redes sociales donde las economías acumulan la capacidad de computar, algo necesario para prosperar.

-Hablando de la confianza, ¿qué le parece lo que ha pasado en Chile con el financiamiento irregular de la política y escándalos como el de SQM o el caso Caval?

-La confianza es importante porque reduce el costo de interacción entre las personas. Imagínate que dos personas están pensando en hacer un negocio, pero están en un ambiente de baja confianza. Van a tener que almorzar, tener reuniones, conocerse para poder establecer el vínculo. Cada vínculo requiere trabajo y si los vínculos son costosos puedo tener menos, por lo tanto, mi red es más chica y se limita a la capacidad de funcionamiento del computador colectivo. En una red más chica puedo meter menos información, es decir, tengo un computador con menos memoria RAM. En una sociedad donde cuento con más confianza, puedo delegar cosas sin pensar que me van a perjudicar, puedo escalar el número de personas que puedo incluir en algún proyecto mucho más rápido.

-¿Qué comentan los académicos afuera cuando se enteran, por ejemplo, de que mientras la presidenta Bachelet se empecina en reducir la desigualdad, su hijo participa de negocios en que se sospechan privilegios?

-Al académico de acá le da lo mismo lo que pasa específicamente en Vietnam o Chile, ellos están pensando a nivel global. Lo que encuentro entretenido de esa historia, es que se reveló cuál era el costo de cambiar una ley local. Está claro que es un caso de corrupción y es lamentable, y a medida que aparecen más historias hay más incentivos para sacar a la luz otras. Hay una crisis de confianza en las instituciones enorme y no veo que ellas se estén moviendo de una manera ágil para recuperar la confianza. Hoy en día en Chile los gobiernos son bastante pasivos.

-¿Se refiere al gobierno de Bachelet o al de Piñera?

-Hablo en general.

-Considerando que la confianza es clave para el crecimiento económico, la situación de Chile entonces es grave…

-Sí, diría que sí, pero en un contexto global hay varios países que están peor. Chile tiene cosas buenas, sobre todo cuando veo gente que está innovando, como Emilio de la Jara, que está construyendo dispositivos eléctricos para aprovechar la energía de las olas, o Cristián Hernández, que ha desarrollado una droga para el cáncer que está en prueba clínica en Estados Unidos. Los estudiantes chilenos que vienen a este país en general son buenos, pero les falta el espíritu de trascendencia. Cuando llegan a trabajar conmigo al MIT, me tengo que pasar seis meses lavándoles el cerebro porque vienen con una mentalidad un poco marginal en el contexto económico. Ellos quieren hacer una contribución chiquitita a un área donde la gente ya ha contribuido. No están apuntando a publicar un paper en la revista Nature o en la Science, se ponen la vara muy baja.

-¿Eso es problema de la educación?

-No sé si es un problema del sistema educacional, sino que más bien cultural. Los estudiantes quieren ser los primeros en Chile, pero a la gente afuera le interesa ser el primero en el mundo. No es que sean mejores, todos somos iguales y estamos sufriendo para salir adelante en nuestras pegas, pero a la larga esa persona que quiere hacer ese cambio global es porque se la cree.

-¿Cuánto influye la educación en el crecimiento de un país?

-Hay distintos puntos cuando uno se refiere a la educación. Una es la escolaridad, donde los niños adquieren las destrezas básicas. Pero la mayoría de las cosas que son importantes para la vida laboral uno las aprende a través del trabajo, y eso incluye destrezas técnicas pero también sociales. Otra cosa que es importante es la creatividad, que en los colegios no se apoya mucho.

-Entonces, ¿la educación no es “la” respuesta al crecimiento de los países?

-No, no lo es, pero tampoco puedes tener un país donde nadie vaya al colegio.

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-Respecto a la reforma educacional, le preocupa que la gratuidad pueda deteriorar la calidad?

-No conozco la reforma, así que prefiero no opinar porque lo que te diga es bullshit. Los gobiernos buscan mecanismos para reducir el costo de la educación y en Chile hubo un montón de universidades predatorias que entregaban educación de mala calidad. La educación es una empresa que tiene una cierta responsabilidad social en donde el tema financiero es un medio y no un fin. Yo como educador no estoy tratando de maximizar la cantidad de dinero que gano por estudiante, sino que estoy tratando de aumentar el conocimiento que soy capaz de inculcar en cada uno de mis alumnos. El objetivo no es el profit.

 

“En Chile, es difícil que contesten los emails”

En el Media Lab del MIT, César Hidalgo junto a su equipo de Macro Connections (cuyo sitio web registra medio millón de visitas al mes) les han dado vida a muchos proyectos. Son motores para visualizar grandes volúmenes de datos y utiliza algoritmos de inteligencia artificial. Uno de ellos es Pantheon, que mapea la producción cultural del mundo y que está próximo a lanzar su nueva versión. Otro es Place Pulse, que evalúa cuantitativamente la percepción de las ciudades para medir los cambios en el espacio urbano. Un tercer ejemplo es Data Viva, una herramienta de visualización única que abre los datos de todo el sector formal de la economía brasileña. Muchos de sus trabajos se traducen en coloridas láminas que incluso han sido expuestas en museos como si se trataran de las obras de un artista plástico.

“En Brasil desarrollamos un set de tecnología con datos de las exportaciones, empleos, industria, educación para cada municipio de Brasil. Me gustaría hacer algo similar en Chile, pero me ha costado encontrar gente que quiera liderar el proyecto”, comenta.

-¿Por qué?

-Cuando en Brasil les dije “vamos a desarrollar una herramienta que nadie más en el mundo tiene y vamos a ser líderes”, a los brasileños les pareció una buena idea. En Chile te dicen “¿por qué no la haces en otro lado primero y si funciona la hacemos acá?”.

-¿Se lo propusiste al gobierno o lo hablaste con privados?

-He estado tratando de trabajar con el gobierno de Bachelet, pero es súper difícil que contesten los emails. Al final me aburrí porque me sale más fácil trabajar con otros países que con Chile.

-¿Con qué sector político te identificas? ¿Has trabajado con algún gobierno chileno?

-No he votado nunca en mi vida y todavía no tengo interés en hacerlo, porque nunca he conocido a nadie lo suficientemente de cerca para votar por él o por ella. No tengo ningún problema en trabajar con un gobierno de izquierda o derecha, porque a la larga lo que he aprendido es que hay gente buena o mala y eso no depende de la ideología sino de que, a la hora de los quiubos, hagan las cosas, contesten los emails. A mí me interesa trabajar. Jamás lo he hecho con ningún gobierno en Chile ni he prestado asesorías.

-El proyecto de crear un ministerio de ciencia y tecnología fue aplazado. ¿Qué piensa al respecto?

-En Chile, lo que se invierte en I+D es un 0,4% del PIB, en un país desarrollado esa cifra está sobre el 2%. Eso significa que si quisiéramos tener un país que apostara más por la innovación, hay bastante espacio para crecer. Si eso está administrado por un ministro que cambia cada cuatro años, o a través de una entidad independiente como un banco central que tenga continuidad más allá del gobierno de turno, no es el punto mientras las cosas se hagan bien. La pregunta clave es si es que en Chile nos gastáramos el 2% del PIB en ciencia y tecnología, ¿hay suficientes investigadores que estén haciendo cosas importantes para gastarse esa plata? •••